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La gata negra

Aquí les dejo otro de mis cuentos para el taller de literautas. En lo personal, el resultado no fue el esperado, pero los cuentos son como los hijos, uno los ama hasta con sus defectos.

La gata negra. 

Martín Espinoza, 40 años, divorciado hace más de diez, leía los clasificados del periódico un  sábado por la noche con la esperanza de sortear ese sentimiento de soledad que le acaecía cada vez que, borracho, recordaba a su familia.

Como escritor mediocre que era, pero escritor al fin y al cabo, repasaba meticulosamente cada palabra de aquellas páginas, “Mimí, sensual, fogosa, atención a domicilio”, “Siomara, todas tus fantasías las hago realidad”.

La oferta era variada, desde mujeres que se promocionaban como jovencitas universitarias casi virginales, hasta veteranas curtidas que prometían dejar seco a cualquiera que pruebe el movimiento de sus caderas; en fin, las crisis económicas son terreno fértil para quienes buscan algo de acción.

Un anuncio le llamó poderosamente la atención. “Amarula, todo el calor caribeño para ti”. Con sólo leerlo tuvo una erección imaginando lo que podría esperarle. Tomó el teléfono, y al otro lado de la línea, una sensual voz, que no supo distinguir si era cubana o colombiana le contestó con naturalidad.

―Hola, ¿Quieres cariñito de Amarula?, treinta mil pesos por una hora, te lo voy a dar todo papito.

―Quiero que vengas al condominio Amanecer, torre A, departamento 103. ¿Cuánto tardas?

―Estoy en tu casa en media hora. Tranquilo papi, que pronto verás cómo se mueve esta gata negra.

Martín no alcanzó a responder, quería cancelar la visita, sólo escuchar “gata negra” le dio mala espina; tenía algo de miedo. La fatalidad inundó sus pensamientos. El era supersticioso en extremo, todo un atado de nervios, que por culpa de sus manías fue abandonado por su mujer; y esas excentricidades le han impedido tener una vida normal.

<<No puede venir, esa “gata” me traerá mala suerte. Si se rompe el condón y queda embarazada estaré condenado a pagar pensión de por vida. O peor, mis vecinos pensarán que soy un pervertido>>.

Las ideas nefastas iban acrecentándose en la cabeza de Martín, pero el timbre sonando en su puerta cortó de golpe la sucesión de pensamientos fatalistas. Abrió la puerta, y ante él estaba la encarnación viviente de una amazona, alta, mulata, con un trasero generoso y firme; todo su cuerpo exudada sexualidad.

― ¡Qué lindo departamento tienes! Me costó poco estuve contando el tiempo y demoré trece minutos exactos.

La sola mención del número de la mala suerte desesperó a Espinoza, <<Otra señal, tengo que sacarla de aquí>>, su estado paranoico le decía que era mala idea seguir, pero el súbito contacto de unos carnosos labios junto a los suyos lo calmaron de inmediato. El húmedo beso le hizo perder el control, la lengua de Amarula se movía con destreza; Martín estaba excitado ante su fogosidad.

―Tranquilo papito, que ahora viene lo bueno― Bajó su mano hacia la entrepierna del escritor y apretó con fuerza, ―Está durito, con unos cariñitos te lo bajaré― Mientras sonreía de manera  sensual, La joven lo tumbó en el sofá, y luego de bajarle los pantalones, ella empezó a desnudarse.

Martín olvidó las supersticiones y sus miedos, la visión de la mulata completamente desnuda lo tenía caliente y al sentir la boca de ella succionando su miembro mientras lo miraba fijamente a los ojos fue algo maravilloso.

―¿Te gusta mi boquita?

―¡Sí!  ¡Sigue negrita rica!

―Recién estoy empezando, ahora conocerás el candado de Varadero― Amarula se levantó y abrió sus piernas, dejando al descubierto su coño perfectamente depilado, realizó una contorsión, que hasta ese día Martín sólo había visto en el “Cirque du soleil” y dejó escapar un gemido al ser penetrada por Espinoza.

Ambos estaban entregados  por completo al sexo, ella ejecutaba su papel con maestría, si estaba fingiendo, lo disimulaba como una verdadera profesional. Martín perdió la noción del tiempo, hasta que un gritó ahogado señaló su orgasmo, que inundó el interior de la joven, quien luego de un rato se puso de pie; se limpió, recibió su dinero, y con un húmedo beso se despidió para nunca regresar.

Los días pasaron en la vida de Espinoza, estaba en su rutina de siempre cuando el timbre interrumpió la monotonía. Era Marcia su vecina, 35 años, recién divorciada, sin hijos, adicta al gimnasio.

―Hola vecina, que sorpresa.

―Venía a saludarte ¿Te parece que vayamos a tomar un trago al centro? Por cierto, te escuche la semana pasada, al parecer la pasaste muy bien― Marcia, mientras hablaba, le dedicó una mirada coqueta.

Martín sonrió, la noche estaba recién empezando, Marcia era una delicia, y contra toda superstición, cruzarse con una gata negra le trajo más suerte de lo que pensaba.

 

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