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Te recuerdo Amanda

Hola amigos, les traigo mi segundo intento de participar en una revista (y mi segundo rechazo, XD). Aunque es comprensible. Había que hacer un cuento erótico y en eso yo no me manejo (una de dos, o me sale porno, o me sale una historia en la que hasta una convención de opus dei tiene más erotismo).

Para la próxima será, o si no fundaré mi propia revista, con juegos de azar y mujerzuelas.

Amanda era la nueva secretaria de la oficina. Apenas la vi cruzar la puerta, algo raro detonó en mi interior.

Muchas mujeres atractivas han pasado por la empresa, pero ella era diferente, con esos lentes hipsters que acentuaban unos inmensos ojos verdes que se entrecerraban cada vez que miraban a alguien al conversar, me hacían fantasear con la idea de tenerla en mi cama sin que se sacara sus anteojos.

Tenía un look calcado al de Zooey Deschanel en la película “500 days with Summer” (ya saben, casi perfecta, tan adorable y tan independiente), lo que me hizo temer que si lograba estar con ella me pasaría lo mismo que el personaje principal de esa película. Quedar destrozado emocionalmente.

Todos en el trabajo babeaban cada vez que ella pasaba, era sensual, pero ella no lo sabía, como si de la noche a la mañana pasó de ser la friki de la clase, a una mujer intelectual/con onda. Lo que le daba un aire tan inocente que hacía que todos quisiéramos ser los afortunados en pervertirla algún día.

Nunca contaré como di con su casa. Fue un trabajo de meses conversando con ella y haciéndome su amigo. Pero por fin el tiempo invertido en saber todo acerca de su persona rendía frutos. Estaba viéndola entrar a su propia habitación.

Aún tenía puesta la ropa que usualmente lucía en el trabajo, aunque con un ligero detalle fantasioso —una blusa blanca que para la ocasión se había sacado previamente el sostén, dejando ver una aureola rosada con unos pezones que se marcaban en la tela. Y una falda diminuta en la que se veían, tímida, unas porta liga. Todo coronado con unos zapatos de tacón que le daba un aire de mujer inalcanzable—. Muchas veces imaginé haciéndolo en la oficina mientras nadie nos veía, y esta vez ella se encontraba en su habitación lista para todo y se veía aún más caliente de lo que podría soñarla.

Bajó las luces y sentí las primeras notas de “let’s stay together” de Al Green sonando en la pieza. Tienes buen gusto Amanda, su refinado oído demostraba que estaba por sobre todas las mujeres simples con las que alguna vez estuve.

Se soltó el pelo y sonrió como nunca antes la había visto reír, con la mirada baja y mordiéndose el labio inferior.

“I’m, i’m so in love with you. Wathever you want to do, is alright with me” (yo, estoy tan enamorado de ti. Cualquier cosa que quieras hacer está bien conmigo). Al green describía a la perfección lo que ocurría en esas cuatro paredes «Por favor no te saques los lentes. No sabes cuanto me calientan». Por suerte me hizo caso. Poco a poco se fue desabrochando su blusa. Primero mostró un escote generoso, que al inclinarse se veía la perfecta redondez de sus pechos, enormes y de una palidez casi virginal.

Siguió bailando recorriendo la habitación, hasta que su blusa quedó olvidada en el piso, dejando ver unos pechos majestuosos. «No sabes las ganas que tengo de saborearlos».

— ¿Te gustan?

Claro que me gusta todo lo que veo. Su voz  sonaba entrecortada mientras jugaba con sus senos. Ella sabía cuanto me excitaba verla mientras se tocaba. Sus manos apenas cubrían sus pechos al mismo tiempo que bailaba de forma seductora.

La música cambió, y ahora, algo más actual sonaba para marcar el ritmo de esa noche. De inmediato identifiqué los golpes suaves de “Constant conversations” de Passion pit. Si no la conocen, es un tema sensual que invita a hacerlo lento en algún lugar oculto. «Se nota que habías hecho el disco para esta noche».

Lentamente se sacó su vestido de espaldas a la cama, un calzón diminuto de encaje permitía ver la perfección de sus muslos blancos y toda la forma de su culo, que a sus 21 años recién cumplidos, se veía firme y terso, sin ninguna imperfección que lo arruinase.

Ustedes comprenderán que en ese momento tenía una erección incontrolable. Mi cuerpo pedía a gritos saltar sobre el suyo y dar rienda suelta a todos estos meses aguantando las ganas de tenerla. Le habría vendado los ojos y de a poco le hubiese besado detrás de la oreja. Sé que un estremecimiento inundaría su piel, esa piel tan suave, que más de alguna vez le rocé de forma intencional mientras almorzábamos en la cafetería.

Luego le habría cogido por el pelo con el fin de besarle la nuca, unos gemidos escaparían de su boca, mientras le digo, casi en un susurro, cuanto la deseaba.

Después bajaría por su espalda. Primero de pie y luego tumbada boca abajo, al mismo tiempo que mis manos le tocan ese culo tan lindo que tiene, logrando que mueva su pelvis con un ritmo corto al principio para después aumentarlos en amplitud, como si estuviera haciéndolo con un ser imaginario y no aguantara más las ganas de ser penetrada.

Esa era mi fantasía, pero eso no importaba en lo más mínimo, ahora Amanda era la dueña exclusiva de la situación y sólo su placer era lo importante.

Verla bailando en la habitación era algo sublime. En el trabajo siempre era recatada, y algunas veces hasta tímida. En cambio ahora su transformación era total. Si mis amigos de la oficina supieran… Claro que no, es un secreto que me llevaré a la tumba.

La música cambió nuevamente. En ese momento sonaba el disco “Dummy”, de Portishead. Amanda, eres una caja de sorpresas. No eres una mujer común con gustos comunes. Gracias por permitir verte en tu máximo esplendor.

— ¿Quieres Sacarme las bragas?— Había que ser idiota para negarse a tan maravillosa petición. Su pregunta encontró una rápida respuesta. Si alguien me preguntara, mataría por hacerlo.

Se agachó sin doblar las rodillas. Las clases de pilates de las que tanto alardeaba cuando conversábamos no eran en vano. Gracias a sus tacones, tenía una vista privilegiada a su culito.

Sus bragas bajaron lentamente, pude apreciar, con gozo, que estaban levemente húmedas. Contuve la respiración al verla por primera vez desnuda. Todas las veces en las que me la había imaginado así se quedaron cortas. Nada era tan excitante ni hermoso como la realidad. Su cuerpo delicado evocaba una dicotomía peculiar. Por un lado inspiraba ternura y deseos de protegerla, y por otro el de hacerla gemir hasta quedar exhaustos.

Quedó frente a mí, sólo con sus medias negras y sus zapatos de tacón, que hacían contraste con su piel tan perfecta y pálida. Su pubis, apenas tenía una sombra de vello delicado que hacía resaltar su sexo rosado y hermoso, que parecía una flor a punto de abrirse.

Fue lentamente a la cama y se puso de rodillas en el colchón. Su sonrisa ya no tenía nada de ternura. Era salvajismo puro.

Que incautos los que alguna vez pensaron que se lo harían a ella. Nunca ha sido así. Amanda es quién tiene el control siempre, ella los folla, ella, y nadie más que ella es la que manda y domina toda la situación. Detrás de esas gafas de intelectual joven y tímida se escondía una verdadera fuerza de la naturaleza, y yo era testigo privilegiado de esa energía sexual desatándose.

Tomó el miembro con sutileza, y con una mirada cómplice pasó su cabeza con movimientos circulares por los labios de su sexo, mientras su hendidura se abría húmeda, como si fuera a darle un beso.

En ese momento me encontraba en el punto de no retorno. La “performance” era un bombardeo a todos los sentidos, bastó sólo eso para quedar a punto de acabar «resiste por favor, que lo mejor está por llegar».

Un gemido escapó de su boca, que apenas pudo disimular la excitación mientras mordía sus labios. Sus movimientos de cadera pasaron de un balanceo rítmico a unos espasmos enérgicos que hicieron desaparecer por completo el miembro dentro de su cuerpo.

Los gemidos de Amanda— que fueron transformándose gradualmente en gritos de placer— llenaban cada rincón de la casa. Con cada embestida ella pedía más y más. En ese momento me sentía el hombre más afortunado del mundo. Por fin tenía el honor de ver en su máxima expresión cada momento de su lujuria.

Aquella noche, ella estuvo a punto de llegar al orgasmo más placentero de su vida. Lamentablemente, Amanda y su novio me descubrieron espiando por la ventana del patio antes de acabar…

Días después me despidieron y nunca más volví a verla.

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