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Réquiem para un maestro

Hola chicos, volvió la temporada de literautas y para este mes el desafío era crear un relato que ocurra en el patio de un colegio y debe incluir la frase “¿Dónde están los niños?.

Pd: He tenido el blog algo flojo, pero créanme de que he seguido escribiendo, pero aún no es tiempo de subir el resto de las historias.

Saludos.

¡El profesor Campos ha muerto!

La noticia impactó a todo mi antiguo grupo del colegio, y dadas las circunstancias, me tocó a mí la triste tarea de transmitir el mensaje.
Yo lo vi morir, y esa imagen me acompañó durante muchas noches antes de dormir. Murió en mis brazos. Fue mi profesor en la adolescencia y luego de algunos años abracé sus mismas luchas, por lo que coincidíamos en las marchas.
Una bala loca perforó su corazón mientras defendía a un manifestante de la represión policial. Me quedé con el esperando la llegada de la ambulancia, con la impotencia de saber que nada podía hacer para ayudarlo.
Su funeral se realizó en el patio de mi antiguo liceo, en el que tantas veces el profesor Campos nos vio jugar, entre clases y charlas acerca de la justicia social y utopías, las que al principio no entendíamos, y recién al ser adultos comprendimos su profundo significado.
El primero en llegar fue el “guatón” Sánchez. Los años le habían entregado más kilos de los que un ser humano normal podía aguantar, y su rostro enrojecido no podía ocultar, lo que supuse, eran horas de llanto.
— Dime que es mentira—, Replicaba Sánchez con voz entrecortada— No puede ser posible que el profe ya no esté.
Nos abrazamos. Recuerdo cuando Sánchez estaba a punto de repetir el año. Su autoestima había caído y pensaba que no servía para nada. Fue el profe Campos quien lo ayudó a salir adelante. Recuerdo que le habló de los talentos individuales de cada persona y que no debía compararse con el resto. Que buscara sus talentos y que se dedicase a algo que lo hiciera feliz. Años después se había convertido en un próspero comerciante.
Con el paso de los minutos el resto de mis amigos fueron llegando hasta llenar las sillas.
Pese a la tristeza del momento, me dio gusto volver a ver a mis viejos amigos. Ahí estaba el “conejo” Martínez y su incipiente calvicie, el “forro” Ahumada, el “papiche” Tapia y el resto del curso. Todos tristes y con alguna anécdota que contar de los años que ya no volverán.
Esa tarde, no solo despedíamos a nuestro profesor, le decíamos adiós a una parte importante de nuestras vidas.
Todos quienes estábamos reunidos le debían algo al profe. Gracias a él conocimos el camino difícil, aprendimos que las grandes utopías sólo se logran rompiendo paradigmas.
Nos habló de cambios y revoluciones, descubrimos a Violeta y Víctor Jara. Conocimos de sus labios al “che” Guevara, en los tiempos en que hablar de él significaba una condena de muerte.
Ahora un ataúd nos hace chocar contra la realidad. Con el hecho de saber que los héroes no son para siempre y que la vida es mezquina con los mejores.
Lo enterramos en silencio, de la misma forma en la que hace muchos años escuchábamos atentos sus lecciones. Nadie quería creer que su muerte quedaría impune. Esto no podía terminar así.
Debíamos honrarlo, y al unísono, todos tomamos su bandera de lucha para continuar su legado. Su muerte hizo levantar más voces que exigían justicia.
No sólo éramos hombres pidiendo castigo para los asesinos. Por un momento volvimos a ser jóvenes de antaño que le rendían su último homenaje a un maestro caído.
¿Dónde están los niños? ¿Dónde están esos pequeños que jugaban tan seguros dentro de las paredes del colegio? Eso era algo que nos preguntábamos en cada marcha pidiendo castigo para los culpables de la muerte. Los niños que alguna vez fuimos habían muerto al igual que el profe; perolas luchas y convicciones siguen ahí en pie, haciendo inmortales los ideales…

El profe Campos habría estado orgulloso de nosotros.

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Exilio

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión.

Víctor respiró hondo, y repasó mentalmente los acontecimientos vividos en los últimos días. Su asombro era mayor al reflexionar que de quedarse un día más en su país, que ahora le parecía más desconocido, lo más probable es que no estaría con vida.

Recordar a quienes dejó atrás estaba lejos de devolverle la calma, la misma que le era esquiva desde aquel 11 de Septiembre. De la vida política a la clandestinidad sólo hubo un paso, y Víctor lo supo de la peor manera. Cerró los ojos y pensó en Suecia. Allí, sin familia ni amigos, sólo le quedaba seguir vivo.