Uncategorized

Psycho killer (qu’est-ce que c’est).

Hola amigos, les traigo un relato un poquitín “políticamente incorrecto”. Pero si realizamos estas restricciones la literatura no tendría gracia.

psyco

Como diría Adolfo Bioy Casare: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”. Soy libre.

Antes de seguir contándoles mi historia es importante explicarles algo. No soy un náufrago, pero muchas veces me he sentido así. Y mi isla, es esta mierda de colegio en donde he aguantado durante doce años las humillaciones por parte de idiotas que el único futuro que les espera es el de ingresar a trabajos de mierda, con sueldos de mierda y familias de mierda. Si sus destinos dependieran de mí, esas lacras serían más útiles para la sociedad como donantes de órganos que como ciudadanos.

Tu sabes de quienes estoy hablando,  apuesto que los conoces, pululan por las oficinas y fábricas de todo el mundo. Son mediocres en sus labores, y para lo único que sirven es crear apodos y burlarse de sus compañeros de trabajo. Esas mierdas toda su vida se aprovecharon del débil, y ahora, cuando noson más que mano de obra barata y el peldaño más bajo de la sociedad, tratan de abusar de los demás para tratar de aferrarse a un pasado en que eran los amos y señores de todo.

Lo que hice esta mañana no fue planificado, simplemente desperté y me dije «voy a matar a éstos hijos de puta». Es verdad que ayer los muy cabrones sumergieron mi cabeza en el W.C. Es verdad que me hicieron llorar delante de todo el colegio, y sin embargo no es lo peor que me hicieron. El brazo roto hace cinco años, las palizas constantes… En fin, mi vida escolar no podía seguir siendo ese infierno en el que se había convertido. ¿Y saben qué es lo peor? Yo no era el único a quien golpeaban, y ni siquiera era el más pequeño de las víctimas, y los profesores siempre haciendo la vista gorda. No tenían otra alternativa, ellos están agarrados de las pelotas peor que yo, porque los padres creen que los macacos que han criado como hijos son intocables.

Lo que ocurrió ayer sólo fue la gota que rebalsó el vaso.

Hoy me levanté más temprano de lo habitual, radiante de energía, puse una de mis canciones favoritas, “Psycho Killer” de “The Talking Heads” (Si algún día planean una matanza en la escuela, usen esta canción, no se arrepentirán. Saqué la idea de un capítulo de “Heroes”) y antes de irme tomé prestada algunas armas de caza que mi padre guardaba en el sótano. Nunca entendí sus gustos, aquellos pobres animales nunca le dieron motivos para ser asesinados, a diferencia de los infelices de mis compañeros que hace rato deberían estar bajo tierra.

Llegué al colegio a las ocho menos veinte con un objetivo claro: enfrentarme a Felipe. Si debía iniciar la limpieza, esta empezaría con él; y sabía donde encontrarlo.

Abrí la puerta del baño y ahí estaba, con un cigarro en la mano y la actitud de aquél a quien todos le temen.

— Hola mariconcito— me dijo el muy hijo de puta— ¿Quieres otra zambullida en el váter?

Puedo apostar que le sorprendió la sonrisa que le dediqué, aunque no le di mucho tiempo de respuesta. Mi bate golpeando en su cabeza sonó como una calabaza cayendo en el piso.

Debo darle crédito a Felipe, es duro el cabrón. Pese a que le di con todo, aún estaba consciente, y escucharle decir «no me pegues Camilo» mientras lloraba como una nena era mejor que oír en vivo a Arcade fire.

Me dio pena, así que decidí perdonarle la vida, pero a cambio se la arruinaría para siempre. Tomé mi teléfono y lo grabé suplicando. Se fue directo a youtube el desgraciado, y el pantalón humedeciéndose con su propia orina fue la guinda de la torta.

Mientras escapaba de ahí recordé las palabras de nuestro consejero escolar, el Señor Eugenio Peralta, un flaco insignificante que tiene cara de que la esposa le pega «chicos, algún día serán exitosos y el bullying quedará atrás, esa será su venganza». Estimado señor Peralta, váyase a la mierda. No puedo esperar tanto por mi venganza. Intente usted vivir como yo y después conversamos.

Seguí por el pasillo hacia la cafetería sintiéndome el rey del mundo; nadie notó mi espectáculo y fui a la mesa en donde los amigotes de Felipe se juntaban.

Pensé que dispararles sería difícil, pero era igual que Call Of Duty, incluso mejor. Cayeron como muñecos de trapo mientras jalaba el gatillo. No me juzguen, les apuesto que desde lo más profundo de sus corazones habrían hecho lo mismocon los que los atormentaron en la juventud.

Los gritos no tardaron en llenar toda la escuela, no lo entiendo ¿Por qué gritaban? No tenían nada que temer, lo único que hacía era liberarlos de sus torturadores. La diferencia de ellos es que tuve los huevos para plantarles la cara.

Imaginen la escena: Un adolescente medio aturdido en el baño, sin controlar esfínter, siendo viralizado en internet por millones de personas. Cinco jóvenes muertos que en un par de años nadie extrañará, y cientos de alumnos gritando sin entender que estaban a salvo. El ruido era desquiciante, así que huí hasta el despacho del director y me encerré para escribir la carta que ahora leen.

Siento la sirena de la policía. Solo espero que entiendan mis motivos…

Hola de nuevo, adivinen. Si, estoy muerto.

Cuando la policía ingresó, me hicieron cagar a balazos

Los  medios de comunicación y la opinión pública calificaron mi obra como el acto de un psicópata, de un desadaptado social que se cargó a cinco jóvenes indefensos, pero para los marginados de todas las escuelas del mundo, me convertí en su puto héroe. La filtración de mi carta gracias a internet me elevó a la categoría de santo de todos los niños bullying.

Y aunque no lo crean, cuando el año terminó, las camisetas con mi rostro se vendieron más que las del Che Guevara y Justin Bieber juntos.

Como desearía estar vivo en este momento…

Uncategorized

Zara- Goza.

Hola chicos, lo que inició como una joda post fin de semana se transformó en esta historia. Saludos.

Si tuvieras una pistola con una sola bala. ¿A quién le reventarías la cabeza? Imagina tener ese poder, ir con tu arma y descargar plomo a cualquiera que se lo merezca. Puede ser un político corrupto, un delincuente o un dictador. Sin consecuencias para ti y ya está, una escoria menos en el planeta. Esa pregunta me la hice varias veces durante mi vida y siempre llegué a la misma conclusión: Una bala no es suficiente para tanto hijo de puta que pulula por este mundo. Por suerte para mí existen muchas formas de matar, y los tipos para quienes trabajaba lo sabían, por lo que me surtían de todo tipo de artefactos para el arte del asesinato, incluidas balas, muchas balas.

El origen de mi oficio fue sólo cuestión del azar, como todas las cosas buenas  y malas de esta vida, la casualidad engendró este destino. Sólo estuve en el lugar y momento preciso para decidir que hacer con mi vida. Para todos los que me conocen soy Zara- Goza, una de las bailarinas de burlesque clandestina más famosa de Europa, a tal extremo que muchos viajaban cientos de kilómetros con el único objetivo de verme bailar mientras me desnudaba dejando mis enormes, redondos y turgentes pechos a la vista de todos. Sin embargo, hay otra parte de mí que sólo unos pocos conocen, mi verdadero trabajo, el que me da completa satisfacción. Zara- Goza es sólo una fachada que permite desenvolverme libre para cumplir mis otras misiones, mi nombre clave es Miranda y soy una asesina profesional.

Quiero dejar en claro una cosa: me manejo por un código moral que por muy extraño que les parezca, sólo me obliga matar a quienes se lo merecen. Jamás asesinaré sin motivo, aunque el dinero sea tentador. Me autodefino como un ángel limpiador de basuras humanas, hago lo que me gusta y recibo dinero por ello. ¿Qué más se puede pedir de la vida?

Durante varios años colaboré con la resistencia. Cuando la dictadura de Franco se instaló en España supe cual sería mi misión. El día que estos cabrones llegaron al poder, mis padres eran aún unos niños. Con el tiempo se convirtieron en opositores, y en una reunión clandestina se conocieron. Se casaron en el año 1951, y al año siguiente nací yo. Por lo que me contaron mis abuelos, mi familia tenía una vida sencilla pero feliz, entre los actos y las reuniones en clandestinidad. Nunca se dieron cuenta que las armas para luchar contra el fascismo debían ser enérgicas, y un fatídico día fueron detenidos y fusilados en nuestra casa del bosque. Yo era apenas un bebé, y por lo que me contaron, fui raptada para ser entregada en adopción a un matrimonio de militares de alto rango. Pasaron tres meses de los que no recuerdo nada y mi abuela, que también era de la resistencia, se empleó como asistenta en la casa del coronel Ordoñez.

Mi abuela era una mujer decidida y metódica, pasó tres meses buscando mi paradero, y otros tres ganándose la confianza de sus patrones, al mismo tiempo que robaba documentos confidenciales y trazaba un plan para recuperarme de mis captores, solo había que encontrar la oportunidad y una noche la suerte estuvo de su lado.

Todos los años, la familia Ordóñez organizaba la fiesta de cumpleaños de la señora de la casa. Durante la celebración, el vino corría a raudales y cuando todos se marcharon, el matrimonio tenía una borrachera de antología. Mi abuela irrumpió en la habitación aprovechando el alcohol y la oscuridad, y sin mayores miramientos los asesinó y escapó del lugar conmigo en brazos para nunca más ser vista en su vida.

Aquella noche nació mi destino. Cuando apenas pude ponerme de pie, mi abuela me enseñó todo acerca de los rifles de precisión. Antes de los seis años podía disparar a más de mil metros de distancia sin fallar. El monte se convirtió en mi escuela y varios maestros pasaron por mi vida. Aprendí artes marciales en el grupo de los trece junto a Stéfano Caravaggio, que años más tarde sería sacerdote. A los 18 años de edad mi abuela me llamó y me dijo muy seria: “Adela, ya eres mayor y sabes defenderte sola. Dominas la espada, los cuchillos; sabes usar explosivos y disparas mejor que cualquiera de nosotros, pero no existe nada más letal que ese enorme par de tetas que tienes. Si sabes usarlas serás la asesina perfecta”.

Sus palabras me marcaron, y me sorprendió saber que su discurso tenía razón. Mis encantos fueron de utilidad para poder infiltrarme en el enemigo, no había mejor aliado para dañar a una dictadura mojigata que mi cuerpo y todo lo que puede evocar en los hombres; y no hay presa más fácil que un soldado caliente por echar un polvo en una época tan restrictiva como la de Francisco Franco.

Mi primer asesinato fue a los 18 años, tres días después de la revelación de mi abuela. Estaba nerviosa, una cosa era ensayar con muñecos y hacer simulacros y otra muy distinta era segar una vida, por muy cabrón que fuera el desgraciado que estuviera en frente. Si quieren que les diga algo, es parecido al sexo, la primera vez cuesta, incluso puede doler algo, pero una vez que lo haces le coges el gusto y sale de forma natural.

Mi primera misión fue hacerme pasar por una prostituta debutante y lograr que el general Campos, uno de los cercanos a Franco, ganara en la subasta por mi virginidad.

Fue fácil, en parte porque casi todos los participantes de la subasta eran palos blancos, lo más difícil fue simular la vergüenza de que mis compañeros de armas me vieran desnuda.

Campos me tomó de la mano, y juntos subimos las escaleras hacia una de las habitaciones, “No temas, prometo que te trataré bien”, esas fueron sus últimas palabras, su supuesta bondad sonaba tan falsa que casi me hacía vomitar.

En la cama, simulé inocencia, pudor, y toda esa mierda que enciende la lascivia de los hombres. Su lengua recorriendo mi cuerpo era como una babosa, algo normal y predecible, considerando lo reprimidos que estaban. Y sus torpes manos manchadas por la sangre de tantos inocentes, apretaban sin delicadeza mis pechos.

Su pene era apenas un gusano duro que se restregaba en mis muslos, el maldito parecía eyaculador precoz, y el muy hipócrita trató de disimular como escondía su cadenita de la virgen y su anillo de bodas.

Sentía su respiración humedecer mi oreja y pensé que sería un buen momento para matarlo. Lo tiré a la cama y lo monté restregando mi pubis aún con las bragas puestas sobre su micropene. Él apenas exclamaba uno que otro gemido, por lo aproveché de tomarle la cara, el cuello, la cabeza hasta que, ¡Crack! Ni siquiera vio venir el instante en que le rompí el cuello con ambas manos. Eso es lo bueno de asesinar a un hombre. Basta con excitarlo un poco y siempre bajará la guardia. Son muy básicos. Una vez que conoces a uno, ya los has visto a todos, basta con saber accionar los botones precisos, que en este caso siempre están en sus penes y el resto del trabajo es pan comido.

Matar es una cosa, cualquiera puede hacerlo, sólo falta la motivación o el detonante adecuado. Puede ser tu pareja en una borrachera, un niño aburrido del abuso en el colegio; tu vecino en una disputa que se salió de control. Todos pueden convertirse de un momento a otro en asesinos. La verdadera gracia amigos míos es asesinar a alguien y no dejar huella. Eso es lo que aprendí aquella noche.

La situación era la siguiente: El general Campos yacía muerto en la cama, con su pene aún erecto y la mirada vacía. Yo, apenas una jovencita de 18 años, 48 kilos de peso y a medio vestir, con las tetas al aire y zapatos de tacón. Ocultar el cuerpo de Campos iba a ser un parto.

Tomé por los costados el cuerpo y lo fui girando como a un tronco, la operación demoraría algo de tiempo, pero era la forma más silenciosa de hacerlo. Recuerdo que cuando golpearon la puerta se me heló la sangre: “¿Os lo estáis pasando en grande?”, La voz era la de Vicente Campos, hermano menor de general. Algo debía hacer, o de lo contrario me descubrirían.

Casi como un acto reflejo me subí a la cama y empecé a moverme hasta arrancarle ruidos rítmicos al mismo tiempo que gemía como si me estuvieran follando dos tipos a la vez.

Esperé que Vicente se alejara de la puerta y sólo una cosa volcaba mis fuerzas, debía hacer desaparecer el cuerpo lo más rápido posible o si no sería historia.

A la mierda el sigilo, arrastré el cuerpo como pude, mientras imitaba algún gemido de placer para evitar sospechas, hasta que llegué a la ventana. De acuerdo al plan debía arrojar el cuerpo a un contenedor instalado en el patio. Para no hacer ruido colocamos un colchón, paja, y litros de combustible para convertir al gordo en un montón de cenizas. Una vez hecho el trabajo, debía escapar y en una casa de seguridad tenía que hacer una llamada al club diciendo la contraseña. Esa era la señal de que el trabajo estaba hecho, y así el resto de los asistentes podían hacer desaparecer a Vicente.

Ya faltaba menos, empujé por la ventana al general Campos y un ruido sordo acompañó su caída al suelo. Me vestí a la rápida, esta vez cogí un pantalón, unas botas militares y una camisa cómoda. Bajé por la ventana y cumplí mi tarea perdiéndome para siempre en los bosques.

Esa fue mi primera misión, gracias a eso, mi fama creció entre los círculos clandestinos, y mis operaciones se extendieron por el mundo. Fui contactada por varios organismos y alternaba mi tiempo entre asesinar a militares fascistas y la caza de criminales de guerra Nazi. Mis manos se convirtieron en ley y el mundo mi patio de juegos…

No crean que esto acaba acá, hay una historia más por contar esta tarde. Una historia que me llena de orgullo y que de revelarse al mundo, habría hecho más humillante el destino de un asesino.

En Octubre de 1975 fui contactada para realizar mi última misión en España. La gente estaba convertida en una furia cuando el mes pasado habían fusilado a tres personas. Alguien debía pagar por ello, por lo que viajé a mi tierra natal. Sabía que se comunicarían conmigo para la tarea, y mis cálculos no fallaron. Dos días después de mí arribo me solicitaron de forma escueta una cosa: “Mata al dictador. El dinero no es problema”, estaban dispuestos a pagar lo que fuera con tal de ver las tripas de Franco esparcidas por el piso y en la primera plana de los periódicos. “Esto lo hago por placer”, aún recuerdo la respuesta que les di, y era verdad, nada sería tan placentero como asesinarlo.

En 1975 tenía 23 años, cientos de asesinatos en el cuerpo y contra cualquier pronóstico, mis tetas aumentaron de tamaño al igual que mi fama como actriz y vedette internacional.

Tony, mi informante me indicó que algunos adherentes de Franco tenían planeada una tertulia para agasajarlo y necesitaban una “jovencita de buena presencia” para tal fin. Por suerte Tony también era mánager de la incipiente farándula local con aires de proxeneta, por lo que usó sus contactos para colarme como sorpresa especial al dictador.

La fiesta empezó temprano y ahí estaban todos los lambiscones del régimen, habría dado el culo con tal de tener explosivos suficientes como para hacerlos volar por los aires, la ocasión lo ameritaba, sin embargo mi tarea esa noche era otra.

Cuando crucé la puerta, todas las miradas se centraron en mí, las mujeres me observaban con envidia y los hombres con deseo. Si las miradas pudieran hacer real sus intenciones, habría quedado embarazada en un segundo.

“Señorita Zara, pase, Don Francisco la está esperando en el segundo piso”, Los modales refinados del coronel López contrastaban con lo sanguinario de sus crímenes. Al muy cabrón lo despache un par de años después en Sudamérica, eso es lo bueno de la vida, tarde o temprano te da una revancha. El que diga que la venganza no es buena es porque nunca la experimentó, o es un cobarde de mierda que no se atreve.

Subí con cuidado mientras miraba atónita la fastuosidad del palacio. Era impresionante el despilfarro que tenían estos idiotas mientras una parte del pueblo se moría de hambre. Lamentablemente hasta el día de hoy veo que en plena democracia que a los gobierno le importa una mierda lo que le pasa al ciudadano común y corriente, mientras la realeza se la pasa cazando animales en peligro de extinción y gastando en cosas vacías otros pagan  sus caprichos a base de recortes e impuestos.

No me desviaré más. Estaba yo, una joven actriz internacional lista para ir a la habitación del tirano, caminé hasta una enorme puerta de caoba y golpeé tres veces. “Pase, la estaba esperando”, su voz sonaba como la de un abuelo a punto de contarle una historia para dormir a su nieta.

Abrí la puerta y ahí estaba, de pie junto a la cama y una bata de satín con la insignia de su sangriento legado. Parecía un feto gigante con progeria, y lo peor, al parecer quería follarme.

“Es usted una señorita muy bella”, el gilipollas trataba de adornar con dulzura lo obvio de su cachondez. Lo contemplé mientras tomaba un vaso de agua de la mesa de noche y se metió dos pastillas como si fueran caramelos. “Debemos esperar un poco”, decía con una leve sonrisa.

Pasamos cinco minutos sin hablar, No había mucho en aquel silencio incómodo. Miraba al techo, mientras el dictador me sonreía jovial mientras sus ojos me desnudaban de pies a cabeza. Fue acercándose a mí, al mismo tiempo que un bulto sobresalía a través de la bata. Quién lo diría, el viejo se había enchufado unas pastillas para la erección que recién estaban haciendo efecto.

“Hace mucho que no hago esto, usted es tan bella”, se creía galán el muy gilipollas, su aspecto estaba más para la tumba que para la cama, aún así estaba empeñada en darle una sorpresa que nunca olvidaría.

“Don Francisco, no soy de esas, pero déjeme darle placer con mi boca, por todo lo que ha hecho por el país”. Ojalá hubieran visto la cara de vicioso que puso el viejo, que de inmediato se sentó al borde de la cama y arrojó su bata al piso, mostrando la verga más fea que alguien podía imaginar.

Me arrodillé con cuidado y quedé frente a miembro. Un olor a orines y medicina llenaba todo ese espacio. Apenas contuve las arcadas, una cosa era olerlo, pero otra muy distinta era lo que a continuación haría.

Tomé con mi mano derecha el tronco de su verga y una leve palpitación era palpable, creo que la poca sangre que le quedaba se fue al pene, no me extrañó pensar que le daría un ictus en ese preciso instante. Luego tape mi cara y su miembro con mi pelo para que no viera mi cara de asco mientras lo hacia. Era asqueroso desde todo punto de vista posible, por un lado darle sexo oral a una momia viviente y por otro el hecho de que una luchadora contra la dictadura le esté haciendo ese trabajo al símbolo de la opresión. De verdad era una mierda humillante lo que sucedía en esa habitación.

Sentí su mano acariciar mi cabeza mientras pensaba en cualquier otra cosa. ¿Qué te haz imaginado asqueroso? Me sacó de mi concentración. Eso queridos amigos fue la gota que rebalso el vaso. Mi objetivo era hacerlo acabar para despacharlo al otro mundo con un acto de misericordia, pero no se pudo aguantar, así que precipité el verdadero final.

Los gritos de Franco fueron callados por la música estridente que retumbaba en todo el palacio. Mi mordida fue corta y certera. Siempre pensé que su sangre sería negra, o que en una de esas saldría polvo. Créanme que estaba equivocada. La sangre que manaba del sitio en donde debería estar su pene fluía profusamente hasta formar un charco en la alfombra.

La cara que puso cuando arrojé los despojos de su pene al piso y los aplasté con mis zapatos de tacón no se comparan ni con todos los orgasmos del mundo. Ni siquiera era capaz de reaccionar ante el shock que le provocó mi último trabajo en España. Ahí estaba él, Francisco Franco, uno de los personajes más despiadados de la historia, desnudo, arrodillado, suplicando por su vida, mientras que su verdugo lo miraba con indiferencia. Si fuera por mí, me habría quedado más rato contemplando mi obra, incluso de existir aquellos aparatos modernos que usan ahora los jóvenes, le hubiese tomado fotos y la habría compartido en esa cosa de las redes sociales, pero no era así, estábamos en 1975 y debía arrancar cuanto antes de la escena. Caminé unos pasos y le besé la frente, dejando mis labios ensangrentados marcados en ella. Abrí una ventana y desaparecí para siempre de España.

A los días después la versión oficial dijo que Francisco Franco falleció debido a las complicaciones de un ataque cardíaco. Cuando leí las noticias me descojoné de la risa. Manga de hipócritas, de verdad me causaban gracia.

Para todos los medios de prensa, y los españoles que seguían la noticia, Franco murió por un infarto, sólo unos pocos sabíamos que el hijo de puta murió como lo merecía: Humillado y sin polla.

Tiempo después partí a Chile para luchar contra Pinochet, pero esa es otra historia y yo ya estoy cansada…

Uncategorized

La maldición

Hola gente, les traigo un relato nuevo. 

Les cuento que en el taller de literautas el desafío del mes consistía en escribir una historia que lleve por título “La maldición”. Como reto adicional, no debía llevar la letra T, así que les dejo el texto que no envié, sino uno que me pareció de menor calidad.

Saludos.

No quiero morir, sin embargo creo que es mi única salida.

Me llamo Javier Rodríguez y deben saber a como de lugar la confesión que carcome mi alma.

Mi calvario empezó hace varios años cuando era joven. Desde ese día aún maldigo las acciones que me llevaron a la vida que he sido condenado y que solo ha causado la miseria de mis cercanos.

Una noche cuando yacía borracho en mi casa decidí jugar a la ouija. Saqué el viejo madero empolvado y al soplar, el macabro juego para hablar con las almas en pena apareció causando una sensación de miedo en los que me acompañaban esa noche. Pese a los reproches de mi novia Susana y mis compañeros, me dispuse a jugar.

El alcohol me dio el valor necesario para hacer caso omiso a los consejos que mis amigos me daban. Me dejaron solo y después de unos vasos de ron desplegué el juego por la alfombra.

Apagué las luces y con una cerilla encendí una vela roja que daba un aire macabro a la casa.

La ouija había sido propiedad de mi bisabuela, que enloquecida porque falleció  su hijo menor (y además hermano de mi abuelo), probó comunicarse en vano con su alma, causando su locura y por ende que la encerraran en una casa de salud psicológica sabiendo que no había solución a sus problemas.

Vi los innumerables dibujos que había en ella y pude apreciar como el abecedario poseía finos relieves dorados en sus bordes, a excepción de una figura, que parecía que alguien la roció de ácido de forma deliberada para borrarla para siempre.

Puse mis manos en la madera e invoqué a mi bisabuela para saber acerca de su locura. En el segundo que pronuncié su nombre, la luz de la vela se apagó, dejando a oscuras la sala, escuchándose una voz profunda resonando en las paredes:

“Imbécil, correrás el mismo sino que yo. Desde hoy jamás volverás a usar al miembro del abecedario en forma de cruz, si haces caso omiso a mis palabras, las sombras caerán sobre los seres que amas en vida”.

Nunca la conocí, pero supuse que era la voz de mi bisabuela que maldecía a su descendencia por caer en el mismo error que ella. Aquella noche no pude dormir a causa de sus palabras.

Cuando en la mañana abrí los ojos dudé de lo vivido aquella noche, “debe ser culpa del ron”, me dije sin preocuparme de lo sucedido. Me duché para ir al laburo. Ahí se inició mi perdición.

Escribí un correo a un proveedor, algo común en mí oficio, cuando al cabo de unas horas una llamada inició una vorágine de malas nuevas:

“Javier, es Susana, algo horrible… Un camión chocó su vehículo… Ella murió”.

Un nudo se hizo en mi pecho al escuchar como mi novia, compañera por más de ocho años en mi vida, desaparecía para siempre del mundo. No lo podía creer, la maldición había cobrado a la primera de muchas almas. En ese segundo la paranoia se apoderó de mí. Eliminé cualquier posibilidad de comunicación con mis seres queridos, siendo un bicho raro para ellos. Era mejor así, no debía arriesgarme a ver sus vidas segadas por mi imprudencia, que necio fui al pensar que saldría ileso del juego, nunca debí provocar a las ánimas en pena. Ahora ellas me buscan para carcomer, implacables, mi alma en el abismo.

Para mi desgracia, no pude hacer mucho para vencer a la maldición, sólo un pequeño descuido y de nuevo una desgracia acababa con alguien que amaba. Con los años vi morir a mis padres, mi hermano y muchos amigos de las formas más horribles que podrían imaginar.

Es por eso que escribo la misiva que ahora leen (pensando que alguna vez hallan mi cuerpo), con la esperanza de que ninguno caiga en lo mismo que yo. Por burlarme del descanso de los que se fueron perdí a quienes quiero y me perdí a mi mismo en el proceso.

Escribo al borde de la locura y una soga permanece en mi cuello, preparada para liberarme de mis pesares.

Me queda poco de vida y sólo el suicidio lo veo como algo plausible, en unas horas colgaré de una viga, y mi paso por el mundo sólo será un recuerdo.

Si hay un dios, espero que me perdone…

Uncategorized

Microcuentos de Febrero

Hola, durante Febrero el taller de literautas propuso presentar microcuentos. Al final presenté uno de la extinción de perros y gatos, sin embargo en el proceso creativo quedaron algunos descartados.

Historia de amor gatuno.

Lola era la gata del departamento 301. Redondo, el gato del 101. Lola nunca salía de casa y Redondo paseaba libre por el patio del edificio. Un día se vieron por la ventana y desde entonces, Redondo subía hasta el tercer piso y se quedaban pololeando a través del cristal todos los días.

Meses después, Redondo atrapó un murciélago, y el pobre felino fue capturado y sacrificado por funcionarios del municipio para ver si padecía rabia.

Su muerte fue en vano. No estaba contagiado. Nunca más se vio visitando a Lola y esta aún lo espera desde su ventana.

Zumba… te un completo.

 Su ropa deportiva decía zumba, pero su cuerpo gritaba Burger king.

Pesadilla de una tarde de verano.

Hoy anunciaron que sería el día más caluroso del año. Y justo ayer terminé mi última cerveza.

Fabián el moreNazi.

Fabián se autodefine como nacional socialista, aunque ni siquiera sabe lo que eso significa. En el barrio le dicen morenazi por su pelo chuzo y su metro sesenta de estatura. Todas las noches sale con sus amigos para golpear a Judíos, travestis y a cualquiera que sus mentes retrasadas consideran inferiores.

Lo que nadie sabe es que Fabián recorre las calles por las noches con la esperanza de volver a ver a Siomara, el travesti que ama en secreto.

 

Héroes urbanos.

Todas las noches patrullamos las calles, somos una liga de la justicia a la chilena, aunque nuestros poderes son inútiles. Está “El capitán tiempo”, que puede saber cuando parará un microondas sin siquiera mirarlo, o “Mister caducidad” que sabe la fecha exacta de expiración de cada producto que toca, y yo, “Dios del clima”, que sé el tiempo que hará al día siguiente.

Nuestros poderes no sirven para combatir el crimen, una vez peleamos contra unos flaites y nos sacaron la chucha. Nunca más volveré a patrullar Santiago, presiento que la siguiente noche será la última de mi vida.

Una pareja demasiado común”.

Ella espera con ansias que la lleven a ver “las 50 sombras”. Él está contando los días para la última parte de “rápido y furioso”.
El se la pasa en grande preparando asados mientras ve el fútbol, y ella sueña con que le dediquen una canción de Arjona para San Valentín.