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Alumno regular

Hola de nuevo. Les dejo un cuento más alejado de lo que tiendo a escribir. 

No hay vísceras, curas expertos en artes marciales ni nada por el estilo. Es más, algunos personajes fueron inspirados en algunas vivencias en mis años universitarios. Saludos.

 

ALUMNO REGULAR.

El guatón Germán era una leyenda viviente dentro de la universidad. Nadie sabía en qué año había entrado a estudiar. Incluso, mis amigos de cursos mayores me decían que cuando ellos entraron, Germán ya era viejo.

En torno a su persona surgieron una infinidad de teorías respecto a sus orígenes en la fauna universitaria. Unos aseguraban que era una especie de agente financiado por el partido comunista, para infiltrarse en el plantel y así organizar el “trabajo sucio”. Es decir, llevar la batuta durante todas las protestas estudiantiles, ya sea armando barricadas, quemando neumáticos o arrojando bombas molotov a carabineros. Otros estudiantes eran más delirantes, asegurando que el gordo era un alumno de bibliotecología que durante su primer año se trastornó, en una letal combinación de malas notas y marihuana paraguaya, lo que gatillado con su expulsión de la facultad, se volvió completamente loco, perdiendo toda noción de la realidad; haciendo que desde ese día aún crea que es un estudiante de la “U”, y vague por el campus con la mirada perdida y sus pensamientos siempre en su mundo imaginario, a la vista y paciencia de todos.

La primera vez que lo vi, estaba en compañía de varios amigos de mi carrera en el “Roma”, uno de los míticos bares porteño que nacen alrededor de las universidades. Las clases habían terminado hace ya mucho rato, y figurábamos tomando unas cuantas cervezas.

En medio de todo el bullicio estaba él, sentado con su casi metro noventa y sus lentes “poto de botella”. Con una mano sostenía una Báltica (esa fiel cervezas que de las tres B, sólo tiene la de barata), que le daba un aspecto de bebé gigante alcohólico con su biberón, y en la otra, un libro de Rimbaud que leía de tanto en tanto.

Nos sentamos a unas mesas de donde estaba. Mis amigos conversaban animadamente de cualquier cosa, pero en ese momento yo no estaba presente, toda mi atención se concentraba en aquel personaje obeso y peculiar.

En el bar podría estar acabándose el mundo, o explotar una bomba que acabara con todo, pero al guatón Germán le daría lo mismo todo lo que pasara a su alrededor, el permanecía imperturbable en su ritual etílico/literario.

De vez en cuando otras personas se le aproximaban y compartían carcajadas, más cervezas y una que otra piteada “para la mente”, y una vez que se alejaban, el gordo nuevamente caía inmerso en su rutina.

Sin quererlo, durante mis años de universidad me topé más de alguna vez con Germán. Siempre en el “Roma” a la misma hora, con la misma cerveza y ojeando el mismo libro, como si llevara años tratando de descifrar el misterio oculto de sus páginas. Otras veces, lo veía caminando por el patio de la casa central, siempre a paso rápido, con su eterna sonrisa y la mirada perdida, aún más perdida detrás de los gruesos cristales de sus lentes que le daban un aspecto de roedor a su cara.

La última vez que lo vi fue durante mi último año en la facultad. Ese día estaba en la casa central para hacer unas diligencias administrativas. Era un flamante alumno en práctica y no sabía que la universidad estaría cerrada por las protestas estudiantiles.

No tuve tiempo para reaccionar, cuando en medio de las barricadas  pude ver a una horda de carabineros dirigiéndose hacia donde estaba yo, portando sus lumas y sin ningún tipo de criterio, ya que para sus razonamientos, cualquier menor de 25 años es un potencial delincuente que debe ser reducido y apaleado.

Sabía que pese a encontrarme vestido con tenida semi formal, a la policía le daría lo mismo, por lo que debía marcharme de inmediato. Apenas di la espalda, una masa verde empezó a correr hacia mí con sus escudos y palos, listos para golpear a cualquiera que se les cruzara en el camino. Había que correr, o si no me sería víctima de sus atenciones, y lo más seguro, pasaría el resto de la tarde en la comisaría.

Tomé por la calle principal lo más rápido que mis piernas — y mi asqueroso estado físico— podían durante 100 metros cuesta arriba, con la esperanza de perder a los pacos, pero cuando creí haberlos perdido de vista, ellos seguían corriendo, pese a sus abultadas barrigas, consecuencia de años sirviendo al país y sirviéndose cada fritura que se les cruzara por delante.

Mi destino en calabozos era inminente, me encontraba completamente cansado  y sin aliento, ya sabía lo que me pasaría. Me agarrarían juntos con otros y pasaríamos unas horas pudriéndonos en los calabozos esperando que la federación de estudiantes negocie  la liberación.

Ya estaba preparado, sólo quedaba resignarse ante lo inminente. Unos metros más y sería todo. Lo único útil que podía hacer era contactar a mis compañeros de la pensión en donde vivía para que fueran a sacarme más rato, y guardar mis lentes para que los “pacos” no los rompieran en el forcejeo.

Ellos estaban cada vez más cerca. Hasta podía ver sus caras inyectadas de adrenalina por el deleite que les producía la guerra imaginaria que sostienen en cada protesta contra los universitarios. Como si al reprimir estudiantes, descargaran sus propias frustraciones de la vida.

No supe cómo pasó, pero en el instante en que estaba entregado, una sombra cubrió todo por completo. Era una figura alta, gorda y con capucha. Lo único que logro escuchar de tras de esos lentes de cristal grueso fue «Corre “weón”, yo me encargo», ¡El guatón Germán me había salvado! Nunca supe la razón de su ayuda, incluso varios años después me lo he preguntado sin encontrar respuesta alguna.

Lo que pasó después es algo confuso, sin darme cuenta ya estaba a varios metros de la acción, y a lo lejos, una masa verde de represión policial atacaba la inmensa humanidad de Germán, que respondía cada ataque con más fuerza y gritos de «Peguen más fuerte, pacos conchesumadres», hasta que fue rodeado por completo y desapareció dentro de una patrulla.

Nunca más vi al Guatón Germán. Al poco tiempo me titulé y de inmediato encontré trabajo en un pueblo cercano.

Años después estaba en mi hogar descansando del trabajo, y en las noticias cubrían las protestas estudiantiles en mi universidad. Una sonrisa se dibujó en mi rostro cuando creí identificar a un encapuchado gordo, grande, y con lentes de cristal gruesos.

Esa noche me quedé pensando en mi vida y en la de todos los jóvenes que entran al mundo adulto, muchos pierden sus antiguas luchas y las entierran para siempre.

Los pocos que las conservan —como Germán— las llevan consigo para siempre con el riesgo de ser tildados de locos.

Aunque a veces los locos son los únicos honestos en sus convicciones.

 

 

 

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En el blanco (versión final)

Hola chicos, les dejo el relato más largo que he hecho hasta ahora. La versión final de “En el blanco”. Saludos.

Diciembre de 1986.

Apuró el paso al oír las 12 campanadas. Si los militares lo descubrían rompiendo el toque de queda, toda la misión se iría a la mierda, y lo que es peor, aquel año nuevo de 1987 sería el último de su vida.

Joaquín Cienfuegos sabía que esta noche no debía fallar, había mucho en juego. El fin de la dictadura recaía en la precisión de su gatillo; pero lo que más le importaba esa noche, era que al fin vengaría la muerte de su padre.

El plan era sencillo pero no admitía errores. Debía infiltrarse sigilosamente en la hacienda de Bucalemu, hacerse pasar por un camarero, buscar una posición elevada y desde allí; eliminar al general Antonio Lozano, quien de acuerdo a informes de inteligencia del “Frente Patriótico Manuel Rodríguez”, haría una fiesta de año nuevo en compañía de su familia y asesores más cercanos, por lo que el disparo debía realizarse durante los fuegos pirotécnicos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Joaquín. Estaba a sólo diez metros del guardia apostado en el portón principal, sólo debía flanquearlo y traspasar la primera entrada.

Avanzó en medio de la vegetación, y tanteó el muro buscando la apertura que días antes un espía del “Frente” había hecho durante sus labores infiltrado como jardinero. Luego de hurgar unos segundos casi a ciegas, por fin la encontró y pudo entrar sin problemas «Por poco».

Cienfuegos miró a su alrededor, vio a un garzón que se alejaba del grupo para fumar, «Esta es mi oportunidad», sólo debía neutralizarlo y estaría a un paso de acabar con el dictador.

―Recuerda que los camareros también tienen entrenamiento militar―, las palabras de su instructor en Cuba se repetían una y otra vez en su mente que estaba saturada de adrenalina.

Sin hacer ruido, se puso detrás del garzón, quien estaba distraído con su cigarro. «¡Ahora!». Joaquín, en una fracción de segundo, degolló con un corte limpio al joven, que en silencio moría en cámara lenta. Registró sus bolsillos, y encontró un arma, la que arrojó lejos del cadáver.

No había tiempo que perder, escondió el cuerpo entre las ramas mientras a lo lejos se escuchaba la música y las risas de la fiesta. «Ríe ahora hijo de puta». Debía apurarse, encontrar un buen punto de disparo era su prioridad. Los árboles era incómodos y sólo el techo ofrecía un buen ángulo, pero quedaba completamente expuesto. El tiempo apremiaba, y sólo en pocos minutos todos saldrían a mirar los fuegos artificiales. No quedaba más remedio que disparar desde el tejado.

Trepó como un gato y se instaló en el punto más alejado de la puerta de entrada. Preparó su Springfield 1903-A4 (aunque habría preferido un Dragunov, pero estaba prohibido usar armamento soviético, para no dar pistas acerca de los financistas de la operación) y esperó.

Poco a poco, imágenes de su juventud aparecieron. En 1973 tenía veinte años cuando allanaron su hogar. El último recuerdo de su padre fue verlo salir de casa en la mitad de la noche con los ojos vendados, arrastrado por los militares, quienes lo golpeaban e insultaban. Nunca más lo volvió a ver. Siguió su vida sin olvidar el rostro de los asesinos. Aún veía la sonrisa de Lozano mientras golpeaba a su padre. En la universidad ingreso a las JJCC para finalmente entrar al FPMR, era el curso natural de la historia.

Unas sombras salieron de la casa, eran el General con sus acompañantes. Parecían una perfecta postal de familia feliz sacada de algún comercial de la televisión. Cienfuegos esperó que la primera explosión llenara la noche. Una luz roja iluminó el cielo, era la señal que Joaquín esperaba.

Respiró hondo, pese a sus años de entrenamiento, sentía el sudor de sus manos mojar el gatillo.

Lo tenía en la mira, más que un sádico tirano, parecía un abuelo querendón sin esos lentes oscuros con los que acostumbraba aparecer en público, y que causaban un efecto intimidador en el pueblo.

En el cielo, un silbido cruzó la noche, era la señal de que en sólo 5 segundos estallaría otro fuego de artificio. Joaquín apuntó, «Esta es por ti papá», el dedo apretó suavemente el gatillo y pareció que el tiempo se detenía.

En el instante que disparó, tres detonaciones sonaron al unísono. La primera provocó un brillo azul y majestuoso en el cielo nocturno; la segunda, esparció los sesos de Lozano por todo el suelo. Y la tercera, la más infame de todas, atravesó a Joaquín Cienfuegos, que absorto en su misión, no advirtió que lo habían descubierto.

No sentía miedo, pese a que la sangre tibia lo mojaba por completo; sabía que ese día la historia cambiaría gracias a sus manos. Miró al cielo y nunca antes los fuegos pirotécnicos le habían parecido tan bellos…

Noviembre, 2014.

Nadie en la residencia sospechaba que Guillermo Müller, aquel simpático y conversador anciano escondía un pasado oscuro, ni mucho menos que  aquel pasado estaba ligado a uno de los episodios más sanguinarios de la dictadura en América Latina.

Antes de las jornadas de bingo y las tardes eternas, su nombre era de Alfonso Talavera y estaba encargado de los interrogatorios en uno de los tantos centros de tortura diseminados en Chile durante la década de los 70s.

Por sus manos pasaron cientos de hombres y mujeres  que fueron torturados y ejecutados de forma sistemática y de los que aún no se sabe su paradero.

Pese a que Chile ha sido en particular indulgente con sus criminales de la dictadura, Müller vivía con miedo. Es por eso que se mudo al remoto pueblo de Zellindor, más allá de su continente, y cambiando su nombre, decidió pasar sus últimos años de vida en esa remota villa, haciéndose pasar por un ex agente viajero viviendo en el mayor de los anonimatos posible.

Todo inició en el año nuevo de 1986. Ese día participaba de una fiesta de fin de año en compañía de varios oficiales y agentes de la dictadura. La mezcla de  alcohol y testosterona los hacía sentir invencibles alardeando de sus últimas operaciones.

Sólo faltaban unos pocos minutos para despedir el exitoso año de 1986 (exitoso a pesar del atentado a Pinochet). En torno a la mesa dispuesta en el patio estaban reunidos El capitán Müller (en ese tiempo Talavera), el coronel Antonio Lozano (jefe del centro de torturas). El teniente Vladimir Falcone (a cargo de coordinar las detenciones ilegales) y el cabo Braulio Santelices (conocido por su excesiva crueldad al momento de hacer los interrogatorios), todos ellos compartían animadamente, no sólo eran hombres de armas. Eran camaradas, casi hermanos.

Müller siempre recordará aquella noche. Todo estaba ordenado para ofrecer una velada perfecta, sin escatimar en gastos para agasajar a todos los invitados. El animador de la noche (un conocido rostro de televisión afín con la dictadura) inició el conteo regresivo. Pronto iniciarían los abrazos y los brindis, para dar espacio a un majestuoso espectáculo de fuegos artificiales que iluminaría la noche en aquella hacienda escogida para la celebración.

Las copas estaban en alto y el conteo se acercaba a su fin. 10, 9, 8,7… Una sonrisa se dibujaba en los cuatro. 6, 5, 4, 3, 2, 1… Un nuevo año se iniciaba. El choque de las copas eclipsó por un momento a la música que sonaba en vivo. Luego vinieron los abrazos. Fuertes, llenos del machismo y la falsa hombría de la derecha más recalcitrante.

El escuadrón, casi de forma inconsciente se alineó para contemplar el cielo nocturno. Pronto el firmamento desaparecería ante las detonaciones.

Una luz surcó hacia lo alto, anunciando la primera explosión. Todos los presentes miraron atónitos el espectáculo, lo que les impidió advertir de inmediato la sincronización del ruido con el disparo que reventó la cabeza de Lozano, salpicando al resto del grupo sus sesos y sangre aún tibia.

Durante 5 segundos que parecieron eternos ellos apenas reaccionaron. Desenfundaron sus armas y dispararon parapetados en las mesas hacia donde presumiblemente había disparado el misterioso tirador.

El polvo se disipó y el silencio volvió a reinar en el lugar, el que era interrumpido sólo por el grito histérico de algunas mujeres que no entendían la situación.

Talavera fue el primero en incorporarse, el resto de sus compañeros aún sostenían sus armas con fuerza. A lo lejos, una figura avanzaba con los brazos en alto. Era uno de los guardias del recinto.

―Mi capitán, logramos eliminar al intruso.

―Igual se demoraron manga de huevones―Talavera no podía ocultar su enojo.―Asesinaron a Lozano.

―Aunque logramos identificar al terrorista.

― ¿Cómo se llama el hijo de puta?

―Joaquín Cienfuegos mi capitán.

― ¿Donde lo tienen ahora?

―Le disparamos y lanzamos el cadáver al río con unas piedras amarradas al cuerpo.

― ¡Puta que las cagan! Los voy a hacer mierda en el informe. Ahora márchense y arreglen la cagadita que quedó acá.

Talavera sacó un cigarro y lo encendió, fumando con una calma poco usual como para una situación así. Aunque por dentro estaba intranquilo por alguna extraña razón.

Pasaron más de cuatro años del incidente y tanto Talavera como su grupo olvidaron el asunto. El tema pasó de forma tácita al completo olvido. Era mejor así, hay cosas que  es mejor enterrarlas en lo más profundo de la memoria.

Cada uno de ellos se había integrado a la sociedad, manteniendo sus crímenes en la más completa impunidad.

Talavera, que se había convertido en un próspero empresario aprovechando el saqueo que sufrió el estado de sus empresas públicas, fue una mañana de Diciembre  como de costumbre a comprar el periódico cuando una noticia lo sobresaltó. “Famoso animador muere ahogado en su piscina”. Talavera hace mucho tiempo había compartido en la fatídica celebración de año nuevo con ese hombre de cabello canoso y desplante televisivo. Y ahora era un cadáver llorado en todo el país (por suerte para él, ningún chileno conoció sus actividades con los organismos de represión). Talavera cerró el periódico y siguió con su rutina.

La alarma vino poco tiempo después: Era 1992 y en el país, una democracia a medias ya estaba instalada sin señales de cambios significativos, gracias al legado de los siniestros ideólogos del modelo.

Talavera encontró nuevamente una noticia en la prensa escrita que hizo revivir los fantasmas del pasado.

Esta vez, Wladimir Falcone era el fallecido. La escueta nota señalaba un accidente de tránsito en la ruta 68. Al parecer el conductor había perdido el control de su vehículo. La imagen que acompañaba la noticia mostraba al automóvil de Falcone convertido en una masa informe de fierros retorcidos. Pero la fuerza del impacto no fue lo que preocupó a Talavera. A escasos metros del vehículo, se asomaba una insignificante hoja de un calendario correspondiente al Diciembre de 1986. Toda chance de impunidad fue desapareciendo con ese trozo de papel. No era una coincidencia, esto ya era demasiado obvio. Durante años todas sus operaciones se realizaron en el más completo anonimato. Y una vez terminada la dictadura, su unidad fue a la única que no se le pudieron atribuir violaciones a los derechos humanos, y ahora, muchos años después, alguien más sabía el secreto.

Talavera sabía que sólo quedaba una cosa por hacer. Contactar a Santelices para advertirle del peligro que los amenazaba era la única opción para seguir con vida. Debían unirse para combatir a un enemigo común e invisible.

Marcó el teléfono, del otro lado, una voz traposa y cansada contestó.

―Aló.

―Satelices, soy Talavera. Estamos en peligro.

―Cuénteme que pasa.

―Ahora no huevón, por teléfono ni cagando.

―Venga a verme al trabajo entonces, yo lo espero…―Esa última palabra no alcanzó a llegar, Santelices no recibió respuesta, un golpe del otro lado indicó que habían colgado.

Media hora después, Talavera estaba afuera del condominio en donde Santelices trabajaba como conserje. Era un edificio de terminaciones finas, ubicado en el barrio alto. La mayoría de los propietarios eran ex oficiales en retiro, por lo que Santelices se sentía a gusto con sus nuevos patrones.

Un hombre gordo, con lentes tipo aviador y un bigote desordenado lo esperaba en la entrada con una amplia sonrisa.

― ¿Cómo está mi capitán? ¿Por qué tan alterado?

Talavera apenas devolvió el saludo. Desplegando el periódico con la muerte de Falcone, fue relatando los sucesos en torno a las muertes ocurridas. Y haciendo conjeturas le explicó las posibles teorías en torno a lo sucedido.

Santelices, lo miraba atento, ocultando su expresión de incredulidad en honor a la jerarquía que Talavera representaba dentro del grupo. Lo miro a los ojos y dijo:

―Tranquilo mi capitán, son solo ideas suyas, la única persona que sabe la hicimos cagar a balazos.

―Te digo huevón que “tenís” que tener cuidado. Algo raro está pasando. Estoy seguro que al que matamos no trabajaba solo.

―Eso fue hace más de 5 años…

―Ojalá así sea, cualquier cosa que sepas, me avisas.

―Tranquilo jefe, si veo algo raro, tengo esta belleza para defenderme― Santelices movió un poco su abrigo, y la empuñadura de una pistola se asomó tímida de entre las ropas.

Luego de las formalidades correspondientes, talavera condujo su auto a toda velocidad. Algo lo tenía preocupado. Si sus corazonadas no le fallaban, algún ex compañero del joven asesinado los estaba buscando para exterminarlos de forma metódica y ordenada. ¿Y si eran más de uno? No, esa no era una opción, no había forma.

Esa noche no pudo dormir. Una pesadilla fue la culpable. El figuraba en un tribunal, sentado en el banquillo de los acusados respondiendo por sus crímenes. El jurado, juez y testigos que declararon eran todas aquellas personas a quienes él y su unidad habían torturado y asesinado a sangre fría.

Pudo identificar a una pareja de novios que pertenecían a las juventudes comunistas. Aún recordaba cuando a ella la violaron delante de su novio, quien amarrado a la silla, era golpeado sin piedad. Hasta que una vez que delataran a sus amigos los hicieron desaparecer arrojándolos al mar atados a rieles de tren.

Todos lo miraban ahora con ojos acusadores, llenos de odio, esperando la sentencia del juez, que no era otro que el mismo Joaquín Cienfuegos.

Al escuchar la condena a muerte, Todos los presentes al juicio se abalanzaron sobre Talavera, desgarrando su piel y órganos internos, lanzándolos al fuego.

Sus propios gritos lo despertaron. Un sudor frío lo empapaba completamente, desde ese punto le fue imposible conciliar el sueño, y los pensamientos funestos fueron atropellándose uno detrás de otro. Debía hablar cuanto antes con Santelices. Si alguien buscaba venganza era necesario enfrentarlo juntos.

El amanecer no tardó en llegar. Talavera estaba resuelto en sus decisiones. Tenía que solucionar todo con sus propias manos. Abrió su caja fuerte y sacó su antigua pistola aún reluciente y lista para utilizar. Con cuidado, la guardó en su sobaquera, y subiendo a su vehículo, salió a gran velocidad.

La conversación del día anterior lo había dejado pensativo respecto a cómo se han desarrollado los acontecimientos, debía comunicarle su plan a Santelices, si alguien podía ayudarlo, ese era el.

Nuevamente se dirigió hacia el condominio amanecer. Pese a que era sábado, el tráfico era un caos. Tardó el doble de tiempo en llegar. Y cuando por fin divisó el edificio, una escena sangrienta desbarató todos los planes de Talavera.

La policía tenía cercado el lugar, era imposible aproximarse, pero pese al riguroso cerco que estaba desplegado, se podía observar la caseta de guardia que Santelices utilizaba como oficina llena de sangre e impactos de bala (más de 30) cómo un macabro cuadro que era coronado por una bolsa negra de plástico que intentaba ocultar la inmensa Humanidad de su ex compañero de armas.

A sus 50 años, era la primera vez que Talavera sentía miedo. Antes siempre estuvo amparado a la impunidad y el anonimato que le daba ser un esbirro de la dictadura. Esta vez era vulnerable. El peligro podía aparecer desde cualquier punto de la capital para acabar con su vida.

El terror le impidió bajarse del auto. Podría ser sospechoso, o peor, el asesino podía estar al acecho, esperando cualquier descuido para atacar. Sólo había una alternativa, y era escapar cuanto antes del lugar e ir a su oficina. Pronto idearía un plan para defenderse.

El resto del día transcurrió de forma eterna, Talavera estaba ausente. Prefirió encerrarse en su despacho y no admitir visitas. Pronto debía tomar una decisión importante que podría alterar todo el transcurso de su vida.

El camino a casa fue sin sobresaltos, por un momento pensó que una bomba estaba instalada en su vehículo, o que al detenerse en algún semáforo un desconocido aparecería y descargaría su arma en contra de el. Las opciones para morir eran múltiples y todas le parecían posibles.

Al llegar a su hogar. Talavera cruzó el umbral de la puerta, y al encender la luz, un sobre estaba en la mesa de centro. Impaciente, Talavera lo abrió, y sacó 3 fotografías que le hicieron perder la cordura.

La primera imagen correspondía al vehículo de Falcones siendo saboteado por un hombre encapuchado. La siguiente toma era de una subametralladora apuntando en medio de la noche a la caseta de Santelices mientras éste leía tranquilo en su puesto de trabajo. La última foto (que hizo palidecer a Talavera), era la de su propio dormitorio con el durmiendo y una leyenda que decía “tu eres el siguiente”.

Durante todos los años como agente de la dictadura, era la primera vez que no tenía el control de la situación, La realidad era completamente diferente. Una fuerza desconocida y con sed de venganza lo estaba cazando. ¿FPMR? ¿MIR? ¿MAPU? Realmente lo desconocía, pero de una cosa estaba segura aquella noche. Debía abandonar el país y desaparecer completamente, escondiendo todo rastro de su ubicación. Mañana viajaría al rincón más perdido que pudiera y adoptaría una nueva identidad. El conocía a la persona indicada, tenía los contactos y mucho dinero para pagar el precio que fuera necesario. Su empresa sería administrada por alguien de confianza y el dinero lo triangularía a través de las múltiples sociedades anónimas que poseen cuentas en Islas Caimanes y Suiza (Bendito modelo neoliberal que permite aprovechar los vacíos legales para engañar al estado). Era el plan perfecto, podría pasar los años que le quedan como un banquero retirado, o la profesión que le diera la gana.

Al día siguiente, y en menos de 24 horas, Talavera partía en un avión con destino desconocido bajo el nombre de Guillermo Müller, ciudadano uruguayo, ex agente viajero. Luego tomaría un tren en Praga que lo llevaría al remoto pueblo de Zellindor. Ya instalado, compraría un terreno y pondría una plantación de árboles frutales.

Al pasar los años, Müller (antes Talavera) comprobó que escapar había sido la decisión correcta,  los miedos de ser cazado fueron disipados por completo al mismo tiempo que se ganaba el respeto de toda la comunidad.

A inicios del 2014 los males propios de la edad se hicieron latentes. La artrosis apenas lo dejaba caminar, y pese a que poseía una cuantiosa fortuna, tenía reparos de trasladarse fuera del pueblo  para operarse. Era mejor no tentar a la suerte, podría ser descubierto  en alguna ciudad más grande y ser asesinado sin compasión, así que optó por internarse en la residencia de la divina providencia. Tenía 72 años.

La vida en la residencia transcurría sin sobresaltos, todas las comodidades estaban a su disposición y el personal estaba dedicado en cuerpo y alma al bienestar de los residentes. Su existencia era un remanso de paz. Müller no podía estar más a gusto.

Una mañana, Müller abría las cortinas de su habitación con el fin de disfrutar el sol matutino. Al moverlas, vio con horror el críptico mensaje escrito en su ventana: «Te encontré maldito».,

Un grito ahogado surgió de la boca del anciano. La visión se tornó borrosa ante el peligro real de que su vida corría peligro. Apenas alcanzó a poner la mano en su boca para impedir que el vómito cayera al piso.

Casi tambaleando y aguantando el dolor que la artrosis provocaba en sus rodillas, Müller bajó las escaleras gritando frases inconexas que perturbaron la paz de todos los residentes, quienes sólo entendían que un asesino andaba suelto y les haría daño.

Se necesitaron 2 paramédicos y un sedante para calmarlo. Una vez que recuperó la compostura, les contó del mensaje en la ventanas. Ambos jóvenes, que apreciaban la cordialidad y buenos tratos del viejo, se miraron perplejos, con el temor de que podría estar sufriendo los primeros signos de demencia senil. No obstante, por el cariño que le profesaban, rápidamente subieron las escaleras hasta la habitación, sin encontrar rastros del mensaje.

Pese a que luego del incidente el médico de la residencia le suministró una dosis mayor de calmantes, los mensajes se volvieron más frecuentes. Desde un recorte sutil de algún periódico chileno de la década de los 80°s, hasta llamadas telefónicas en las que sólo se escuchaba por la otra línea una respiración parecida a la de los animales antes de atacar a su presa.

Müller, presa del miedo más absoluto, informaba de inmediato a los encargados del asilo, pero de la misma forma misteriosa en que los mensajes aparecían para atormentarlo, estos se desvanecían por completo jugando con la cordura del viejo, que cada vez más pendía de un hilo, balanceándose directo sobre el abismo.

Con el tiempo, tanto el anciano como los encargados del centro de La Divina Providencia consideraron que todo era una manifestación del deterioro cognitivo y no tardaron en llamar a  un especialista.

El doctor Mc Allister, uno de los ciudadanos más respetados de Zellindor, acudió al hogar de anciano. A sus 55 años, poseía una vitalidad propia de un joven y desde su llegada al pueblo hace varios años, se había ganado la amistad de todos los habitantes por su calidad, tanto profesional como ética.

Mc Allister no tardó en entablar una profunda amistad con Müller. En el transcurso de los meses, las alucinaciones del anciano fueron desapareciendo, mientras que las visitas del médico se hacían más frecuentes, resumiéndose en hablar temas de la vida y contar anécdotas de juventud. Al parecer el cuadro paranoide de Müller había desaparecido, o eso había pensado.

Un día de Noviembre, Müller fue a leer el periódico que todos los días llegaba a la residencia. Ya instalado en su sillón repasó las páginas, y en ellas, había un recorte más antiguo que había sido anexado. La fecha correspondía a los primeros días de 1987 y se relataba la noticia de la muerte del coronel Lozano. El anciano, en un gesto instintivo arrojó el diario al suelo. Todos los miedos y angustias de su antigua vida vinieron a atormentarlo. La seguridad que había experimentado estos años era una mentira que alguien había maquinado con el único fin de torturarlo. No podía escapar del destino que su perseguidor le tenía preparado.

Sólo había una persona que podía ayudarlo. No era prudente alertar a los guardias, pensarían que era otra de sus crisis. Estaba seguro que su mente nunca lo engañó, todo era parte del juego. Mc Allister era su única esperanza. Si no lo llamaba, podría ser todo para él.

Era aún temprano cuando el médico atendió el teléfono de su sala. Al otro extremo de la línea, una voz llena de pánico rompió la paz de aquella mañana.

― Mc Allister, tengo miedo, sólo tú me puedes ayudar.

―Cálmate Guillermo. ¿Qué te está pasando?

―Debo contarte algo de vida o muerte. El tiempo se agota.

―Cálmate, deja arreglarme y voy a verte.

―La residencia es muy peligrosa, ya no puedo estar seguro allá. Espérame, iré yo.

Al cabo de unos minutos Sólomon Mc Allister abrió la puerta de su casa y en el umbral, Müller lo esperaba con una expresión desfigurada.

—Me vienen siguiendo, este lugar es peligroso. Vamos al bosque.

Mc Allister apenas tuvo tiempo de coger su abrigo. No quiso ponerle objeciones a su amigo. Con verle la cara, ya se sabía que no estaba en sus cabales. Lo único que podía hacer en ese momento era seguirlo.

Pese a la artrosis, el ritmo de Müller equiparaba al del médico. No tardaron en llegar al bosque de Zellindor. El invierno estaba haciendo sus primeras visitas, anunciando que dentro de poco sería algo para tomar en cuenta. Ambos estuvieron unos minutos en silencio, Hasta que Müller, inhalando profundamente, empezó a hablar.

—Tienes que ayudarme, alguien quiere matarme— su expresión se asemejaba a una mascara deforme que estaba al borde de la locura.

—Cálmate primero. ¿Cómo es eso de que te quieren matar?

—Hay algo que nunca te he contado. Yo llegué a este pueblo escapando de un maldito que me quería asesinar. Pude escapar por más de 10 años, pero me ha encontrado.

— ¡Cálmate! Es solo tu imaginación.

—Créeme, aquí tengo la prueba—Müller sacó el periódico de la mañana. Sus dedos buscaron Frenéticamente el recorte entre las páginas sin resultado alguno. Por un momento consideró como una opción que sus facultades mentales estaban empezando a fallar.

Ambos amigos siguieron caminando en silencio hasta llegar a orillas del lago. El frío hacía dibujar estelas de humo en la respiración de los dos caminantes. Mc Allister dirigió la vista a Müller y continuó:

—Creo que lo mejor sería volver a casa. Aunque no sabes las veces que siempre quise estar en esta situación Talavera…

Los ojos de Müller (ahora Talavera) se abrieron presa del terror que deformó cada rasgo de humanidad en el rostro de este. La mezcla de miedo y la artrosis ni siquiera le dieron tiempo suficiente para defenderse de la estocada certera que Mc Allister le asestó con la precisión de un cirujano.

Talavera sentía el torrente tibio de su sangre bajando por su pecho, la vida se le escapaba, y en un esfuerzo sobrehumano apretaba su torso con todas sus fuerzas con la esperanza de detener la hemorragia y su muerte. Apenas un hilo de voz pudo salir de su boca.

— ¿Por qué Mc Allister? ¿Por qué?

Una sonrisa se dibujó en el médico, quien tomándose un tiempo para disfrutar su obra, con una mirada llena de desdén se dirigió a su amigo.

—Es lo menos que te mereces por tus crímenes. Y quiero que te lleves esto contigo al infierno… Siempre he sido Cienfuegos.

Talavera cayó al suelo, pronto moriría desangrado en medio de la nada, y los animales del bosque se encargarían de devorarlo. Cienfuegos se quedó quieto sentado en una roca y triunfante vio el cadáver de Talavera. Más tarde limpiaría las evidencias.  

Por fin había logrado su venganza.