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Sólo un poco de sangre

Hola compañeros, les dejo el primer texto que escribí para el taller de literautas. El cuento presenta algunos ripios, pero decidí no editarlo para releer mis inicios.

Por cierto, tiene una segunda parte.

Decidió visitar a la bruja, pese a las advertencias de Lord Jeggins. – “Son Traicioneras, nunca deberías confiar en ellas”- Eso fue lo último que Ramsay le escuchó decir antes de sumergirse en medio del bosque.
Ante él, la hojarasca se alzaba imponente, ocultando sus peligros. Por un momento palideció, y por su cabeza se le cruzó la idea de desistir en su empresa.
“Sólo un poco de sangre”- eso le escuchó decir a los borrachos que se reúnen a beber en la taberna todas las tardes. Ese era el precio para que, a cambio, la bruja le concediera un deseo.
Tomó aire profundamente y se adentró en la oscura incertidumbre del lúgubre bosque. Mientras sus pasos lo conducían cada vez más cerca hacia la casa de la bruja, sus pensamientos se trasladaron a épocas más felices, cuando Anastasia, su joven esposa aún vivía. “Ojalá pueda verte de nuevo”- se aferraba a los rumores de los borrachos, con la esperanza de que el precio de sangre pueda devolverle la vida a su amada.
Por cada paso que daba, la oscuridad consumía más y más aquel bosque, el cual, según la gente del pueblo, vivían brujas y horrores aún mayores. Nada de eso le importaba ahora, mientras apretaba contra su pecho el puñal, Ramsay recordaba los momentos vividos con Anastasia. Su risa, lo feliz que era con ella. Pero eso sólo era un recuerdo, Desde que la peste se la llevó, una tarde de invierno, ya nada era lo mismo.
Unas horas después estaba frente a la puerta de la ruinosa choza en que la bruja vivía, una mezcla de miedo y ansiedad recorrió su cuerpo. Apretó más fuerte el puñal, y antes de siquiera llamar, la puerta se abrió de golpe.
-Te estaba esperando Ramsay-, una figura diminuta y retorcida lo miraba con ojos ladinos. – Se la razón por la que acudes a mi –
-Estoy dispuesto a pagar el precio de sangre-. A estas alturas, la voluntad de Ramsay era mayor que el miedo que lo paralizaba.
-La magia de sangre puede ser muy poderosa, y le da a quien la usa lo que necesita, aunque no necesariamente lo que quiere-.
-¡Eso son tonterías!- La desesperación de Ramsay estaba a punto de sobrepasarlo. – ¡Necesito volver a estar con Anastasia!-.
-Todo a su tiempo-, la bruja le dedicó una mueca que podría ser una sonrisa, y tanteando casi a ciegas la mesa, movió calderos, viejos pergaminos y cráneos de distintos animales, hasta que encontró una caja polvorienta, del que extrajo una daga de oro y empuñadura de rubí, que brillaba a la luz de la hoguera, reflejando sombras que bailaban en la pared como seres informes entregados a una danza demoníaca.
-¿Quieres volver a ver a Anastasia?
-¡Si por favor!
-¿Estás dispuesto a pagar el precio de sangre?
-¡Si, pero por lo que más quieras, apúrate!
Ramsay apenas pudo advertir los movimientos felinos, que pese a su edad hizo la bruja. Cuando la daga le rebanó el cuello, éste tardó en reaccionar. Borbotones de sangre caían, mientras formaban un charco alrededor del joven, el cual, aterrado, yacía en el piso mirando fijamente el rostro siniestro de la bruja.
-Lo siento, te prometí que volverías a encontrarte con tu amada, pero lamentablemente no será de la forma que tu querías. Ahora relájate, que el precio ya se ha pagado-.
Todo alrededor de Ramsay se volvía tenue, las sombras que bailaban en la pared le parecieron que crecían y que se acercaban, amenazantes, para engullirlo.
Antes de que todo se volviera oscuro, sólo una frase llegaba a la mente de Ramsay, retumbando de forma implacable. “sólo un poco de sangre, sólo un poco”.
Y el silencio se hizo cada vez más oscuro.

cuentos, La saga de Zellindor

El Ascenso de la bestia

Hola amigos, les traigo el último relato que escribí para el taller de literautas (les recomiendo la página, es la cumbia). EN el cuento, uso de protagonista a uno de los personajes de “La batalla de Zellindor”. Y pese a ser ateo, me he encariñado con el sacerdote protagonista. Espero que les guste.

Aquella noche, el padre Stéfano Caravaggio lamentaba su destino. La plaza Zellindor, lugar en donde tantas veces jugaba ajedrez con sus amigos lucía completamente desierta. Por primera vez en sus casi setenta años de vida sentía miedo. Y mientras esperaba, sus manos huesudas repasaban una y otra vez aquel periódico de hace 3 meses, sin convencerse de que el fatídico día había llegado.
Una noticia insignificante para el resto del pueblo lo mantenía en alerta hace ya varios meses. En ella detallaba como Robert Sinclair ―el loco del pueblo― era detenido por desórdenes en la vía pública. Se necesitaron dos policías para reducirlo mientras gritaba anunciando la llegada del anticristo.
Aquella vez nadie en el pueblo le tomó importancia, pero el padre Stéfano estaba atento a todas las señales posteriores a la detención de Robert.
El terremoto en Chile ocurrido en Febrero. Luego, un lago en Rusia de forma inexplicable se tornó rojo y finalmente, la muerte de ganado en Estados Unidos. Todos eran una cadena de prodigios que convergían hacia aquel pueblo en medio de la nada. Caravaggio lo sabía y desde el Vaticano le dieron órdenes directas para actuar.
El padre Stéfano desde pequeño había sido entrenado en la erradicación de criaturas demoníacas. Dominaba una forma poco convencional de exorcismo, que combinaba artes marciales y artes sacras. A lo largo de todo el mundo había puesto a prueba sus habilidades exterminando toda clase demonios, pero esta vez era distinto, su prueba de fuego había llegado. Guardó el periódico, y extrayendo su daga sagrada, avanzó sigilosamente hacia el punto en donde la secta de Adramelech llevaría a cabo su aquelarre profano.
Se detuvo. A lo lejos, cuatro sombras estaban reunidas en torno a una mujer dormida.
―Lucifer, señor de los infiernos, te ofrecemos la carne de esta joven sin mácula para que albergues a tu heredero.
―¡Adjuro te denon qui cunque es!
Atónito, el padre Caravaggio contemplaba una sombra antropomorfa emerger de entre los presentes. Debía darse prisa, pronto aquel espectro se materializaría para fecundar a la joven, liberando al anticristo. Tomó de su maletín una extraña esfera metálica y la arrojó con suavidad hacia los miembros de la secta.
Una densa niebla envolvió al grupo, quienes ignoraron la escasa visibilidad creyendo que era un efecto propio de la invocación.
Antoine De Large, el miembro más joven del ritual, sólo pudo escuchar un leve susurro en su oreja mientras una daga dorada acababa con su vida.
―Que el señor te perdone…
Sus compañeros vieron el cuerpo de Antoine desplomarse ante una sombra vestida de negro. Más que un bondadoso cura de pueblo, parecía el ángel de la muerte.
Todo ocurrió en una fracción de segundo, los ocultistas jamás tuvieron una oportunidad en contra de Caravaggio. Pese a su edad, los fue eliminando uno a uno con movimientos precisos y letales, sabía que no contaba con tiempo suficiente, el mayor problema era el demonio.
Miró a su alrededor y sólo encontró a la joven inconsciente en el piso. Si no acababa con esto, la vida tal como la conocía desaparecería. De pronto solo pudo ver oscuridad. Su cuerpo ardía, y el dolor lo hizo perder la cordura. ¿En qué momento fue poseído por el demonio?¿Acaso era el fin?
El sacerdote luchaba con todas sus fuerzas en contra del dominio infernal. Cada intento de resistencia era desafiado por una voz macabra.
―¡Es inútil patético mortal! A través de ti engendraré al anticristo.
Caravaggio sintió la derrota en aquella ironía. Toda su vida entrenó para acabar con el mal, y sería él quien desataría la perdición en el mundo. Sus opciones se estaban acabando, el destino del mundo recaía en sus manos.
En su desesperación, cogió la daga y atravesó sus propias entrañas.
Un grito. Eso fue lo único que escuchó mientras caía desangrándose antes de perder el conocimiento. Vio como el demonio incorpóreo abandonada su cuerpo, y dejando un fuerte olor a azufre, desapareció.
Lentamente, la oscuridad nubló la vista del sacerdote…

Cuando el padre Stéfano despertó tres días después en el hospital, la policía le informó que había sido herido al frustrar un intento de violación. Lamentablemente el agresor se dio a la fuga sin poder ser atrapado. El padre Stéfano prefirió no preguntar acerca de los cadáveres de la secta, era mejor omitir esa información…Pronto descubriría que los cuerpos desaparecieron misteriosamente…

Esta vez tuvo suerte, había salvado al mundo, pero sólo él lo sabía. Estaba tranquilo, pero el dolor punzante en su abdomen era un recordatorio de que la batalla final estaba recién empezando…