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Bloqueo.

Hola chicos, he vuelto. Este último tiempo he descuidado el blog, y crean que no fue por falta de escritura (tengo varias historias nuevas que están escritas y listas para ver la luz), sencillamente he estado de vago.

Les dejo una historia que preparé para el taller literautas pero que al final por extenderse más de lo presupuestado no fue enviada y en su lugar presenté “psycho killer” (léanla, es la cumbia).

Lo bueno es que “bloqueo”, la historia que no pude enviar, fue seleccionada para aparecer en el número 3 de la revista Y.

Espero que eles guste.


Hoy ha ocurrido un milagro. Al fin pude terminar con mi bloqueo creativo.

Estoy seguro que nunca han oído hablar de mí, Juan Soto, guionista y escritor desde hace 15 años. Lo más probable es que en más de alguna ocasión te topaste conmigo en la capital, en alguna compra en el supermercado, en algún café, siempre pasando desapercibido en medio de las calles. Pero si te nombrara “Letras en las sombras” ahora si que te darías cuenta. Soy el responsable de la saga  más famosa de los últimos tiempos, el padre del famoso detective y escritor Conrad Donovan, que gracias a su gran inteligencia y a su espíritu aventurero, (o sea, todo lo contrario a mi persona) resuelve misterios a lo largo de todo el mundo.

A Donovan lo concebí como una forma de escapar de mi vida, soy alguien más bien aburrido, con una vida bastante normal y las aventuras de Conrad era una manera de fantasear con todo lo que alguna vez quise hacer y que el miedo me lo impidió.

Las primeras dos novelas fueron un éxito rotundo, luego la adaptación al cine recaudó millones alrededor del mundo. Los productores querían que trabajara cuanto antes en el tercer guión de la película, aprovechando la popularidad del tercer libro, por lo que me puse manos a la obra.

No se si fue la presión de la productora, las expectativas generadas por el proyecto, la agenda apretada, entre comic con y firmas de libros, o el hecho de que tengo la costumbre de escribir el libro al mismo tiempo que el guión, cosa que esta vez no lo hice, lo único de lo que estoy seguro es que colapsé y me dije «Para Juanito, o si no explotarás». Era oficial, estaba bloqueado como escritor.

Las primeras semanas fueron tranquilas, opté por salir un poco de la rutina y dedicarme a cosas que hace tiempo había dejado de hacer, jugar play station, ver porno y hacer maratones de mis series favoritas. La inspiración vendría sola, o eso era lo que pensé.

En lo que dura un pestañeo, los días de bloqueo se transformaron en semanas y luego en meses. No fueron pocas las veces en las que no atendía el teléfono. La bendita productora estaba desesperada, querían pronto el guión para poder hacer la promoción y colgarse del éxito del libro antes de que alguna saga de vampiros de sexualidad ambigua o la segunda parte de una película de soft porno machista —y que de forma irónica arrasó entre las mujeres— se cuelen en los cines arrebatándonos público, y dinero.

Estaba en una encrucijada, nunca en mi vida había pasado esto. Recurrí a todo lo que estaba en mis manos, pilates, yoga, meditación y todos esos disparates new age a los que recurrían quienes trabajan en el medio.

La última alternativa fue la que me dio mi terapeuta, el señor Köller, «cambia de aire Juan, unas vacaciones en alguna isla te vendrían excelente», fue lo que me dijo en su despacho mientras lo escuchaba hundido en su diván de cuero negro y olor a limpio.

Así que le obedecí, apenas abandoné su consulta compré los primeros boletos a la isla bananera más paradisiaca del trópico y ordené mi maleta. Si las blancas arenas, el agua cristalina y las mujeres en bikini no me animaban, podía tirarme a un pozo y costarle a la productora un par de millones de dólares.

Llegué dos días después a la hermosa isla de Santa Filomena con la esperanza de que todo el conjunto solucionara mi problema de creatividad. Elegí una cabaña frente al mar, con un mobiliario sobrio y que desde la terraza podría trabajar sin preocupaciones esperando que mi problema se solucionara cuanto antes.

Ahí estaba yo, con el paraíso frente a mis ojos, un mojito en mi mano y la laptop en la mesa, sólo faltaba lo más importante, la creatividad. «Vamos Juanito, si pudiste escribir el libro, el guión sale chupado», pero nada. Estoy acabado, a este ritmo ni siquiera podremos utilizar al actor infantil de las dos películas anteriores. Está en el límite de edad y ya le está apareciendo bigotes y espinillas, la película perdería credibilidad. Esa noche vagué por los bares de la isla hundiéndome en el abismo literario, no sabía qué hacer y fui tambaleando hacia mi cabaña con la peor borrachera de mi vida.

Me sumergí en mi cama con un carrusel girando dentro de cabeza, con su musiquilla infernal y todo eso, traté en vano de poner mi pie derecho en el suelo para anclarme y no devolver mis tripas. ¿Qué será de mí? Ya van cinco meses y nada pasa con el guión. Enterrarme en un hoyo es una idea plausible.

Decidí rendirme ante la borrachera y el fracaso, si todo se iba al carajo, por lo menos que fuera en una isla tropical y lleno de alcohol. Hemingway estaría orgulloso de mí.

De pronto, tuve una epifanía de borracho. ¿Alguna vez les sucedió que mientras dormían tuvieron la mejor idea de sus vidas y al despertar ella se desvaneció por completo? Me ocurrió justo en ese instante, la única diferencia es que estaba despierto, con una borrachera de antología, pero despierto al fin y al cabo. Caminé como me lo permitía el alcohol, dando tumbos y esquivando los muebles de la habitación, quienes los muy cabrones, se pusieron violentos de repente. Luego de varios intentos por fin me instalé en el escritorio, cogí el portátil y empecé con el proceso creativo.

Fue increíble, los diálogos fluían en todas direcciones, agregué cosas nuevas que hacían la trama más interesante. Sentía cada palabra de Conrad Donovan apuntada en mi cabeza, era como si estuviera dictándome sus aventuras y yo era un simple escribano.

Fueron diez días de escritura frenética, cuando al fin terminé el borrador del guión telefoneé a Hank, el secretario de los estudios Golden wind en Los Ángeles contando la buena nueva, no tardó en aparecer en la otra línea el equipo completo de productores, felices por saber que su inversión no  pararía en la basura, «Tómate tres días más por cuenta de los estudios, en casa puedes editar», fue lo que me dijeron.

Obedecí al pie de la letra y los tres días pasaron volando. Llegué a mi hogar casi en la noche y la voz de Donovan seguía en mi cabeza, dándome ideas para los nuevos libros, no podía ser más feliz «Juan Soto ha vuelto, perras».

La primera noche de vuelta en casa fue de lo más normal, revisé la contestadora —Sólo mensajes de mi editor, mis padres y promociones—. Navegué en internet, jugué en línea y fui a dormir pensando en la corrección del texto.

Un ruido me despertó, aunque estaba apenas consciente por culpa del jet lag, pude identificar el origen del sonido, provenía de mi escritorio «mi computador, me lo van a robar». Tomé un bate y me dirigí a enfrentar al ladrón. Nunca fui atlético, pero la idea de perder mi guión hizo que tomara valor. Tomé el pomo de la puerta que apenas sonó al girarlo, lo único que sentí fue mi saliva al tragarla. Lo que fuera que estaba en mi oficina sufriría una paliza dentro de lo que mi patético estado físico permitiese.

Miré hacia al interior y la imagen me impidió cualquier intento de ataque. Ahí, en frente mío la persona que escribía era yo…

Éramos como dos gotas de agua, salvo su barba cool y su ropa con más estilo que la mía, había algo en sus gestos y su postura que irradiaban seguridad. Giró su cabeza y al verme exclamó:

— Hola Juan, siento despertarte, quería darte de la sorpresa con la corrección del guión.

— ¿Quién se supone que eres? ¿Acaso mi doppelgänger?

— ¿Ya no me reconoces? Soy tu creación, Conrad Donovan y he venido a ayudarte. Créeme que de no ser por mí todavía estarías en la isla costándole un dineral a la productora.

— Me estoy volviendo loco, debo llamar al doctor Köller cuanto antes.

— Cálmate Juan, respira profundo, ahí, ahí. Déjame explicarte todo. No pude evitar oír tus preocupaciones creativas, así que te dicté todo el material del guión mientras estabas borracho.

Costó reponerme de la sorpresa, ni en el más disparatado de mis guiones pude concebir una idea así. Conrad me propuso un trato. Él quería conocer el mundo y yo quería historias. Decidimos asociarnos, Conrad ayudaba con los guiones (por cierto, la última película fue un éxito) y yo le permitía tomar mi lugar en algunas fiestas. Como el tenía toda la personalidad que a mí me faltaba para desenvolverme en la vida, le era fácil traer mujeres a la casa, y en más de alguna ocasión el me decía que intercambiáramos lugares en señal de gratitud, para que así los dos pudiéramos disfrutar de las bellas modelos y aspirantes a actrices que pululan por Hollywood.

Todo había marchado a la perfección, ambos obteníamos lo que queríamos. Yo tenía los guiones, los libros y todo el sexo que podría imaginar. Conrad por su parte gozaba de la libertad de existir. Compartíamos los ratos de escritura, con el tiempo dejé de escribir como antes y Conrad pasaba horas arrancándole historias al teclado.

Una mañana desperté como de costumbre, mi alter ego había salido por la mañana para una reunión con el presidente de la  Golden wind. Siempre odié esos encuentros y Conrad se veía animado por conocer el mundo de Hollywood así que los dos ganábamos. Eran las diez con veinte y disponía de toda la mañana libre. Decidí dar un paseo, sin la presión en mis hombros disfrutaría de la primavera en la ciudad.

Cogí mi chaqueta de cuero (desde que tengo a mi doble de huésped he renovado mi closet) y me dirigí a la puerta de salida. Cuando mi mano estaba a solo unos centímetros de la manilla sentí un mazazo en la cabeza y luego todo dio vueltas. Mi desayuno de las siete de la mañana estaba por todo el suelo y era incapaz de salir de casa. Recuerdo que me acosté hasta la noche.

Creí que era un malestar pasajero, alguna comida que no me sentó bien. Sin embargo la rutina de querer salir y sentir el malestar antes de llegar a la puerta se fue repitiendo todos los días. No tenia ganas ni siquiera de escribir. La pluma se volvía de plomo y todo un equipo de construcción estaba de obras dentro de mi cabeza cuando quería avanzar unas pocas líneas. Eso no fue impedimento para continuar la creación literaria. Conrad Donovan era un prodigio de talento y creatividad y avanzaba a pasos gigantescos. Por más que quería, no podía escribir ni leer lo que él hacía.

Con las semanas mi enfermedad fue agravándose, ahora no era capaz de abandonar mi habitación. No había barreras que obstruyeran mi paso, salvo los malestares. Desde mi cama oía las teclas del ordenador cantar al ritmo de los dedos de mi copia.

Solicité instalarme en el estudio, si no podía escribir, al menos acompañaría a mi amigo en su trabajo, gracias a él logramos 3 películas más y mi bienestar financiero. Necesitaba su compañía. Estaba resignado a vivir a través de mi creación. Al menos ha ayudado dentro de todo lo que puede. Con ese pensamiento me dormí.

A la mañana siguiente mi enfermedad empeoró. Era imposible salir del estudio, podía recorrerlo y mirar por la ventana, sin embargo, si deseaba salir para buscar comida en la cocina, las nauseas y la debilidad atacaba con más fuerza. Donovan proveía de todo lo que necesitaba, alimentos, conexión con el mundo exterior. Gracias a su ayuda, las reuniones entre “Juan Soto” y la industria del cine pudieron seguir su curso, todo gracias a su intervención, sabía hacer mi papel a la perfección, tanto que nadie notó la diferencia.

Hoy desperté peor de lo que estaba acostumbrado. Cada movimiento de mi cuerpo implicaba un esfuerzo sobrehumano que no era capaz de aguantar. Cuando te emborrachas e intentas ir al baño sientes que el váter está al fondo de un acantilado. Esta vez era todo lo contrario. Los muebles, mi portátil y las ventanas parecían más grandes de lo normal, era un ser insignificante en mi prisión personal. Estaba seguro que había dormido en mi cama la noche anterior, aunque no lo crean ahora sentía que contemplaba todo a mi alrededor desde un punto incierto en la mesa. La perspectiva era plana y todo lo que me rodeaba pertenecía a otra dimensión.

Grité mientras corría a la salida. No podía alejarme más que unos centímetros, una pared invisible bloqueaba cualquier tentativa de fuga. La puerta se abrió, era Conrad, él podía ayudarme, no saben la alegría que me causaba su presencia. Lo llamé y apenas me dirigió una mirada. Mi sensación de mareo lo hacía ver más grande, como un gigante salvador.

Extendió su mano hacia donde estaba, levantó una tapa y me dejó encerrado en una caja sobre la mesa. ¿Por qué Conrad? Después de crearte ahora me das la espalda. Intento pelear contra el encierro y veo que me enredo con una cadena que no logro descubrir su composición. En medio de la oscuridad de mi celda trato de descifrar los eslabones, no son fríos al tacto, pero son más terribles, son palabras alineadas una por una, formando oraciones perfectas, como todo el trabajo que Conrad ha estado haciendo hasta ahora. Trato de leer y descubro el terror de lo inevitable. Era mi historia…

Nunca supe ni me di cuenta cuando los papeles se invirtieron. Mientras dejaba de lado mi oficio y Conrad trabajaba en su obra fui transformándome paulatinamente en la creación literaria de mi gemelo convirtiéndose él en el original.

Ahora vivo como un simple personaje de ficción, amarrado a los designios literarios de mi captor, entre los guiones y novelas que ha ido bajo el nombre de Juan Soto, mi nombre real que he perdido para siempre…

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3 thoughts on “Bloqueo.

  1. Qué bueno, Pato. Me encanta tu estilo, un tanto canalla, tu eterna relación con las borracheras de Hemingway y tus críticas nada veladas (comparto tu opinión al 100%). Pero sí te diré que repases el texto, en el último párrafo me falta una palabra “escribiendo”. Pero eso son meros gazapos. Un gran trabajo.

  2. ¡Fantástico relato. Pato! Esa inversión de los papeles, real o metafórica pero en ambos casos fascinante. Enhorabuena.

  3. Gran relato Pato. A medida que iba leyendo trataba de averiguar que estaba pasando y me mostrabas lo justo para tener que seguir hasta el final y ver donde llevaba todo eso. Felicidades.

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