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Testigo del desierto

Hola chicos, aquí les dejo un relató que escribí hace bastante tiempo. Soy como un iceberg, ustedes conocen sólo el 10% de lo que he escrito. De a poco iré liberando más cuentos. Saludos.

Morí hace mucho. ¿Quién era? Eso ya no importa. Sólo soy un testigo anónimo de la historia. Lo único que recuerdo es que morí un día. Me mataron unos soldados, ya empiezo a recordarlo. Era joven y creía en utopías. Tenía esposa y un hijo pequeño. También tenía amigos en el partido, que también creían en utopías.

Un día, Pinochet se tomó el poder. Bombardeó el palacio de gobierno con ayuda de su séquito y la complicidad de Estados Unidos. Vi al compañero Allende defender con todo lo que pudo los restos de una democracia golpeada.

Ese día Allende cayó, y supe de inmediato que algo se rompió para siempre en nuestro pueblo.

Perdí a mi familia, o mejor dicho, tuve que salvarlos, de eso me acuerdo. Los dejé en un avión con destino a un lugar seguro. Suecia se convirtió en la última esperanza para vivir.

No pude acompañarlos porque mi misión en Chile aún no terminaba. Empiezo a recordar todo. Las lágrimas de mi hijo que no entendía lo que pasaba me derrumbaron, y los ojos de mi esposa tenían la mirada más triste que había visto en mi vida. De haber sabido que esa era la última vez, jamás los habría dejado.

Mis amigos fueron desapareciendo. Cada vez éramos menos. Nos juntábamos en lugares clandestinos para tratar de recuperar la democracia. Que iluso fui al pensar eso. Los perros de la dictadura cercenaron la sociedad para siempre.

Un día nos atraparon. La puerta romperse frente a mis ojos mientras los militares entraban con sus fusiles heló mi alma. Nos golpearon, nos ataron de pies y manos, y con la vista vendada, nos llevaron a otro sitio. Sólo escuche Pisagua, mi morada definitiva.

Aún recuerdo cuando estábamos arrodillados en medio del desierto, la noche creaba aún más desamparo. El balazo explotando en mi cabeza golpeó como un martillo. Luego de eso sólo la oscuridad y el silencio.

El vértigo que sentí mientras mi cuerpo caía en aquel agujero miserable junto a los cuerpos de mis amigos y compañeros es algo que me acompañará por el resto de la eternidad.

De pronto estaba de pie. El hoyo en donde mi cuerpo descansaba se encontraba tapado con tierra. A mi alrededor, mis compañeros vagaban con las miradas confusas.

Intenté caminar, pero mientras más avanzaba, más lentos y pesados eran mis pasos, hasta llegar al punto en que no era capaz de superar los 7 metros de distancia.

En la desesperación, traté de llamar a mis amigos. Por más que gritaba, ellos no eran capaces de escucharme. Vi sus rostros en los que sólo se manifestaba el desasosiego de no comprender la situación en la que estaban. Cuando por fin nuestras miradas se encontraron, alzamos los brazos, tratando de hacernos entender; pero todo era en vano.

Sólo después de unas horas batallando contra la confusión logramos entender que habíamos muerto y que ahora éramos almas en pena condenadas a una eternidad sin movernos del desierto.

Pasaron los meses, y nuevos compañeros de encierro se nos unieron. Vi llegar a un primo con el que pude comunicarme sin palabras. Cuando los militares llegaban a dejar más muertos, nos escondíamos aún con miedo a nuestros verdugos. Otras veces, algunos inmigrantes ilegales pasaban por nuestro lado. Ahí nos aparecíamos para que nos ayudaran. Al vernos, huían despavoridos por la visión espectral y nunca más los volvíamos a ver.

Lo peor era durante el día. Los rayos de sol nos volvían invisibles a las miradas de la gente. Por más que lo intentábamos nadie nos escuchaba. Al principio era triste, y con el paso de los años la angustia fue creciendo.

No recuerdo como empezó esa mañana. Me encontraba en ese eterno letargo al que estaba sometido. El tiempo ya era una preocupación de épocas pasadas. De pronto, una caravana rompió la soledad. Al principio nos escondimos, olvidando que era de día y que nadie nos podría ver ante el desamparo de la luz. Vimos a muchas personas bajarse de las camionetas. No eran “milicos”, eran civiles con flores y fotos en sus manos. Rostros apesadumbrados por los rigores de una tragedia fratricida. Vi mujeres de edad avanzada, hombres hechos y derechos con niños de la mano o en brazos.

Mi vista se concentró en un grupo de personas. Aunque era literalmente imposible, aquel día morí otra vez. Una mujer de aproximadamente sesenta años llevaba en sus brazos mi fotografía en tonos sepias. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cómo la muerte puede ser tan miserable? Sus ojos eran los mismos que dejé en ese avión hace tanto tiempo atrás. Ahora están más tristes, resignados a una esperanza incierta. ¿Por qué este odio sin sentido me privó de estar a tu lado y ver crecer a nuestro hijo?

Aunque sabía que era inútil, trato de llamarla. Mi llanto se ahoga en la muerte y en la inmensidad de mi tumba. Miro a mí alrededor y mis compañeros imitan mi gesto también en vano.

El sol se esconde, y con él también nuestras esperanzas. Nuestras familias se retiran dejando como único vestigio sus flores y nuestras fotos.

Pienso en ellos cuando cae la noche y no se que es peor. Si esta vida después de la muerte o la muerte en vida de sus ojos. Sin darme cuenta trato de dormir, pero ese privilegio es sólo para los vivos.

Frente a mis ojos, amaneceres y ocasos se suceden a la velocidad de un pestañeo. Estoy inmóvil en mi fragmento de tierra. El tedio reemplaza todas las emociones anteriores, y los fantasmas vecinos sólo son parte del decorado.

A veces la pena viene a visitarme cuando pienso en mis seres queridos. ¿Cuántos años tendrán ya? Mi estado me impide calcularlo. ¿Habrá desaparecido la tristeza en los ojos de mi esposa? Me derrumbo porque la respuesta la conozco de antemano.

La monotonía me llenaba de resignación. Los colores majestuosos de amanecer en el desierto ya no significan nada para mí. Incluso las pocas personas que he visto pasar las observo indiferente, ya que no pueden hacer nada por cambiar mi destino.

Un día algo ocurre. La misma comitiva que años atrás vino con flores a recordarnos estaba de vuelta. En vez de fotos y coronas portaban palas y maquinarias.

Mis compañeros al igual que yo salieron de su letargo. Luego de años ignorando nuestras presencias, nos quedamos mirándonos sin ocultar nuestro asombro.

Los hombres trabajaron por horas bajo el implacable sol. Nosotros, espectros atrapados a nuestra suerte, mirábamos absortos la faena, como si de una película se tratase y nosotros somos los espectadores y protagonistas de la misma.

Por fin lograron algo. Fue sólo un hueso, el primero de muchos que esa tarde aparecieron. Un joven de piel morena tomó algo con sus manos. Era un fémur cerca de donde el profesor Pedro Soto, secretario del partido comunista entre 1972 y 1975, estaba enterrado. Luego encontraron un cráneo, su cráneo. El profe lo sabía y acechaba expectante el desarrollo de su hallazgo.

No tardó en llegar la televisión. Junto a nuestros familiares, hordas de periodistas desfilaban por el camping improvisado con la esperanza dibujada en sus ojos.

Pude reconocer a la familia del profe Soto, el tiempo había pasado para ellos. Lloraban y se abrazaban. No eran lágrimas de pena, sino que todo lo contrario. Años de tortura fueron borrados de un destello y vi al profe con la misma energía que tuvo en vida, cuando luchaba contra la dictadura, organizando reuniones secretas y marchas estudiantiles.

Vi como los pies del profesor se elevaron del suelo, desapareciendo frente a nosotros, que no lográbamos asimilar la sorpresa. Lo último que pude distinguir en su rostro fue la expresión más feliz que alguna vez presencié en vida.

Todos los fantasmas nos incorporamos. La vida, aunque parezca irónico, volvió a nuestros espíritus, ansiosos ante el curso de los acontecimientos que ese día ocurrirían.

En total fueron diez los que fueron liberados de sus ataduras y por fin pudieron partir a un lugar mejor. Tanto ellos como sus familiares no podían ocultar el alivio de sus rostros. La búsqueda por fin había terminado para ellos. Los que quedábamos miramos esperanzados.

Al terminar el día, las emociones se habían sucedido una tras otra. Vi a un hombre parecido a mí abatido por la jornada. En sus manos portaba la foto en blanco y negro de mi esposa. Al ver como la depositaba en la tierra comprendí todo.

No lograste ver mi liberación amor. Ahora, tu recuerdo en el aeropuerto es la imagen que me aferra a la esperanza.

Maldigo a los soldados que usaron las armas en contra de su propio pueblo. Los maldigo por romper familias. Los maldigo por impedir ver a mi familia, por no dejar que vieran a mi hijo crecer. Por fragmentar la memoria de Chile… Malditos todos…

Han pasado dos meses desde la primera liberación, y sólo faltó yo para ser encontrado. La soledad no es nada cuando veo a esos hombres todos los días removiendo cada metro de aquel desierto casi inexpugnable.

Un nuevo día ha empezado, veo las palas y los hombres dispuestos a todo para encontrar hasta el último hueso. Siento que al fin podré descansar.

Mi amor, pronto estaré contigo…

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3 thoughts on “Testigo del desierto

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