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Doppelgänger

Hola chicos, les dejo uno de mis relatos predilectos. Es hora que vea la luz.

Saludos.

 

A mis 85 años ya siento la proximidad de la muerte. Pronto sólo seré un recuerdo, y lo que pueda ocurrir después de mi fin ha estado atormentándome estos últimos días. Es por eso que lo he convocado a usted, padre Stéfano. Necesito confesarle un horrible crimen que cometí en mi juventud.

Todo empezó el día que llegué a Zellindor. Tenía 25 años y en ese entonces era un simple turista que estaba de paso por el pueblo, mi intención era marcharme enseguida. Las vacaciones recién empezaban y Praga me esperaba llena de aventuras; pero aún quedaban cinco horas para abordar el siguiente tren, así que me dirigí a las famosas ruinas del castillo Rudenfort con el objetivo de hacer algo de tiempo antes de partir.

El camino era corto y una suave brisa refrescaba mi cara. Luego de un par de minutos caminando por el sendero del bosque, quedé ante lo que quedaba de aquella majestuosa edificación que otrora fuera la manifestación del absoluto poderío de un antiguo señor feudal.

Me adentré en el castillo y recorrí los interminables pasillos de roca negra, visité los amplios salones de arquitectura medieval y  bajé por los peldaños de mármol que  daban a las catacumbas.

En ellas la atmósfera era desconcertante, una mezcla de muerte y agonía que provenían de un lugar indeterminado erizó toda mi piel. En las paredes se podía ver tallados antiguos que representaban siniestros ritos; pero el miedo anterior no era nada comparado con lo que vería a continuación. Lo más terrorífico de todo el castillo estaba en medio de la sala. Un agujero imponente, que de acuerdo a la leyenda local, era el foso sin fin, y que según los lugareños llegaba hasta las mismas puertas del infierno.

Escuché un ruido, en medio de la penumbra distinguí una figura humana que sondeaba cada uno de mis movimientos. El pavor fue en aumento al darme cuenta de que no estaba solo.

Poco a poco mi vista se fue aclarando, y con estupor advertí que el otro visitante era yo mismo.

Ante mi, el mayor de mis miedos infantiles se manifestó. De inmediato vinieron los recuerdos de mi abuelo contándome historias de terror cuando niño. De todos los horrores que aquel anciano me contaba, el que más recuerdo, —por las noches sin dormir que me provocó— era el Doppelgänger. Que según la tradición, es el doble fantasmal de una persona, y que al encontrárselo, era un presagio de muerte.

Ahí estaba yo, petrificado de miedo frente a mi doble maligno. Por un momento nos miramos a los ojos sin emitir palabra alguna. Parecíamos dos bestias estudiándose antes de la batalla final. Cada uno de sus rasgos, —y su ropa— eran idénticos a los míos; pero no sólo era mi doble, era la muerte en persona.

Debía actuar rápido, o si no la leyenda se cumpliría con mi propia muerte. Morir no estaba en mis planes, ni mucho menos quedar abandonado lejos de casa, la angustia de saber que podía ser mi último día en la tierra era algo que me impedía pensar con lucidez.

No pude reaccionar a su primer ataque. Aún su grito lleno de odio diciendo « ¡Se acabó el juego maldito!» retumba en mi mente las noches en las que la culpa no me permite conciliar el sueño. Se abalanzó sobre mí, y una ráfaga de golpes aterrizó en mi cara tumbándome de inmediato.

Estaba tirado en el suelo y sin posibilidad alguna de defenderme. Cada golpe lo recibía con impotencia por el miedo que aquel ser causaba en mi ¿Acaso moriría en aquel pueblo en medio de la nada?

Usted comprenderá padre, que me encontraba en una encrucijada, no hallaba la forma de enfrentarme a lo desconocido. Si la situación se mantenía, de seguro mi muerte sería inminente, sólo era un simple mortal incapaz de luchar contra los horrores del plano sobrenatural. Necesitaba cuanto antes una forma de salvarme.

En ese instante, cuando estaba entregado a mi destino, mi instinto de supervivencia afloró en lo más profundo de mí ser. Quería vivir, mejor dicho, necesitaba vivir a como diera lugar. Recuerdo que grité casi hasta las lágrimas, y sacando fuerzas de flaqueza, cogí una piedra, y golpeé directo a la sien de mi atacante. Un ruido sordo acompañado de un hilo de sangre anunció su muerte. En sólo una fracción de segundo  me convertí en un asesino. Al ver su cadáver y su mirada vacía, no pude contener las ganas de vomitar. Verlo sin vida era contemplar mi propia muerte.

Tomé su cuerpo, y lo arrojé a las profundidades del pozo. Pese al miedo, una sensación morbosa se apoderó de mi cuerpo. Quería comprobar si la leyenda era cierta. Me senté, abatido en el suelo frío de aquel castillo maldito, y afiné mi oído tratando de escuchar como el cadáver tocaba fondo. Esperé unos segundos que se transformaron en minutos y nada se escuchó. Mi copia maligna fue perdiéndose para siempre en la inmensidad del abismo.

Debía abandonar cuanto antes aquel pueblo diabólico. Corrí hacía la salida llorando, sólo debía escapar de esa pesadilla. Si tenía suerte podía tomar el tren, esfumarme sin dejar rastro y volver a mi vida normal; pero un detalle acabó con mis anhelos de libertad.

Frente a mí, una joven con un bebé en brazos me contemplaba preocupada.

—Gustav, estábamos esperándote, debemos ir a casa. ¿Pero qué te pasó en la cara mi amor?

―Nada, sólo me pegué en la cabeza con una viga― Dije sin comprender hasta el día de hoy cómo esa respuesta nació de mis labios, sellando para siempre mi destino.

No lo podía creer, mi doble tenía nombre, se llamaba Gustav y tenía familia. El remordimiento casi me hace caer de rodillas. Estaba en el dilema de abandonarlos o ser Gustav para siempre. Algo en mí me hizo acompañarla, empezando una existencia de eterna expiación.

Con los años me fui enamorando de Agatha y a Luca lo consideré mi propio hijo. No fue fácil engañar a mi nueva familia y al resto del pueblo, usé los golpes recibidos en la pelea de forma provechosa y les hice creer que experimentaba un cuadro de amnesia. Gracias a esa actuación, todos en el pueblo me fueron ayudando a reconstruir mi nueva identidad. Tiempo después llegaron a nuestras vidas mis hijos, Roland y Simone. Desde aquel día Representé el papel de Gustav a la perfección, tratando de ser un modelo para todos. Y de ese modo, mi antigua vida murió cuando asesiné a Gustav con mis propias manos.

El resto de la historia usted ya la conoce padre. Me convertí en el querido alcalde de Zellindor por más de 20 años. Me esforcé más de la cuenta en hacer progresar al poblado, hasta convertirlo en el idílico lugar que es ahora. Pese a la vida en apariencia feliz que llevaba, la culpa me visitaba todas las noches, carcomiéndome por dentro y haciéndome cuestionar mi condición humana. Más de alguna vez, me dirigí al castillo para llorar en silencio. Donde sea que estuviera Gustav, le pedía perdón por mis actos…

Y ahora, ad portas de mi muerte, una pregunta resuena en mi cabeza una y otra vez de manera implacable…

¿Y si desde un principio yo siempre fui el Doppelgänger?

 

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