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¿Puedo cagar en tu sombrero?

Hola amigos, les dejo un experimentó que escribí hace poco. Un poco de coprolalia y mal gusto no le hace daño a nadie… ¿O si?

— ¿Puedo cagar en tu sombrero?— me dijo con voz traposa mientras se desnudaba.

— ¿Pero qué mierda te pasa con mi sombrero?— le dije.

Conocí a Tamy (si ese acaso es su verdadero nombre) hace cuatro horas en el bar que está bajando mi apartamento. Era un sitio patibulario, aún más que sus parroquianos, casi siempre en penumbras,  que ofrece una sensación de soledad y vacío tan profunda que si eres de esos borrachos depresivos, terminarás suicidándote con seguridad al poco tiempo de visitarlo.

Intercambiamos miradas y nos sentamos uno al lado del otro, ambos borrachos y casi sin dirigirnos la palabra. Esa noche estaba asqueado de todo, y ella aburrida de una noche escasa de clientes (si, era puta). Un par de copas y conversación espontánea con los clichés de siempre hicieron el trabajo y pronto dejamos aquel lugar decadente para salvarnos de nuestra propia miseria.

Subimos las escaleras de mi edificio tambaleando por los tragos y porque no teníamos reparos en meternos mano mientras subíamos. Mi mano buscó su culo por debajo de la falda, algo gordo para mi gusto, pero suave al tacto. La señora Henríquez, mi casera no tardó en aparecer a increparme por el alboroto que causábamos.

— ¡Señor León, está borracho!, este es un lugar decente.

— ¡Cállate coja de mierda! Por algo estoy pagando alquiler. Para tener un poco de privacidad, y por eso puedo traer a quien quiera que se me pare el hoyo.

— ¡Pero si debe tres meses de arriendo! ¿Qué se ha imaginado?

— Vete a la mierda.

La vieja seguía gritando mientras entraba al departamento sin siquiera prestarle importancia. Tamy reía con esa risa que a solo las borrachas se les ve sexy. Ni siquiera cerré la puerta mientras mi mano buscaba nuevamente por debajo de sus faldas. Oh si, era un culo generoso. En otros tiempos había sido perfecto, pero ahora, luego de incontables noches de trajín, parte de sus encantos se habían perdido, y a juzgar por el vestido amarillo ceñido a su cuerpo, que no disimulaba para nada su leve sobrepeso, Tamy se negaba a envejecer y sabía que le quedaban pocos años en las pistas.

— ¿Qué me quieres hacer?— dijo Tamy mientras mi mano le abría las nalgas— ¿Te gusta mi culo?

— Quiero verlo abierto mientras te pongo en cuatro.

Cerré la puerta y le toqué las tetas. Ahora estaban más grandes que cuando comenzó en las calles. Había abandonado la casa a los dieciocho años y su tarifa era la más cara del lugar, hoy ese monto ha bajado y por suerte esta noche se apiadó de mí y no me cobrará.

— Que conste, te tengo ganas, esto no es trabajo.

— Te apuesto que se lo dices a todo el mundo— dije mientras le mordía los pezones.

— No salgas con esas frases de mierda de la tele— apretó con fuerza mi pene— que se me va la calentura.

Me tiró contra la cama y bailo frente a mí con sus tetas al aire. Lo hacía con torpeza, el vino barato estaba surtiendo efecto en su motricidad, pero en sus gestos tenía un erotismo primario, que siempre ha vivido en ella. Al parecer era cierto lo que dijo, no lo hacía por trabajo.

Bajó sus bragas al ritmo de la música que había en ese momento, por suerte a esa hora la televisión pasaba un especial de baladas anglo ochenteras.

Lanzó su tanguita hacia mi cabeza, mientras sentía su aroma me pregunté cómo un trozo de tela tan pequeño podía costar tan caro.

Respiré profundamente en sus bragas, y aquel aroma hipnótico lleno de sangre mi pene (no piensen que soy un enfermo, al noventa y nueve  porciento de los hombre nos gusta el olor a vagina, nos vuelve locos, ya sea proveniente de ropa interior limpia o unas sudadas después de horas de gimnasio, quien lo niegue es un hipócrita).

— ¿Te gusta mi perfume?— dijo con malicia.

— Tiene buen aroma, me pregunto a qué sabrá.

— Dejaré que hagas lo que quieras conmigo, pero hay algo que quiero hacer— dijo señalando mi sombrero. Quiero cagar en él.

— ¿Por qué tanta obsesión por cagar en mi sombrero? Es un regalo de mi abuelo. Que te pones guarra cuando estás borracha.

— ¿Acaso nunca has tenido una fantasía de borracho? Lo mío siempre ha sido querer cagar en los sombreros, mi padre siempre usaba uno y después de lo que me hizo… cagar en un sombrero sería como cagarme en él.

Se sinceró, pero su discurso coprofílico me la bajó de inmediato. No puedo estar metiéndosela con el miedo de que quiera cagar en mis cosas, o peor aún, mientras se lo meto en cuatro ella decide cagarse en mí, así nadie puede… Luego pensé en su otra pregunta ¿Cuál es mi fantasía de borracho? Eso es fácil de responder, siempre he querido tener sexo con una albina. Imaginen, lamer toda esa piel pálida que de seguro sabrá a leche, para luego contemplar el coño más rosado que vería en mi vida. Lo acariciaría con suavidad, apenas pasando las yemas de los dedos. Poco a poco jugaría con mis dedos dentro de ella hasta ver su piel enrojecerse por completo, sería la cumbia.

La sola imagen provocó una nueva erección. Esta vez estaba listo para hacerlo. Tamy estaba en la cama a medio desnudar, y con sus piernas abiertas, preparada para tener sexo alcoholizado.

A duras penas me dirigí a la cama. Mi mente trataba de controlar la erección, y lo más importante, calmar mis nauseas. Era víctima de uno de los males del sexo borracho, las ganas de vomitar. Sólo aquellos que han pasado por lo mismo que yo saben que tener sexo cuando hay varios tragos encima del cuerpo puede ser un arma de doble filo. En ese momento sólo quería acabar luego para cumplir con mi deber.

Tamy no quería parar por nada en el mundo y se retorcía en la cama para provocarme.

Fui a besarla, y luego de intercambiar nuestras lenguas, tomó con fuerzas mi cabeza y la llevo a su parte baja.

— Quiero que me la comas toda— dijo casi como si fuera una orden.

No podía dar marcha atrás. Mi lengua recorrió toda su hendidura, y su cuerpo reaccionó bien a mis movimientos. Su excitación fue haciendo más espesa mi saliva.

— Sigue, sigue, ahí, ahí papito rico— alcanzaba a escuchar mientras se estremecía en la cama.

Sus piernas se cerraban, apretando mi cabeza y dejando un mínimo espacio para respirar, era como estar en una sauna con aroma a coño, vino barato y sudor. Eso, combinado con mi borrachera no hacía nada por controlar mis nauseas.

Saqué mi cabeza para buscar aire y subí lo más rápido que pude. Para evitar toda protesta mordí sus pezones y luego seguí con su cuello. No tardó en responder buscando mi lengua con la suya, llenando mi boca a olor de vino y diez (si, los conté) cigarros mentolados.

Abrió sus piernas con una flexibilidad envidiable y ni siquiera me di cuenta del momento en que la penetré. Sólo un gemido ahogado de Tamy me avisó que había encontrado el camino correcto.

Si me preguntan por la experiencia, follar borracho es una mierda. Solo sientes tu pelvis moverse, tu cabeza gira y pareciera que estás desdoblado mirando como lo haces. En cambio, una dosis adecuada de copete puede ser hasta entretenida. Ambos relajados y desinhibidos. Ellas se vuelven más juguetonas, uno dura más y si tienes suerte, te darán cosas que nunca entregarían sobrias (ustedes saben a lo que me refiero). En fin todos salimos ganando.

— ¿Puedo cagar en tu sombrero?

— Ni siquiera ahora dejas de ser guarra— le respondo—. Deja en paz mi sombrero.

Continuamos en nuestro acto mecánico. Estaba durando más de lo que pensaba y de lo que quería, mientras la habitación daba vueltas como un carrusel, hasta que sentí las cosquillas del punto sin retorno, Tamy también las sintió y entrelazó sus piernas, dejándome atrapado sin poder escapar hasta haberme extraído  la última gota.

Caí exhausto a su lado, para evitar accidentes del tipo “vómito inoportuno” anclé mi pierna al suelo mientras usaba los pechos de Tamy como almohada.

A la mañana siguiente desperté con el peor hachazo de mi vida, la boca seca y no había señales por ningún lado de mi compañera. ¿Habrá sido un sueño? Su tanga en la cama confirmó su presencia. La busqué aún con la tanga en mi mano y no había caso, se había marchado dejándome su ropa interior de recuerdo. Fui al baño para constatar lesiones y una peste llenaba todo. En el espejo un moretón en el cuello y arañazos en la espalda fueron mis heridas de guerra.  La peste seguía sin saber de donde venía. Corrí la cortina de la ducha y ahí estaba: Un trozo de mierda coronando mi viejo sombrero.

Tamy, al final te saliste con la tuya…

Nunca más la vi por el barrio.

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