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Cómo evitar que su hijo sea un saco de weas

PameArce

Todo empieza en la niñez…

Para todas las personas que se van a ofender porque creen que le estoy diciendo saco de weas a un niño, entiendan que estoy tratando de saco de weas a los adultos . Pero que probablemente fueron malcriados por madres y padres, o madres solas o madres ambas o padres ambos. Ladeen el cráneo, junten las neuronas y entiendan lo que quiero escribir. Gracias.

Es justo que después del revuelo que causó el temita de “Salve a su hija de ser una weona de mierda”, le dedique unas líneas a esas madres y padres de “niñitos varones”

Quienes somos de hartos amigos y conocidos, de seguro tenemos el top 10 de los hombres nefastos de nuestras vidas. Amigos, exs, tíos, maridos, hermanos  sacos de wea.

Yo tengo un hijo de año y un mes, y cuando veo tanto imbécil dando vueltas, me dan ganas de…

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La perra que arruinó mi vida

Hola a todos. Les dejo un relato que envié para un concurso de relatos pecaminosos… No quedé, XD.

Aquí va:

La primera vez que vi a Sofía supe de inmediato que sería mi perdición.

Siempre recordaré aquel día. Estaba trotando por el parque y de pronto nuestras miradas se cruzaron. No sé cómo explicarlo, pero algo detonó en nosotros.

No me atreví a dar el primer paso, todo porque una mujer de aproximadamente cincuenta años la acompañaba franqueando cualquier intento de avance, como si se tratara de cerbero cuidando a Proserpina en el Hades.
Pasaron los meses y su recuerdo me visitaba cada cierto tiempo cuando fantaseaba.

La casualidad quiso que nos encontráramos en otras circunstancias. Ese momento siempre lo recordaré como el día de mi descenso al abismo.

Ella llegó una tarde a mi consulta. Por suerte sólo tenía una faringitis fácil de tratar con una dosis mínima de antibióticos. Desde ese instante, cada vez que se enfermaba, acudía a mí para que la sanara. Sin proponérmelo, se convirtió en mi paciente.

Pese a que ella era una adulta, siempre aparecía con la señora Marta (detalle que le daba cierto aire de inocencia que me volvía loco). Marta era aquella mujer que estaba con Sofía en el parque cuando la conocí, y que pese a la gran diferencia en sus fisonomías, decía ser su madre.

Por suerte ―o para mi desgracia, ahora que veo el desenlace de mis actos― sus visitas a mi consulta se hicieron más frecuentes. Un buen día, ella quedó a solas conmigo. La señora Marta, madre, acompañante y carcelera, tuvo que ausentarse por un rato para hacer compras mientras la examinaba.

La tensión sexual era evidente, nunca en las incontables visitas nos dijimos algo, pero nuestras miradas lo mostraban todo.

Aproveché la privacidad para tomar la iniciativa. Al principio fueron unos roces discretos con mi mano. No hubo protestas por su parte, al parecer le gustaba este nuevo tipo de contacto que rompía de forma implacable esa incómoda barrera médico- paciente, que muchas veces truncaba la prosperidad de tantos nuevos amores.

Encerrados los dos nada me detenía, llevaba meses esperando este momento, por lo que decidí subir mi apuesta. El roce casual se transformó en una caricia intensa que la convirtió en una fiera juguetona.

Bastó sólo un gesto de invitación para desatar ese deseo contenido durante tantos meses. No me contuve, la tomé fuertemente con mis manos trayéndola hacia mí, y le di el beso más caliente que podía darle.

Aún recuerdo su lengua con la mía. En cada uno de sus besos se notaba su falta de experiencia. Podía ver que era nueva en estas lides; pero siempre me he jactado de ser un buen maestro y con mi guía aprendió de inmediato.
Nunca supe cuanto rato estuvimos en la camilla. El tiempo no era un problema que me interesaba en ese momento. Sólo me importaba disfrutar de aquel cuerpo perfecto que se me entregaba con natural soltura.
De a poco me fui sacando la ropa. Lo único que me dejé puesto fue el pantalón, mientras que ella ya estaba desnuda jugueteando con mi camisa. Lentamente me fui acercando y mis manos recorrían todo su cuerpo.

La temperatura había subido en cosa de minutos. Todo era tan perfecto, tan sensual, tan sublime… Hasta que la puerta se abrió de golpe…

Era La señora Marta. Al vernos, sus ojos se desorbitaron sin dar crédito a la escena que Sofía, su hijita, protagonizaba.

La vergüenza se reflejaba en los tres. Sofía sólo atinó a esconderse en un rincón. Sus ojos adquirieron una mirada que sólo inspiraba compasión.

Yo la había empujado a esta situación y era mi deber salvarla. Como pude traté de darle explicaciones a la señora Marta, pero no había forma de razonar con ella. La ira la había cegado por completo.

Entre gritos, lo único que lograba entender era que me demandaría por degenerado y que me secaría en la cárcel.

Ahora me encuentro desolado. Cerré mi consulta esperando que las aguas se calmen. En cualquier momento creo que llegarán a notificarme con una demanda, y lo que es peor, enciendo el televisor con el miedo de encontrar a la señora Marta denunciándome en todos los matinales de televisión.

Estoy triste, lo que sentía por Sofía era real. No entiendo tanta persecución hacia mi persona, no soy el primero ni el último que se haya enamorado de una paciente.

Lo que más me duele de todo esto es que jamás volveré a ejercer como veterinario.

Esa perra arruinó mi vida…