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Cuestión de sangre

Hola a todos, les dejo un cuento policial. No es la gran cosa pero hace rato que no subo nada.

Pese a que se había prometido nunca más pisar aquel lugar miserable, el comisario López tuvo que visitar la cárcel luego de 5 años. Sentía asco por necesitar la ayuda de esa persona; pero el caso era difícil de resolver y no debía permitir que el “psicópata del puerto” cobrara otra víctima.
Aún recordaba cuando hace unos años estaba trabajando en un doble homicidio que parecía un callejón sin salida. Las semanas sin dormir lo tenían al borde del colapso. El caso ya era portada de todos los periódicos, y la opinión pública estaba sobre el equipo investigador.
En una de esas noches, su teléfono móvil rompió el silencio y al otro lado de la línea una voz que le pareció familiar sonaba lejana.
—Inspector López, yo puedo ayudarlo. Venga mañana a la penitenciaría y pregunte por mí. No comente esta conversación o “los pacos” nos van a “reventar” el módulo. Lo espero…
El comisario reconoció de inmediato la voz de su interlocutor. Federico Cipriani lo había contactado para ayudarlo.
Gracias a Cipriani, López resolvió el homicidio, y de inmediato, la fama del comisario creció de manera increíble. Sin embargo, su misterioso ayudante quedó en el más completo anonimato.
Federico Cipriani se había hecho famoso hace más de veinte años, cuando fue descubierto como el autor de más de veinte asesinatos de mujeres. Su último crimen había sido el de su propia esposa, luego de que ella lo descubriera en su doble vida delictual. De no ser por aquel hecho fortuito, nunca habría sido atrapado.
Cinco años después de resolver el doble homicidio junto a Cipriani, el comisario López nunca pensó que volvería a necesitar su ayuda. Se odiaba por no ser capaz de resolver el caso por si mismo, y sobretodo odiaba con toda su alma a Cipriani.
López tocó el timbre de la cárcel, y mostrando su identificación, explicó el motivo de su visita. Los guardias lo dejaron entrar, y lo condujeron a una oficina en donde los reos se juntan con sus abogados.
Pasaron unos minutos, y escoltado por dos gendarmes, Federico Cipriani entraba a la sala. López no podía ocultar la repulsión que la presencia del asesino serial le causaba. Luego de que los guardias se retiraran, Cipriani inició la charla.
—Sabía que vendría comisario. ¿Por qué demoró tanto?
—Cállate, sólo necesito un poco de ayuda— López, que siempre había sido dueño de sus emociones, mostraba signos de irritación.
— ¿Trajo el material para revisar?
El comisario tomó la carpeta y se la arrojó despectivamente. Cipriani leyó de forma minuciosa cada informe del caso; y observó con dedicación todas las fotos de las respectivas escenas del crimen. Luego de una hora estudiando el expediente por fin habló.
—El asesino conocía a las mujeres, si se da cuenta, ninguna de las puertas fue forzada. Lo más seguro es que ellas lo dejaron entrar y ni siquiera se dieron cuenta lo que les esperaba. ¿Tenían algo en común todas ellas?
— Lo único que pudimos establecer es que todas alguna vez estuvieron inscritas en el gimnasio “Energym”, pero las membrecías caducaron varios años después de ocurridas las muertes. Incluso, hasta ahora ha sido imposible especular algo, ya que todas las mujeres de este pueblo alguna vez se inscribieron en ese gimnasio…
— Escuche― Dijo Cipriani subiendo la voz―, el asesino es de los alrededores del gimnasio. Puede ser cualquiera que trabaje cerca del lugar. De una u otra manera, se ganó la confianza de las chiquillas, y cuando lo dejaban entrar a la casa, aprovechaba para matarlas. — López escuchaba consternado cada palabra de Cipriani. — Debes saber que para el asesino, ellas eran mujeres inalcanzables, y eso le generaba un gran complejo de inferioridad.
— ¿Y cómo lo sabes? ¿A ti también te pasaba cuando matabas, animal?
— No me trates así. Todos los cuerpos estaban amarrados, él quería tener el control de la situación. Estoy seguro que suplicaron por su vida antes de morir… Habría dado lo que fuera por estar en su lugar…— No pudo terminar su frase, un golpe lo hizo callar, logrando que un hilo de sangre recorriera su labio.
— Aunque me estés ayudando, sigues siendo una mierda de hombre ¿Acaso crees que expiaras tus culpas resolviendo misterios?
―No lo creo, quién sabe. Todos expiamos algo, la diferencia es que algunos lo mantienen oculto toda su vida…
―Ahora te pusiste filosófico― dijo López sin ocultar la ironía en sus palabras.
― Solo digo que todos ocultan algo, incluido usted comisario…
― No me compares con alguien como tú. Si pudiera te pondría un balazo en la cabeza y nadie te extrañaría, podría decir que intentaste atacarme y que actué en defensa propia… Sería muy fácil.
― Podríamos estar horas hablando de esto, y sé que tienes otras cosas importantes que hacer, no vaya a ser que mientras charlamos otra mujer muere por su culpa— dijo Cipriani saboreando cada palabra—. Quiero señalarle algo importante. Si se fija en los asesinatos ocurrido al aire libre, estoy casi seguro que el asesino usa bastón.
― ¿Y las huellas del bastón?
― En los asesinatos no lo usaba, se nota que el tipo era inteligente, pero fue incapaz de ocultar sus limitaciones. Si se fija en las huellas el pie derecho sólo carga el borde externo. Debió dolerle mucho mientras las mataba, pero la recompensa que obtenía era mayor.
― Pero las huellas son distintas, sospechamos que son más de uno los involucrados.
— No sean ingenuos, el asesino es muy inteligente, si se dan cuenta, las huellas son lisas, lo que significa que meticulosamente lijaba las plantas de los zapatos y cambiaba el número para despistar…
López tuvo una epifanía. Durante la investigación había interrogado a todos los cercanos a las víctimas, desde ex novios, hasta personas del trabajo; pero en su mente apareció una persona en particular. Era el “cojo Santis”. Cajero del gimnasio, estudiante de ingeniería.
Santis había nacido con pie Bot, que lo hacía caminar con dificultad, por lo que estaba condenado a usar dos bastones. Para compensar su discapacidad, entrenaba en los fierros durante horas. Se caracterizaba por ser amable con todos los que visitaban el gimnasio, en especial con las mujeres, quienes lo veían como un amigo.
Nadie sospechaba de él. Su escasa estatura y su condición lo descartaron de inmediato, no era peligro para nadie. O eso creía López hasta ahora.
No había tiempo que perder. Se levantó de la silla y se dirigió a la salida sin siquiera despedirse. Gracias a Cipriani el caso estaba por resolverse. Fue este quien le dirigió la última palabra que derrumbó su determinación.
— Después de ayudarte ¿Me perdonarás alguna vez?
— No papá, jamás perdonaré lo que le hiciste a mi madre.
— Es la primera vez en 20 años que me llamas papá. Ojalá algún día vuelvas a usar mi apellido…
Cipriani no obtuvo respuesta. Sus ojos de asesino cambiaron luego de muchos años a otra expresión, muy diferente, pidiéndole compasión a su hijo.
Al final, como Federico Cipriani decía, todos ocultan algo, y el comisario López no era la excepción. Detrás de él, el ruido metálico de la celda al cerrarse sólo significaba que el comisario dejaba una vez más su pasado encerrado tras las rejas.

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