Uncategorized

¿Puedo cagar en tu sombrero?

Hola amigos, les dejo un experimentó que escribí hace poco. Un poco de coprolalia y mal gusto no le hace daño a nadie… ¿O si?

— ¿Puedo cagar en tu sombrero?— me dijo con voz traposa mientras se desnudaba.

— ¿Pero qué mierda te pasa con mi sombrero?— le dije.

Conocí a Tamy (si ese acaso es su verdadero nombre) hace cuatro horas en el bar que está bajando mi apartamento. Era un sitio patibulario, aún más que sus parroquianos, casi siempre en penumbras,  que ofrece una sensación de soledad y vacío tan profunda que si eres de esos borrachos depresivos, terminarás suicidándote con seguridad al poco tiempo de visitarlo.

Intercambiamos miradas y nos sentamos uno al lado del otro, ambos borrachos y casi sin dirigirnos la palabra. Esa noche estaba asqueado de todo, y ella aburrida de una noche escasa de clientes (si, era puta). Un par de copas y conversación espontánea con los clichés de siempre hicieron el trabajo y pronto dejamos aquel lugar decadente para salvarnos de nuestra propia miseria.

Subimos las escaleras de mi edificio tambaleando por los tragos y porque no teníamos reparos en meternos mano mientras subíamos. Mi mano buscó su culo por debajo de la falda, algo gordo para mi gusto, pero suave al tacto. La señora Henríquez, mi casera no tardó en aparecer a increparme por el alboroto que causábamos.

— ¡Señor León, está borracho!, este es un lugar decente.

— ¡Cállate coja de mierda! Por algo estoy pagando alquiler. Para tener un poco de privacidad, y por eso puedo traer a quien quiera que se me pare el hoyo.

— ¡Pero si debe tres meses de arriendo! ¿Qué se ha imaginado?

— Vete a la mierda.

La vieja seguía gritando mientras entraba al departamento sin siquiera prestarle importancia. Tamy reía con esa risa que a solo las borrachas se les ve sexy. Ni siquiera cerré la puerta mientras mi mano buscaba nuevamente por debajo de sus faldas. Oh si, era un culo generoso. En otros tiempos había sido perfecto, pero ahora, luego de incontables noches de trajín, parte de sus encantos se habían perdido, y a juzgar por el vestido amarillo ceñido a su cuerpo, que no disimulaba para nada su leve sobrepeso, Tamy se negaba a envejecer y sabía que le quedaban pocos años en las pistas.

— ¿Qué me quieres hacer?— dijo Tamy mientras mi mano le abría las nalgas— ¿Te gusta mi culo?

— Quiero verlo abierto mientras te pongo en cuatro.

Cerré la puerta y le toqué las tetas. Ahora estaban más grandes que cuando comenzó en las calles. Había abandonado la casa a los dieciocho años y su tarifa era la más cara del lugar, hoy ese monto ha bajado y por suerte esta noche se apiadó de mí y no me cobrará.

— Que conste, te tengo ganas, esto no es trabajo.

— Te apuesto que se lo dices a todo el mundo— dije mientras le mordía los pezones.

— No salgas con esas frases de mierda de la tele— apretó con fuerza mi pene— que se me va la calentura.

Me tiró contra la cama y bailo frente a mí con sus tetas al aire. Lo hacía con torpeza, el vino barato estaba surtiendo efecto en su motricidad, pero en sus gestos tenía un erotismo primario, que siempre ha vivido en ella. Al parecer era cierto lo que dijo, no lo hacía por trabajo.

Bajó sus bragas al ritmo de la música que había en ese momento, por suerte a esa hora la televisión pasaba un especial de baladas anglo ochenteras.

Lanzó su tanguita hacia mi cabeza, mientras sentía su aroma me pregunté cómo un trozo de tela tan pequeño podía costar tan caro.

Respiré profundamente en sus bragas, y aquel aroma hipnótico lleno de sangre mi pene (no piensen que soy un enfermo, al noventa y nueve  porciento de los hombre nos gusta el olor a vagina, nos vuelve locos, ya sea proveniente de ropa interior limpia o unas sudadas después de horas de gimnasio, quien lo niegue es un hipócrita).

— ¿Te gusta mi perfume?— dijo con malicia.

— Tiene buen aroma, me pregunto a qué sabrá.

— Dejaré que hagas lo que quieras conmigo, pero hay algo que quiero hacer— dijo señalando mi sombrero. Quiero cagar en él.

— ¿Por qué tanta obsesión por cagar en mi sombrero? Es un regalo de mi abuelo. Que te pones guarra cuando estás borracha.

— ¿Acaso nunca has tenido una fantasía de borracho? Lo mío siempre ha sido querer cagar en los sombreros, mi padre siempre usaba uno y después de lo que me hizo… cagar en un sombrero sería como cagarme en él.

Se sinceró, pero su discurso coprofílico me la bajó de inmediato. No puedo estar metiéndosela con el miedo de que quiera cagar en mis cosas, o peor aún, mientras se lo meto en cuatro ella decide cagarse en mí, así nadie puede… Luego pensé en su otra pregunta ¿Cuál es mi fantasía de borracho? Eso es fácil de responder, siempre he querido tener sexo con una albina. Imaginen, lamer toda esa piel pálida que de seguro sabrá a leche, para luego contemplar el coño más rosado que vería en mi vida. Lo acariciaría con suavidad, apenas pasando las yemas de los dedos. Poco a poco jugaría con mis dedos dentro de ella hasta ver su piel enrojecerse por completo, sería la cumbia.

La sola imagen provocó una nueva erección. Esta vez estaba listo para hacerlo. Tamy estaba en la cama a medio desnudar, y con sus piernas abiertas, preparada para tener sexo alcoholizado.

A duras penas me dirigí a la cama. Mi mente trataba de controlar la erección, y lo más importante, calmar mis nauseas. Era víctima de uno de los males del sexo borracho, las ganas de vomitar. Sólo aquellos que han pasado por lo mismo que yo saben que tener sexo cuando hay varios tragos encima del cuerpo puede ser un arma de doble filo. En ese momento sólo quería acabar luego para cumplir con mi deber.

Tamy no quería parar por nada en el mundo y se retorcía en la cama para provocarme.

Fui a besarla, y luego de intercambiar nuestras lenguas, tomó con fuerzas mi cabeza y la llevo a su parte baja.

— Quiero que me la comas toda— dijo casi como si fuera una orden.

No podía dar marcha atrás. Mi lengua recorrió toda su hendidura, y su cuerpo reaccionó bien a mis movimientos. Su excitación fue haciendo más espesa mi saliva.

— Sigue, sigue, ahí, ahí papito rico— alcanzaba a escuchar mientras se estremecía en la cama.

Sus piernas se cerraban, apretando mi cabeza y dejando un mínimo espacio para respirar, era como estar en una sauna con aroma a coño, vino barato y sudor. Eso, combinado con mi borrachera no hacía nada por controlar mis nauseas.

Saqué mi cabeza para buscar aire y subí lo más rápido que pude. Para evitar toda protesta mordí sus pezones y luego seguí con su cuello. No tardó en responder buscando mi lengua con la suya, llenando mi boca a olor de vino y diez (si, los conté) cigarros mentolados.

Abrió sus piernas con una flexibilidad envidiable y ni siquiera me di cuenta del momento en que la penetré. Sólo un gemido ahogado de Tamy me avisó que había encontrado el camino correcto.

Si me preguntan por la experiencia, follar borracho es una mierda. Solo sientes tu pelvis moverse, tu cabeza gira y pareciera que estás desdoblado mirando como lo haces. En cambio, una dosis adecuada de copete puede ser hasta entretenida. Ambos relajados y desinhibidos. Ellas se vuelven más juguetonas, uno dura más y si tienes suerte, te darán cosas que nunca entregarían sobrias (ustedes saben a lo que me refiero). En fin todos salimos ganando.

— ¿Puedo cagar en tu sombrero?

— Ni siquiera ahora dejas de ser guarra— le respondo—. Deja en paz mi sombrero.

Continuamos en nuestro acto mecánico. Estaba durando más de lo que pensaba y de lo que quería, mientras la habitación daba vueltas como un carrusel, hasta que sentí las cosquillas del punto sin retorno, Tamy también las sintió y entrelazó sus piernas, dejándome atrapado sin poder escapar hasta haberme extraído  la última gota.

Caí exhausto a su lado, para evitar accidentes del tipo “vómito inoportuno” anclé mi pierna al suelo mientras usaba los pechos de Tamy como almohada.

A la mañana siguiente desperté con el peor hachazo de mi vida, la boca seca y no había señales por ningún lado de mi compañera. ¿Habrá sido un sueño? Su tanga en la cama confirmó su presencia. La busqué aún con la tanga en mi mano y no había caso, se había marchado dejándome su ropa interior de recuerdo. Fui al baño para constatar lesiones y una peste llenaba todo. En el espejo un moretón en el cuello y arañazos en la espalda fueron mis heridas de guerra.  La peste seguía sin saber de donde venía. Corrí la cortina de la ducha y ahí estaba: Un trozo de mierda coronando mi viejo sombrero.

Tamy, al final te saliste con la tuya…

Nunca más la vi por el barrio.

Uncategorized

Testigo del desierto

Hola chicos, aquí les dejo un relató que escribí hace bastante tiempo. Soy como un iceberg, ustedes conocen sólo el 10% de lo que he escrito. De a poco iré liberando más cuentos. Saludos.

Morí hace mucho. ¿Quién era? Eso ya no importa. Sólo soy un testigo anónimo de la historia. Lo único que recuerdo es que morí un día. Me mataron unos soldados, ya empiezo a recordarlo. Era joven y creía en utopías. Tenía esposa y un hijo pequeño. También tenía amigos en el partido, que también creían en utopías.

Un día, Pinochet se tomó el poder. Bombardeó el palacio de gobierno con ayuda de su séquito y la complicidad de Estados Unidos. Vi al compañero Allende defender con todo lo que pudo los restos de una democracia golpeada.

Ese día Allende cayó, y supe de inmediato que algo se rompió para siempre en nuestro pueblo.

Perdí a mi familia, o mejor dicho, tuve que salvarlos, de eso me acuerdo. Los dejé en un avión con destino a un lugar seguro. Suecia se convirtió en la última esperanza para vivir.

No pude acompañarlos porque mi misión en Chile aún no terminaba. Empiezo a recordar todo. Las lágrimas de mi hijo que no entendía lo que pasaba me derrumbaron, y los ojos de mi esposa tenían la mirada más triste que había visto en mi vida. De haber sabido que esa era la última vez, jamás los habría dejado.

Mis amigos fueron desapareciendo. Cada vez éramos menos. Nos juntábamos en lugares clandestinos para tratar de recuperar la democracia. Que iluso fui al pensar eso. Los perros de la dictadura cercenaron la sociedad para siempre.

Un día nos atraparon. La puerta romperse frente a mis ojos mientras los militares entraban con sus fusiles heló mi alma. Nos golpearon, nos ataron de pies y manos, y con la vista vendada, nos llevaron a otro sitio. Sólo escuche Pisagua, mi morada definitiva.

Aún recuerdo cuando estábamos arrodillados en medio del desierto, la noche creaba aún más desamparo. El balazo explotando en mi cabeza golpeó como un martillo. Luego de eso sólo la oscuridad y el silencio.

El vértigo que sentí mientras mi cuerpo caía en aquel agujero miserable junto a los cuerpos de mis amigos y compañeros es algo que me acompañará por el resto de la eternidad.

De pronto estaba de pie. El hoyo en donde mi cuerpo descansaba se encontraba tapado con tierra. A mi alrededor, mis compañeros vagaban con las miradas confusas.

Intenté caminar, pero mientras más avanzaba, más lentos y pesados eran mis pasos, hasta llegar al punto en que no era capaz de superar los 7 metros de distancia.

En la desesperación, traté de llamar a mis amigos. Por más que gritaba, ellos no eran capaces de escucharme. Vi sus rostros en los que sólo se manifestaba el desasosiego de no comprender la situación en la que estaban. Cuando por fin nuestras miradas se encontraron, alzamos los brazos, tratando de hacernos entender; pero todo era en vano.

Sólo después de unas horas batallando contra la confusión logramos entender que habíamos muerto y que ahora éramos almas en pena condenadas a una eternidad sin movernos del desierto.

Pasaron los meses, y nuevos compañeros de encierro se nos unieron. Vi llegar a un primo con el que pude comunicarme sin palabras. Cuando los militares llegaban a dejar más muertos, nos escondíamos aún con miedo a nuestros verdugos. Otras veces, algunos inmigrantes ilegales pasaban por nuestro lado. Ahí nos aparecíamos para que nos ayudaran. Al vernos, huían despavoridos por la visión espectral y nunca más los volvíamos a ver.

Lo peor era durante el día. Los rayos de sol nos volvían invisibles a las miradas de la gente. Por más que lo intentábamos nadie nos escuchaba. Al principio era triste, y con el paso de los años la angustia fue creciendo.

No recuerdo como empezó esa mañana. Me encontraba en ese eterno letargo al que estaba sometido. El tiempo ya era una preocupación de épocas pasadas. De pronto, una caravana rompió la soledad. Al principio nos escondimos, olvidando que era de día y que nadie nos podría ver ante el desamparo de la luz. Vimos a muchas personas bajarse de las camionetas. No eran “milicos”, eran civiles con flores y fotos en sus manos. Rostros apesadumbrados por los rigores de una tragedia fratricida. Vi mujeres de edad avanzada, hombres hechos y derechos con niños de la mano o en brazos.

Mi vista se concentró en un grupo de personas. Aunque era literalmente imposible, aquel día morí otra vez. Una mujer de aproximadamente sesenta años llevaba en sus brazos mi fotografía en tonos sepias. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cómo la muerte puede ser tan miserable? Sus ojos eran los mismos que dejé en ese avión hace tanto tiempo atrás. Ahora están más tristes, resignados a una esperanza incierta. ¿Por qué este odio sin sentido me privó de estar a tu lado y ver crecer a nuestro hijo?

Aunque sabía que era inútil, trato de llamarla. Mi llanto se ahoga en la muerte y en la inmensidad de mi tumba. Miro a mí alrededor y mis compañeros imitan mi gesto también en vano.

El sol se esconde, y con él también nuestras esperanzas. Nuestras familias se retiran dejando como único vestigio sus flores y nuestras fotos.

Pienso en ellos cuando cae la noche y no se que es peor. Si esta vida después de la muerte o la muerte en vida de sus ojos. Sin darme cuenta trato de dormir, pero ese privilegio es sólo para los vivos.

Frente a mis ojos, amaneceres y ocasos se suceden a la velocidad de un pestañeo. Estoy inmóvil en mi fragmento de tierra. El tedio reemplaza todas las emociones anteriores, y los fantasmas vecinos sólo son parte del decorado.

A veces la pena viene a visitarme cuando pienso en mis seres queridos. ¿Cuántos años tendrán ya? Mi estado me impide calcularlo. ¿Habrá desaparecido la tristeza en los ojos de mi esposa? Me derrumbo porque la respuesta la conozco de antemano.

La monotonía me llenaba de resignación. Los colores majestuosos de amanecer en el desierto ya no significan nada para mí. Incluso las pocas personas que he visto pasar las observo indiferente, ya que no pueden hacer nada por cambiar mi destino.

Un día algo ocurre. La misma comitiva que años atrás vino con flores a recordarnos estaba de vuelta. En vez de fotos y coronas portaban palas y maquinarias.

Mis compañeros al igual que yo salieron de su letargo. Luego de años ignorando nuestras presencias, nos quedamos mirándonos sin ocultar nuestro asombro.

Los hombres trabajaron por horas bajo el implacable sol. Nosotros, espectros atrapados a nuestra suerte, mirábamos absortos la faena, como si de una película se tratase y nosotros somos los espectadores y protagonistas de la misma.

Por fin lograron algo. Fue sólo un hueso, el primero de muchos que esa tarde aparecieron. Un joven de piel morena tomó algo con sus manos. Era un fémur cerca de donde el profesor Pedro Soto, secretario del partido comunista entre 1972 y 1975, estaba enterrado. Luego encontraron un cráneo, su cráneo. El profe lo sabía y acechaba expectante el desarrollo de su hallazgo.

No tardó en llegar la televisión. Junto a nuestros familiares, hordas de periodistas desfilaban por el camping improvisado con la esperanza dibujada en sus ojos.

Pude reconocer a la familia del profe Soto, el tiempo había pasado para ellos. Lloraban y se abrazaban. No eran lágrimas de pena, sino que todo lo contrario. Años de tortura fueron borrados de un destello y vi al profe con la misma energía que tuvo en vida, cuando luchaba contra la dictadura, organizando reuniones secretas y marchas estudiantiles.

Vi como los pies del profesor se elevaron del suelo, desapareciendo frente a nosotros, que no lográbamos asimilar la sorpresa. Lo último que pude distinguir en su rostro fue la expresión más feliz que alguna vez presencié en vida.

Todos los fantasmas nos incorporamos. La vida, aunque parezca irónico, volvió a nuestros espíritus, ansiosos ante el curso de los acontecimientos que ese día ocurrirían.

En total fueron diez los que fueron liberados de sus ataduras y por fin pudieron partir a un lugar mejor. Tanto ellos como sus familiares no podían ocultar el alivio de sus rostros. La búsqueda por fin había terminado para ellos. Los que quedábamos miramos esperanzados.

Al terminar el día, las emociones se habían sucedido una tras otra. Vi a un hombre parecido a mí abatido por la jornada. En sus manos portaba la foto en blanco y negro de mi esposa. Al ver como la depositaba en la tierra comprendí todo.

No lograste ver mi liberación amor. Ahora, tu recuerdo en el aeropuerto es la imagen que me aferra a la esperanza.

Maldigo a los soldados que usaron las armas en contra de su propio pueblo. Los maldigo por romper familias. Los maldigo por impedir ver a mi familia, por no dejar que vieran a mi hijo crecer. Por fragmentar la memoria de Chile… Malditos todos…

Han pasado dos meses desde la primera liberación, y sólo faltó yo para ser encontrado. La soledad no es nada cuando veo a esos hombres todos los días removiendo cada metro de aquel desierto casi inexpugnable.

Un nuevo día ha empezado, veo las palas y los hombres dispuestos a todo para encontrar hasta el último hueso. Siento que al fin podré descansar.

Mi amor, pronto estaré contigo…

Uncategorized

El caso de las musas perdidas.

Hola chicos, les dejo uno de los últimos relatos de literautas. La temática era que incluyera las palabras teléfono, sombrero y otra más que he olvidado.

¡Mis musas han desaparecido! Se fueron sin dejar rastro y ahora no se cómo enfrentar el desafío de literautas. Necesito meter tres palabras en un relato y no se me ocurre nada interesante que escribir.

Debería empezar por el principio. Desaparecieron la noche de año nuevo. Estaba pensando qué escribir cuando ellas aparecieron. Las dos eran bellas y al escuchar mis lamentos se apiadaron de mí y propusieron inspirarme. Me sentí el hombre más afortunado del planeta, tanto que decidí invitarlas a una ronda de chupitos. Ahí fue mi error. Talía y Calíope habían sido musas anteriormente de Hemingway y Bukowski, por lo que eran igual de borrachas que sus antiguos socios. Fue imposible seguirles el ritmo, chupaban como orilla de playa y pronto me quedé sin dinero e inconsciente en el bar.

A la mañana siguiente desperté sintiendo que un batallón desfilaba por mi cabeza. ¿Dónde están mis musas?, gritaba aún borracho. No había señales de ellas y le pregunté a todos los que quedaban en el pub sin obtener respuesta, hasta que Don Jacinto —El viejito del aseo—, me dijo que la última vez que las vio, estaban borrachas bailando arriba de las mesas, luego se durmieron y un hombre que dijo ser el padre de ellas las subió a una camioneta con vidrios polarizados. Sólo un papel arrugado en el que decía “primera palabra” era mi única pista para encontrarlas.

Entré en desesperación, mis musas fueron raptadas y sólo quedaban unos pocos días para entregar mi texto. Recorrí las calles durante días con la esperanza de hallar pistas que me condujeran a su paradero, pero sólo me topaba con las frases cursis que el grupo “Acción poética” dejaba en las paredes. Ustedes saben, cosas tales como “Estamos en el mundo para repetir el ciclo”, “En un poco de ti está todo”, “el puerto de las oportunidades a veces te ofrece un barco” y otras pelotudeces de ese estilo. Miré otra vez el papel que dejaron mis musas sin comprender la pista. ¿Qué significará “primera palabra”?.

De pronto pude ver todo más claro. ¿Cómo pude ser tan tonto? La respuesta estuvo frente a mis narices todo el tiempo. El papel tenía la misma tipografía de las frases en las paredes. Las ordené y obtuve “ESTAMOS- EN- EL PUERTO”.

Al fin los malditos pagarían por raptarlas. Cogí mi equipo de infiltración y mi teléfono y apuré el paso hacia el puerto. Un galpón tenía las luces encendidas pese al abandono que evidenciaba por fuera. Me escabullí en silencio y vi algo horrible por la ventana.

Ahí estaban mis musas, y no solo eso. Cinco más estaban en una jaula, sedadas, mientras un batallón de mecanógrafos escribía los textos que ellas les dictaban, vigilados de cerca por un hombre enmascarado.

Irrumpí rompiendo la ventana, provocando una estampida de los escribanos. Sólo el hombre de la máscara fue a mi encuentro dispuesto a frenarme.

Fue una dura pelea, apenas podía esquivar sus golpes. Parecía un profesional. La pelea habría sido eterna si no fuera porque sacó un arma y me apuntó con ella.

—Se acabó el juego— me dijo—. No es nada personal, pero nadie debe saber de este negocio.

Vi pasar mi vida ante mis ojos, estaba resignado para afrontar mi destino…

Un balazo abatió al hombre enmascarado. No pude contener mi alegría al ver que un detective (hasta sombrero estilo Dick Tracy llevaba) ingresó al galpón con todo un equipo  de fuerzas especiales para reducir a los delincuentes que no tardaron en rendirse.

Una vez que todo volvió a la calma, el jefe de la operación se dirigió hacia mí:

— Señor Valenzuela, soy Conrad Donovan, de la policía literaria. Gracias a usted pudimos desbaratar a esta banda dedicada al tráfico de inspiración. Como puede ver, al tener a las musas drogadas y en condiciones infrahumanas, lo único que podían producir eran libros de autoayuda y mala literatura.

Ellos fueron los culpables del éxito de “Pablo Cohecho” y de la aparición de las “cincuenta sombras de Frei” y la saga de vampiros que brillan. También incursionaron en la música con “Ricardo Arjana”. Es usted un héroe…

Días después de tan intensa aventura mis musas volvieron a casa aún afectadas por lo sucedido. Estaba feliz por verlas libres, pero mi mayor problema ahora era mi participación en literautas.

— Quedan doce horas para entregar el relato y no tengo nada— les dije.

— ¿Por qué no escribes la historia del secuestro?

Y al final, eso fue lo que hice.

Uncategorized

Bloqueo.

Hola chicos, he vuelto. Este último tiempo he descuidado el blog, y crean que no fue por falta de escritura (tengo varias historias nuevas que están escritas y listas para ver la luz), sencillamente he estado de vago.

Les dejo una historia que preparé para el taller literautas pero que al final por extenderse más de lo presupuestado no fue enviada y en su lugar presenté “psycho killer” (léanla, es la cumbia).

Lo bueno es que “bloqueo”, la historia que no pude enviar, fue seleccionada para aparecer en el número 3 de la revista Y.

Espero que eles guste.


Hoy ha ocurrido un milagro. Al fin pude terminar con mi bloqueo creativo.

Estoy seguro que nunca han oído hablar de mí, Juan Soto, guionista y escritor desde hace 15 años. Lo más probable es que en más de alguna ocasión te topaste conmigo en la capital, en alguna compra en el supermercado, en algún café, siempre pasando desapercibido en medio de las calles. Pero si te nombrara “Letras en las sombras” ahora si que te darías cuenta. Soy el responsable de la saga  más famosa de los últimos tiempos, el padre del famoso detective y escritor Conrad Donovan, que gracias a su gran inteligencia y a su espíritu aventurero, (o sea, todo lo contrario a mi persona) resuelve misterios a lo largo de todo el mundo.

A Donovan lo concebí como una forma de escapar de mi vida, soy alguien más bien aburrido, con una vida bastante normal y las aventuras de Conrad era una manera de fantasear con todo lo que alguna vez quise hacer y que el miedo me lo impidió.

Las primeras dos novelas fueron un éxito rotundo, luego la adaptación al cine recaudó millones alrededor del mundo. Los productores querían que trabajara cuanto antes en el tercer guión de la película, aprovechando la popularidad del tercer libro, por lo que me puse manos a la obra.

No se si fue la presión de la productora, las expectativas generadas por el proyecto, la agenda apretada, entre comic con y firmas de libros, o el hecho de que tengo la costumbre de escribir el libro al mismo tiempo que el guión, cosa que esta vez no lo hice, lo único de lo que estoy seguro es que colapsé y me dije «Para Juanito, o si no explotarás». Era oficial, estaba bloqueado como escritor.

Las primeras semanas fueron tranquilas, opté por salir un poco de la rutina y dedicarme a cosas que hace tiempo había dejado de hacer, jugar play station, ver porno y hacer maratones de mis series favoritas. La inspiración vendría sola, o eso era lo que pensé.

En lo que dura un pestañeo, los días de bloqueo se transformaron en semanas y luego en meses. No fueron pocas las veces en las que no atendía el teléfono. La bendita productora estaba desesperada, querían pronto el guión para poder hacer la promoción y colgarse del éxito del libro antes de que alguna saga de vampiros de sexualidad ambigua o la segunda parte de una película de soft porno machista —y que de forma irónica arrasó entre las mujeres— se cuelen en los cines arrebatándonos público, y dinero.

Estaba en una encrucijada, nunca en mi vida había pasado esto. Recurrí a todo lo que estaba en mis manos, pilates, yoga, meditación y todos esos disparates new age a los que recurrían quienes trabajan en el medio.

La última alternativa fue la que me dio mi terapeuta, el señor Köller, «cambia de aire Juan, unas vacaciones en alguna isla te vendrían excelente», fue lo que me dijo en su despacho mientras lo escuchaba hundido en su diván de cuero negro y olor a limpio.

Así que le obedecí, apenas abandoné su consulta compré los primeros boletos a la isla bananera más paradisiaca del trópico y ordené mi maleta. Si las blancas arenas, el agua cristalina y las mujeres en bikini no me animaban, podía tirarme a un pozo y costarle a la productora un par de millones de dólares.

Llegué dos días después a la hermosa isla de Santa Filomena con la esperanza de que todo el conjunto solucionara mi problema de creatividad. Elegí una cabaña frente al mar, con un mobiliario sobrio y que desde la terraza podría trabajar sin preocupaciones esperando que mi problema se solucionara cuanto antes.

Ahí estaba yo, con el paraíso frente a mis ojos, un mojito en mi mano y la laptop en la mesa, sólo faltaba lo más importante, la creatividad. «Vamos Juanito, si pudiste escribir el libro, el guión sale chupado», pero nada. Estoy acabado, a este ritmo ni siquiera podremos utilizar al actor infantil de las dos películas anteriores. Está en el límite de edad y ya le está apareciendo bigotes y espinillas, la película perdería credibilidad. Esa noche vagué por los bares de la isla hundiéndome en el abismo literario, no sabía qué hacer y fui tambaleando hacia mi cabaña con la peor borrachera de mi vida.

Me sumergí en mi cama con un carrusel girando dentro de cabeza, con su musiquilla infernal y todo eso, traté en vano de poner mi pie derecho en el suelo para anclarme y no devolver mis tripas. ¿Qué será de mí? Ya van cinco meses y nada pasa con el guión. Enterrarme en un hoyo es una idea plausible.

Decidí rendirme ante la borrachera y el fracaso, si todo se iba al carajo, por lo menos que fuera en una isla tropical y lleno de alcohol. Hemingway estaría orgulloso de mí.

De pronto, tuve una epifanía de borracho. ¿Alguna vez les sucedió que mientras dormían tuvieron la mejor idea de sus vidas y al despertar ella se desvaneció por completo? Me ocurrió justo en ese instante, la única diferencia es que estaba despierto, con una borrachera de antología, pero despierto al fin y al cabo. Caminé como me lo permitía el alcohol, dando tumbos y esquivando los muebles de la habitación, quienes los muy cabrones, se pusieron violentos de repente. Luego de varios intentos por fin me instalé en el escritorio, cogí el portátil y empecé con el proceso creativo.

Fue increíble, los diálogos fluían en todas direcciones, agregué cosas nuevas que hacían la trama más interesante. Sentía cada palabra de Conrad Donovan apuntada en mi cabeza, era como si estuviera dictándome sus aventuras y yo era un simple escribano.

Fueron diez días de escritura frenética, cuando al fin terminé el borrador del guión telefoneé a Hank, el secretario de los estudios Golden wind en Los Ángeles contando la buena nueva, no tardó en aparecer en la otra línea el equipo completo de productores, felices por saber que su inversión no  pararía en la basura, «Tómate tres días más por cuenta de los estudios, en casa puedes editar», fue lo que me dijeron.

Obedecí al pie de la letra y los tres días pasaron volando. Llegué a mi hogar casi en la noche y la voz de Donovan seguía en mi cabeza, dándome ideas para los nuevos libros, no podía ser más feliz «Juan Soto ha vuelto, perras».

La primera noche de vuelta en casa fue de lo más normal, revisé la contestadora —Sólo mensajes de mi editor, mis padres y promociones—. Navegué en internet, jugué en línea y fui a dormir pensando en la corrección del texto.

Un ruido me despertó, aunque estaba apenas consciente por culpa del jet lag, pude identificar el origen del sonido, provenía de mi escritorio «mi computador, me lo van a robar». Tomé un bate y me dirigí a enfrentar al ladrón. Nunca fui atlético, pero la idea de perder mi guión hizo que tomara valor. Tomé el pomo de la puerta que apenas sonó al girarlo, lo único que sentí fue mi saliva al tragarla. Lo que fuera que estaba en mi oficina sufriría una paliza dentro de lo que mi patético estado físico permitiese.

Miré hacia al interior y la imagen me impidió cualquier intento de ataque. Ahí, en frente mío la persona que escribía era yo…

Éramos como dos gotas de agua, salvo su barba cool y su ropa con más estilo que la mía, había algo en sus gestos y su postura que irradiaban seguridad. Giró su cabeza y al verme exclamó:

— Hola Juan, siento despertarte, quería darte de la sorpresa con la corrección del guión.

— ¿Quién se supone que eres? ¿Acaso mi doppelgänger?

— ¿Ya no me reconoces? Soy tu creación, Conrad Donovan y he venido a ayudarte. Créeme que de no ser por mí todavía estarías en la isla costándole un dineral a la productora.

— Me estoy volviendo loco, debo llamar al doctor Köller cuanto antes.

— Cálmate Juan, respira profundo, ahí, ahí. Déjame explicarte todo. No pude evitar oír tus preocupaciones creativas, así que te dicté todo el material del guión mientras estabas borracho.

Costó reponerme de la sorpresa, ni en el más disparatado de mis guiones pude concebir una idea así. Conrad me propuso un trato. Él quería conocer el mundo y yo quería historias. Decidimos asociarnos, Conrad ayudaba con los guiones (por cierto, la última película fue un éxito) y yo le permitía tomar mi lugar en algunas fiestas. Como el tenía toda la personalidad que a mí me faltaba para desenvolverme en la vida, le era fácil traer mujeres a la casa, y en más de alguna ocasión el me decía que intercambiáramos lugares en señal de gratitud, para que así los dos pudiéramos disfrutar de las bellas modelos y aspirantes a actrices que pululan por Hollywood.

Todo había marchado a la perfección, ambos obteníamos lo que queríamos. Yo tenía los guiones, los libros y todo el sexo que podría imaginar. Conrad por su parte gozaba de la libertad de existir. Compartíamos los ratos de escritura, con el tiempo dejé de escribir como antes y Conrad pasaba horas arrancándole historias al teclado.

Una mañana desperté como de costumbre, mi alter ego había salido por la mañana para una reunión con el presidente de la  Golden wind. Siempre odié esos encuentros y Conrad se veía animado por conocer el mundo de Hollywood así que los dos ganábamos. Eran las diez con veinte y disponía de toda la mañana libre. Decidí dar un paseo, sin la presión en mis hombros disfrutaría de la primavera en la ciudad.

Cogí mi chaqueta de cuero (desde que tengo a mi doble de huésped he renovado mi closet) y me dirigí a la puerta de salida. Cuando mi mano estaba a solo unos centímetros de la manilla sentí un mazazo en la cabeza y luego todo dio vueltas. Mi desayuno de las siete de la mañana estaba por todo el suelo y era incapaz de salir de casa. Recuerdo que me acosté hasta la noche.

Creí que era un malestar pasajero, alguna comida que no me sentó bien. Sin embargo la rutina de querer salir y sentir el malestar antes de llegar a la puerta se fue repitiendo todos los días. No tenia ganas ni siquiera de escribir. La pluma se volvía de plomo y todo un equipo de construcción estaba de obras dentro de mi cabeza cuando quería avanzar unas pocas líneas. Eso no fue impedimento para continuar la creación literaria. Conrad Donovan era un prodigio de talento y creatividad y avanzaba a pasos gigantescos. Por más que quería, no podía escribir ni leer lo que él hacía.

Con las semanas mi enfermedad fue agravándose, ahora no era capaz de abandonar mi habitación. No había barreras que obstruyeran mi paso, salvo los malestares. Desde mi cama oía las teclas del ordenador cantar al ritmo de los dedos de mi copia.

Solicité instalarme en el estudio, si no podía escribir, al menos acompañaría a mi amigo en su trabajo, gracias a él logramos 3 películas más y mi bienestar financiero. Necesitaba su compañía. Estaba resignado a vivir a través de mi creación. Al menos ha ayudado dentro de todo lo que puede. Con ese pensamiento me dormí.

A la mañana siguiente mi enfermedad empeoró. Era imposible salir del estudio, podía recorrerlo y mirar por la ventana, sin embargo, si deseaba salir para buscar comida en la cocina, las nauseas y la debilidad atacaba con más fuerza. Donovan proveía de todo lo que necesitaba, alimentos, conexión con el mundo exterior. Gracias a su ayuda, las reuniones entre “Juan Soto” y la industria del cine pudieron seguir su curso, todo gracias a su intervención, sabía hacer mi papel a la perfección, tanto que nadie notó la diferencia.

Hoy desperté peor de lo que estaba acostumbrado. Cada movimiento de mi cuerpo implicaba un esfuerzo sobrehumano que no era capaz de aguantar. Cuando te emborrachas e intentas ir al baño sientes que el váter está al fondo de un acantilado. Esta vez era todo lo contrario. Los muebles, mi portátil y las ventanas parecían más grandes de lo normal, era un ser insignificante en mi prisión personal. Estaba seguro que había dormido en mi cama la noche anterior, aunque no lo crean ahora sentía que contemplaba todo a mi alrededor desde un punto incierto en la mesa. La perspectiva era plana y todo lo que me rodeaba pertenecía a otra dimensión.

Grité mientras corría a la salida. No podía alejarme más que unos centímetros, una pared invisible bloqueaba cualquier tentativa de fuga. La puerta se abrió, era Conrad, él podía ayudarme, no saben la alegría que me causaba su presencia. Lo llamé y apenas me dirigió una mirada. Mi sensación de mareo lo hacía ver más grande, como un gigante salvador.

Extendió su mano hacia donde estaba, levantó una tapa y me dejó encerrado en una caja sobre la mesa. ¿Por qué Conrad? Después de crearte ahora me das la espalda. Intento pelear contra el encierro y veo que me enredo con una cadena que no logro descubrir su composición. En medio de la oscuridad de mi celda trato de descifrar los eslabones, no son fríos al tacto, pero son más terribles, son palabras alineadas una por una, formando oraciones perfectas, como todo el trabajo que Conrad ha estado haciendo hasta ahora. Trato de leer y descubro el terror de lo inevitable. Era mi historia…

Nunca supe ni me di cuenta cuando los papeles se invirtieron. Mientras dejaba de lado mi oficio y Conrad trabajaba en su obra fui transformándome paulatinamente en la creación literaria de mi gemelo convirtiéndose él en el original.

Ahora vivo como un simple personaje de ficción, amarrado a los designios literarios de mi captor, entre los guiones y novelas que ha ido bajo el nombre de Juan Soto, mi nombre real que he perdido para siempre…