Uncategorized

Pensamientos en la penumbra

151022082533_detective_624x351_thinkstock_nocredit

Diez de la noche, llevo tres horas afuera de un departamento en la playa. Aún
no aparece nadie.
Cuando me aburro tengo la mala costumbre de hablar solo, como si le
estuviera contando a alguien lo que estoy viviendo. Creo que tendré que
cambiar de rubro y aceptar la oferta de un ex colega y ser socios en una
empresa de seguridad.
La única compañía que tengo es un quiltro que me mira con cara de querer el
sándwich que tengo en mi mano izquierda. Le doy un trozo y este empieza a
mover la cola. Ambos no sabemos que estamos haciendo ahí, para él es
comprensible, forma parte de su naturaleza, o tal vez es supervivencia; yo soy
el más perdido en este binomio.
Me convertí en detective privado hace tres años, la misma cantidad de tiempo
que llevo fuera de la PDI. Al principio quería disfrutar el retiro y ponerme al día
con varios asuntos pendientes. El viaje al norte, construir el quincho; en fin,
todas esas cosas que uno deja postergadas por cumplir el deber. Sin embargo
el anhelo de una vida más rutinaria al final se desvanece como una promesa
hecha a la ligera y, tarde o temprano, la rutina, o el deseo de acción es más
fuerte que el retiro.
Que idiota soy.
La culpa fue de mis años en medio de los casos más fuertes que alguien podría
ver; eso aderezado con horas leyendo novelas negras para matar el tiempo,
fueron la mezcla perfecta para que decidiera dedicarme a la investigación
privada. La idealización es una cosa y la realidad tarde o temprano choca de
golpe con lo que uno pensaba. No hay gabardinas para agazaparse en la
noche mientras matas el frío con un vaso de whisky, no hay mujeres
voluptuosas que en agradecimientos a tus servicios te dedican un beso, y algo
más, por un trabajo bien hecho. La vida real del investigador privado es algo
distinto. Siempre traigo conmigo mi Jericho por si hay algún peligro, pero en
estos años a lo único que le he disparado es a unos tarros guachos en la
parcela de mi hermano.
Diez treinta de la noche, Sólo entran un par de taxis con el reggaetón a todo
volumen, luces de neón y llantas cromadas. Que mal gusto. Creo que es hora
de abandonar esto.
Espero un poco, pienso en los casos que he resuelto. Al final son todo lo
mismo, al igual que mis clientes, sólo viejos con plata y cuernos en sus
cabezas. Típicas personas que tratan de comer más de lo que pueden tragar.
Creen que su dinero y poder puede comprar todo lo que quieran, incluso
fidelidad de minas ricas. Tal vez al principio la dinámica funcione. Ellas, jóvenes
y con un poco de interés, caen deslumbradas ante el poder que ostentan estos
hombres. Luego vienen los regalos. Los viajes se hacen frecuentes, la tarjeta
de crédito adicional los primeros años llegan a lanzar humo, con cada compra
comienzan a compensar algunas cosas que faltan. Y los viejos no entienden
que una vez que logran la conquista no deben retenerla, al final todos se hacen
daño. Que entiendan de una vez por todas que ellas son mucha carne para tan
poco perro y el sólo hecho de poder pasar una mísera noche con ellas es
demasiado bueno para ellos. Porque claro, al principio todo parece idílico, pero
de a poco esas grietas tapadas con dinero ya no se pueden enmascarar. He
visto muchos de esos casos y siempre tienen el mismo resultado. La
infidelidad.
No las juzgo, entiendo completamente sus motivos, a veces me siento
miserable al descubrirlas e informarle a mis clientes, pero trabajo es trabajo, al
final salimos todos ganando, excepto quien me contrata. Ellas reciben el dinero
del divorcio con un acuerdo bastante jugoso con tal de que no se divulguen los
cuernos que muchas veces vienen acompañados de problemas en la cama,
porque a tipos poderosos como ellos el orgullo les duele más que cualquier
cosa en el mundo.
Y al final de todo estoy yo, por supuesto, cobrando grandes honorarios por
descubrir lo que nadie quiere que se descubra.
Diez cuarenta y cinco, por fin veo el auto que cumple la descripción. Se
detienen en el estacionamiento y saco mis prismáticos. Una pareja se baja de
forma discreta, no hay duda, son ellos.
La joven, ex reina de belleza, es la esposa de mi cliente, la acompaña un tipo
musculoso vestido con una sudadera sencilla. La historia se repite, casi
siempre es el “personal trainer”.
Durante unos segundos ella se ve con miedo, sus lentes oscuros tienen el
efecto contrario para el que estaban pensados, cualquiera que la ve de
inmediato sabe que quiere ocultar algo. Vacila un poco, mira nerviosa para
todos lados, pero un toqueteo espontaneo por parte de su amante la trae a la
calma.
Ya está confirmada la infidelidad, ahora debo hacer unas fotos y mostrarle la
verdad incómoda al marido engañado. La pistola se siente fría en mi pecho,
creo que la dejaré en casa para mi próximo trabajo.
Se encienden las luces, al parecer perdieron el pudor en el momento que
entraron al departamento. No se molestan en cerrar las cortinas. Normal, están
en un pueblo costero un día de semana en invierno, de seguro nadie los está
observando, o eso creen.
Se desnudan, no pierden el tiempo en preliminares, de seguro llevaban
bastante tiempo esperando estar a solas. Justo aprovecharon el viaje fuera del
país de mi cliente para poder estar juntos. No pierden el tiempo y de inmediato
él la penetra en contra de la ventana. La imagen resulta sugerente y es la mejor
oportunidad para sacar unas fotos. Con ellas el trabajo está terminado. Saco un
cigarro y empiezo a disfrutar del espectáculo. A veces algún caso me ofrece
este tipo de imágenes. No me quejo, algunas veces he sido yo quien se ha
convertido en el patas negras, aunque en esos casos sólo confirmo la
infidelidad.
Por fin acaban, duró más de lo pensado. Especulo que su marido debe ser
impotente o precoz. También medito que ella será mucho más feliz después de
separarse.
Me acuerdo de cosas intrascendentes, mañana debo sacar la basura, después
de eso haré con calma el informe, si mal no recuerdo la esposa infiel me
pareció verla de antes de ser reina de belleza, ahora lo recuerdo, hace unos
años bailaba en bikini en un programa juvenil de esos que no aportan mucho.
Once treinta, un vehículo se detiene, uso los binoculares y veo que alguien se
baja. Esto ha dado un giro inesperado, el que se baja del auto no es otro más
que el marido engañado.
Analizo todos sus movimientos, pero es difícil analizar la inmovilidad cuando
cuesta ver el rostro. ¿Qué estará haciendo aquí? Pasa varios minutos en la
misma posición. Estoy intrigado, su viaje sólo fue una fachada. De pronto
vuelve al auto. La pareja en el segundo piso aún no se percata, están en la
cocina comiendo algo mientras coquetean. Los matorrales sirven de escondite
perfecto para el marido. Por fin vuelve a escena, algo tiene en sus manos. Es
un arma.
La mente y mi cuerpo funcionan a ritmos distintos e imágenes como un
relámpago se superponen recordando mi entrenamiento, esto tiene mala pinta.
Siento mi corazón golpeando mis costillas, debo actuar rápido para poder evitar
un crimen, aprieto el mango de mi arma y siento ese frío que extrañaba desde
hace tres años. El peso del arma en mi mano me genera una sensación de
nostalgia. Bajo del auto y me muevo casi como un autómata. Debo
apresurarme.

Pese a todo no siento miedo.

Nunca lo he tenido…

 

Uncategorized

Melquiades (un micro inspirado en mi abuelo).

Es otro Domingo en la cancha de Estrella de Chile. De a poco los viejos se equipan y por una hora revivirán los partidos de antaño.

La camiseta celeste del Atlético estrella vuelve luego de varios años de olvido. Su fundador murió hace ya mucho y su hermano, don Melquiades, revive al club por un instante. Él ya no juega, sus más de ochenta años le impiden unirse a la acción, pero mira desde las graderías, nostálgico, el desempeño de su equipo.

Pasan los minutos y el panorama no es favorable, ya van 3 goles en contra y la cosa no parece que vaya a mejorar.

Por fin el partido termina y otra vez acaba en derrota. Pese a todo Don Melquiades se retira contento, porque con cada partido siente que mantiene más vivo el recuerdo de su hermano.

Uncategorized

De vago por la vida

Hola chicos. Hace ya bastante tiempo que no subo material nuevo. Este año he escrito menos de lo que me gustaría, sin embargo estoy avanzando en un nuevo proyecto (la novela, eh eh eh eh).

Por otra parte, hay historias que están a punto de ver la luz en este blog.

Ha sido un año ajetreado, entre deporte, trabajo (pago mis cuentas laborando en un hospital),  estudio de diplomado y docencia, he estado al borde del colapso.

 

Nos leemos pronto.

Uncategorized

¡Que viva la marraqueta! (Y los químicos y las químicas)

Incandescente

Post enviado por el Dr Rodrigo Aguilar Maureira

Mientras pensaba en una idea para mi primera entrada en Incandescente.cl, recordé que el ejercicio de escribir es tremendamente bipolar. El “bloqueo de escritor” puede tenerte sumido por días en la sequía y nunca sabes cuando ¡paf! la idea aparece ahí, lista para ser estampada en el papel (o, en este caso, en un word). Y tan interesante como la idea misma, es el contexto en el que aparece.

La historia de hoy comienza con una marraqueta.

Sí, amamos la marraqueta

Por si usted no lo sabe, Chile es un país que AMA el pan. Algunos estudios han indicado que, después de Alemania, somos el país que más lo consume en el mundo. Si no me cree y es chileno, imagine o recuerde la desazón que se siente al ir a un restaurante en el extranjero y que no…

View original post 1,832 more words

Uncategorized

El cartel del bosque encantado

Señor Juez, medios de comunicación, habitantes del reino encantado; les escribo por una sola razón: quiero que escuchen mi versión de los hechos para que entiendan como un complot todo fue un complot que me llevó a la desgracia. Merezco desahogarme. Veinte años de servicio activo en la policía del reino me han dado ese derecho.
Todas las acusaciones que me han lanzado son mentiras para enlodar mi misión como agente antinarcóticos. Soy consciente que mis métodos poco ortodoxos me valieron el apodo de “La reina malvada”, pero deben saber que todas las noches que ustedes dormían tranquilos, todos los días que sus hijos estuvieron alejados de esa mierda de droga, fue gracias a mi trabajo.
Llevábamos meses tras la pista de la mayor banda criminal del reino. Por culpa de ellos el bosque ya no era un lugar seguro. Dominaban cada rincón del bosque. Los senderos en que las ninfas y demás criaturas jugaban alegremente, hace tiempo habían dejado de ser tranquilos, todo porque los malditos lograron introducir cocaína de alta pureza traída desde Mordor. Era común ver hadas drogándose entre las sombras de los árboles y vendiendo sus cuerpos a cualquier troll para poder pagar el infame vicio de la caspa del diablo.
Sabía de los peligros de meterse con narcos, así que actué sólo con mi compañero Forest Hunter, un gran hombre, el mejor compañero que alguien podía desear.
Se ofreció de voluntario para infiltrarse en la banda de los siete y así atrapar a su cabecilla, pero después de unas semanas los muy hijos de puta lo asesinaron. Eso no apareció en la prensa, no le convenía al rey, sin embargo los malditos nos enviaron un mensaje de advertencia. En una caja de cristal estaba el corazón aún sangrante de Hunter. Su cuerpo jamás fue encontrado.
El mensaje tuvo el efecto deseado. El jefe de policía se cagó de miedo y cerró la operación. “Se acabó, perdimos”, fue lo que le escuché decir.
No podía aceptar eso, y más aún si la persona a la que debía apresar era mi propia hija.
¿Ustedes creen que le dicen Blancanieves por su piel y belleza? Están equivocados, es por la droga que mueve. Rompimos nuestra relación hace varios años, cuando, luego de venderle un potente narcótico a una de sus amigas de la escuela de princesas, esta quedó en coma, y hasta el día de hoy, “la bella durmiente”, como le dicen el personal del hospital mágico del reino, sigue sin despertar.
Pensé que esa sería la última, y lamento hasta el día de hoy estar equivocada. Supe que se asoció con esos miserables enanos. Los negocios mineros son una fachada para tapar el laboratorio de cocaína que tienen instalado. Cada uno de ellos cumple una misión. Por ejemplo Gruñón es su guardaespalda y soldado. El asesinato de mi compañero tiene su sello de crueldad. Hace varios años el capitán garfio perdió el brazo en una lucha de territorio. Nunca confesó quién lo hizo, pero era un secreto a voces de que fue él.
Debía actuar. Mi hija, mejor dicho mi hijastra estaba descontrolada. Aún me cuestiono en qué fallé como madrastra. Tal vez estaba tan centrada en proteger al bosque que la dejé de lado tratando de cuidarla, suena irónico.
Me dirigí al bosque para hablar con mi informante sin avisar a mis superiores. “Espejito, espejito ¿Dónde está la hija de puta de mi hijastra?”.
A espejo lo conocí cuando era un proxeneta, se convirtió en informante a cambio de protección. Si quería saber la ubicación de alguien, él era el indicado y esta vez no fue la excepción. Supe el paradero de Blanca. Era tiempo de saldar cuentas.
A las dos horas de caminar por el bosque di con la casa de los enanos. Usé mis prismáticos y pude ver a Tontín y Tímido custodiando la entrada. Feliz y Dormilón se drogaban en el cuarto contiguo. Doc estaba fabricando meta de la buena junto a Mocoso; y Gruñón como siempre cuidando a su jefa.
Armé mi rifle de precisión, la operación no admitía margen de error. Un sudor frío recorrió mi frente mientras pensaba en mi compañero asesinado. «Esto va por ti», pensé, y descargué dos tiros limpios en las cabezas de los guardias. Sus sesos se convirtieron en puré de enanos, sólo faltaban cinco. Tiré gas dentro de la casa y luego rompí una ventana trasera mientras descargaba mi rifle de asalto sobre la casa. No falta decir que hice mierda a los enanos. Era toda una masacre. Gruñón vomitaba sangre mientras protegía a Blancanieves. Era una escena que seguro Forest Hunter disfrutó desde el más allá.
Por fin estábamos frente a frente. «No sé qué hice mal contigo hija, pero esto se acaba aquí», le dije.
«Tú no eres mi madre y nunca lo serás, puta de mierda». Sus palabras me afectaron por una fracción de segundo. Tiempo suficiente para que me disparara en el brazo y pudiera huir.
No era dolor lo que me impidió seguirla, era la impotencia del fracaso. Pude lanzar gritos ahogados el tiempo suficiente antes que llegara la policía y me pidiera explicaciones por lo sucedido.
Ese día comenzó mi caída. Blancanieves huyó del país y se casó con el príncipe de los narcos de Sinaloa, que usó sus influencias en las altas esferas para hundirme. Sobornó jueces y contrató a un par de hermanos para que escribieran la versión distorsionada de la historia.
En cuestión de meses pasé de ser la oficial más condecorada a un paria de la sociedad, solo espejo conocía mi secreto, lo que no ayudaba mucho. ¿Le creerían ustedes a un ex proxeneta?
Es por eso que ahora escribo mi versión de los hechos, antes que los putos hermanos Grimm sigan desprestigiándome.

Uncategorized

El lápiz mágico

El Doctor Requena era un excelente médico. Sé que hablo en pasado pese a que aún vive. De hecho, estoy seguro que si frente a sus ojos ocurriese una emergencia, sabría solucionarla con la misma habilidad y precisión de antaño, pero la costumbre es hablar en pasado cuando la persona aludida llega al fondo del abismo, y eso es lo que ocurrió con Requena.

Llegó al hospital Claudio Vicuña hace quince años, recién titulado de la mejor facultad de medicina de todo el país. Sus calificaciones fueron casi perfectas y era considerado el niño prodigio de la medicina actual. De inmediato se ganó las simpatías de quienes lo rodeaban. No sólo era un médico talentoso, su vocación parecía que lo envolvía como un aura o un perfume que todos notaban apenas entraban en contacto con él.

Hasta ahora parece la típica historia del médico que llega a un hospital pequeño de ciudad pequeña y marca la diferencia en la salud pública. Y de todo corazón me habría gustado que fuera así, pero todo tiene un punto de inflexión. Un punto donde  las cosas se tuercen y no hay vuelta atrás, donde todo lo que alguna vez se construyó se borra de súbito y nada puede resurgir del caos, y eso fue lo que realmente sucedió en aquel hospital con la vida del doctor Requena.

¿Cómo empezó la desazón? ¿Qué hecho puntual sembró la desesperanza? Como un ave que se posa en un árbol para plantar su nido el sentimiento de angustia se posó en el corazón de Requena sin aviso.

Todo partió con un paciente muerto. ¿Qué tiene de especial un fallecido en un hospital? La vida y la muerte  se superponen todos los días en un ciclo sin fin. Y al medio, están los funcionarios de salud, que tratan de doblarle la mano a la parca, sin saber que lo único que hacen es retrasar un poco lo inevitable.

Se llamaba Antonio. A sus diecisiete años su ficha clínica parecía un almanaque mundial. Y cuando a tan corta edad tu historial clínico es extenso, sólo se puede asegurar una cosa: La vida se había ensañado con su persona.

Requena de inmediato sintió una gran simpatía hacia el joven. Ambos compartían gustos similares pese a las diferencias de edad, Antonio asistía al mismo colegio que su hija pequeña, y fue él quien detectó el cáncer de pulmón. Durante mucho tiempo todos creyeron que lo lograron a tiempo, sin embargo las constantes recaídas indicaron que todo fue una ilusión.

La impotencia destruyó día a día la confianza del médico. Odiaba al mundo y se odiaba a si mismo por no ser capaz de hacer algo para salvar la vida del joven. Era un observador de la muerte gradual de Antonio que, con una esperanza que desgarraba el alma aún se aferraba a la vida, pese a que esa batalla ya estaba perdida.

Murió una mañana de Julio: Ese día no solo el joven dejó de existir; también desapareció con él la alegría de sus padres y la del propio doctor Requena, que era incapaz de creer que un Dios bondadoso fuera capaz de permitir algo así.

Si creen que en ese momento Requena tocó fondo, aún es muy pronto. Esto sólo fue la puerta de entrada. Si no fuera por su familia, hace rato que Requena habría desertado. Bastó con la muerte de Antonio, para que un velo se descubriera ante los ojos del médico. Como si una verdad oculta desde hace siglos fuera descubierta en una epifanía.

Su trabajo ya no lo colmaba de alegría, Era frustrante para él ver cómo tantas personas que no debían morir, o mejor dicho, no merecían morir, dejaban este mundo, y, en cambio, personas que ya habían cumplido su ciclo en esta vida, se salvaban como por arte de magia. Si Dios actúa de formas misteriosas, es porque tiene  un humor retorcido.

Pronto el tiempo se fue sucediendo, como miles de postales anodinas en tonos grises que sólo sirven para llenar el vacío. Requena aún conservaba sus conocimientos y su excelencia como facultativo; sin embargo algo dentro de él no andaba bien. Su alegría, se esfumó por completo, y en su lugar, una máscara fue reemplazándola con el fin de guardar las apariencias.

Un día, mientras llenaba el papeleo de costumbre, alguien llamó a la puerta de su despacho.

— Doctor Requena— dijo una voz insignificante—, necesito hablar con usted.

La primera impresión que tuvo el médico al ver a aquel hombre, fue la de alguien que está esperando la muerte desde hace años. De hecho, se sorprendió al verlo vestido con un traje a dos tonos que no le sentaba nada de bien, con las mangas más largas de lo normal, como lo usan normalmente los evangélicos cuando predican en las plazas de los pueblos. Podría pasar desapercibido como un paciente oncológico, si en vez de traje, estuviera vestido con la bata del hospital y con una vía intravenosa conectada a su brazo.

— ¿Quién es usted y qué desea?— fue la seca respuesta del facultativo.

— Déjeme presentarme— dijo secándose el sudor de la frente—. Soy Juan Soto, representante de laboratorios Sas Tango. Tengo algo que puede servirle. Es mejor que todos los medicamentos y procedimientos inventados a la fecha…

— Señor Soto, no quiero ofenderlo, pero para mí los visitadores médicos son unos mercenarios que venden su alma a las farmacéuticas, que son organismos mafiosos.

— Espere— dijo Soto, mientras sacaba algo de su maletín—. Déjeme hacer una demostración.

Sacó un lápiz de finas terminaciones. A Requena le extrañó que un lápiz tan lujoso perteneciera a un ser tan insignificante. Sólo con el valor de este podría mejorar ese traje mal hecho.

— Este lápiz que está aquí perteneció a varios médicos famosos a través de la historia. El mismo Asclepio lo fabricó hace miles de años y eso le valió la ira de los dioses. Si usted lo ocupa solucionará todos los problemas que lo hacen dudar de su profesión. Piénselo, nunca más tendrá que pasar por el sufrimiento que le causó la vida de Antonio…

— ¿Cómo sabes eso? — dijo mientras los sostenía violentamente desde las solapas.

— Clama doctor. La persona para quien trabajo le gusta saber todo acerca de sus futuros clientes. Es por eso que me envío para solucionar sus problemas.

— No creo nada de lo que dices. Y quiero que sepas que no toleraré que me espíen de forma tan fácil. Juro que los demandaré, porque lo que hacen es ilegal.

— Al menos deje hacer una demostración…

Soto cogió el lápiz y con tranquilidad escribió en una hoja de evolución clínica que Requena tenía en su escritorio “El doctor sintió una cefalea que por poco lo arroja al piso; luego de quince segundos se recuperó por completo”.

Requena sintió como si un mazazo lo fulminara de inmediato, a duras penas aguantó las ganas de vomitar. De haber sido posible, habría deseado la muerte en aquel mismo instante. Quince segundos después se incorporó como nuevo.

— ¿Qué le pareció la demostración?— El semblante de Soto cambió a una mirada astuta—. Imagine las posibilidades que tiene frente a usted. Si lo acepta, podrá salvar todas las vidas que desee. Su fama crecerá día a día y podrá ayudar a todos los que lo necesitan. Ningún niño, o joven volverá a morir mientras usted sea el médico. Sólo debe escribir en la ficha clínica la evolución y todo ocurrirá tal como lo desee. Le dejaré el lápiz en su escritorio. Usted decide.

Soto no agregó más. De la misma forma en que irrumpió, abandonó la oficina. No hubo apretón de manos ni palabras cordiales, sólo una partida con prisa y al doctor sentado aún sin poder digerir si aquello era real o un mal sueño.

No se perdía nada con intentarlo. Las primeras veces eran incursiones tímidas en la ficha clínica. Cosas sencillas del tipo “paciente responde a tratamiento con antibióticos”, cosas que a su vez se cumplían con exactitud.

Requena aún no lo podía creer, sin embargo un día dobló la apuesta. Un sábado de madrugada, un joven ingresó apuñalado después de defender a su novia de un asalto. Los exámenes eran lapidarios. Hemotórax bilateral, y perforación de grandes vasos. Morir era la única alternativa que le esperaba al joven. Requena debía actuar cuanto antes y decidió jugársela ante lo inminente del desenlace.

— ¡Rápido, instalen trampa de agua!— Eran las órdenes desesperadas que Requena daba—. ¡Controlen la hemorragia!

Mientras el equipo de urgencias cumplía al pie de la letra cada una de las instrucciones, Requena empezó a escribir con mano temblorosa: “Paciente estable luego de instalación de trampa de agua. Presión pulmonar se mantiene en rangos normales. Responde positivamente a la intervención”.

Como por arte de magia, los signos vitales del joven se estabilizaron y al cabo de un par de semanas fue dado de alta con una mejoría perfecta.

Para Requena fue una nueva oportunidad de creer en su trabajo. A partir de ese día empezó a salvar a todos aquellos que los métodos tradicionales no podían. Bastaba con escribir una nueva evolución clínica para que sus pacientes escapasen de la muerte. No crean que usaba el lápiz de forma indiscriminada. Requena usaba los poderes para los casos más complejos, en los que no había nada por hacer y en los pacientes que no merecían morir.

¿Quiénes merecía vivir? ¿Acaso una vida no es más importante que otra? Era un dilema de todos los días para el doctor, pero no era conveniente salvar a un paciente de más de noventa años. A ellos intentaba salvar sin usar el lápiz. Si mejoraban, genial, si no, así es la vida.

Su fama se extendió por toda la región. Pacientes de otras ciudades suplicaban para ser trasladados al hospital. Sabían que si Requena los atendía, era el pase seguro para curar sus males, y en muchos casos, sobrevivir a una muerte segura.

La vida es una sucesión de ciclos. Tarde o temprano a Requena tendría que pasarle. Los que estuvieron con él el día de su caída tienen hasta ahora opiniones divididas. Por un lado entendían sus acciones, sabían que vivió una situación límite y comprendían que esa reacción era una alternativa plausible. En cambio otros lo condenaron, diciendo que abandonó sus deberes y ante eso debía tener el mayor repudio posible.

Una noche de guardia como costumbre, Requena esperaba ansioso la primera oleada de pacientes. Por ser día sábado era común que llegasen apuñalados en riñas, personas que sufrieron accidentes automovilísticos por culpa de la imprudencia y el alcohol.  El lo sabía. Los años en el oficio lo adaptaron para esas situaciones, pero nadie está preparado para la situación que se vivió esa noche.

“Paciente de quince años, sexo femenino. De acuerdo al informe del equipo de rescato, sufrió un accidente automovilístico en la intersección de las calle Barros Luco con Curicó. Colisión frontal con un camión de reparto cuando el chofer del vehículo menor en donde ella iba no respetó el semáforo en rojo. Ninguno de los dos llevaba cinturón de seguridad. Ambos salieron despedidos del vehículo. La autopsia determinará si el conductor iba bajo la influencia del alcohol, por ahora la policía está limpiando el desastre que dejaron los sesos del chofer desparramándose por el piso. La joven sufrió fracturas costales de la primera hasta la última. Perforación de la arteria femoral y es probable que presente hemotórax. Aún no ha sido identificada porque no presentaba documentos y luego del accidente presenta un edema bastante importante en la cara”.

El médico sabía que debía actuar cuanto antes, tomó su lápiz y fue corriendo a la sala de urgencia en donde estaba la joven.

— ¿Cómo se encuentra?— preguntó al equipo de enfermería.

— Su pulso desciende de forma peligrosa, creo que no lo logrará, contamos con usted.

Requena tomó la ficha, dejándola lista para escribir la evolución milagrosa. Apartó al resto del personal para examinar a la paciente, cuando, atónito, contempló en la mesa de procedimientos a su hija.

Quiso vomitar ante la imagen de ver a su hija al borde de la muerte. En otras circunstancias otro médico ayudaría, pero el sabía que ante eso, solo él podía hacer algo. Aguantó la escena y dio instrucciones. Pronto empezaron a estabilizarla, aunque no sabían por cuanto tiempo. Era hora de usar el lápiz, Requena lo sabía y con horror vio que ya no tenía tinta.

Nadie entiende lo que ocurrió a partir de eso. Requena tomó su lápiz y se marchó del lugar mientras su hija agonizaba. Los que lo defienden argumentan que fue el estado de shock, y al final eso lo salvó de muchos juicios morales.

El resto del equipo le gritaba que volviese. Sin embargo el médico, con los ojos a punto de salir de sus cuencas, y con una sonrisa desencajada, decía “debo buscar tinta para mi lápiz, así la podré salvar”.

Lo buscaron por todo el hospital. Todos los esfuerzos para dar con él eran infructuosos. Por otra parte, su hija moría a los quince años de edad en la sala de urgencias del hospital Claudio Vicuña mientras su padre se marchaba. Fue un golpe para todos.

Al final, esa noche, lograron encontrar al doctor Requena. En la morgue, mientras practicaban la autopsia de Bárbara Requena, apareció él con la mirada perdida, el brazo sangrando y el lápiz goteando sangre El forense, amigo suyo de la facultad no salía de su sorpresa, pero lo más impactante fue la voz de Requena, que extendiendo la mano con el lápiz sangrante exclamó con una voz gutural:

“Ya encontré tinta. Déjame salvar a mi hija”…