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La maldición

Hola gente, les traigo un relato nuevo. 

Les cuento que en el taller de literautas el desafío del mes consistía en escribir una historia que lleve por título “La maldición”. Como reto adicional, no debía llevar la letra T, así que les dejo el texto que no envié, sino uno que me pareció de menor calidad.

Saludos.

No quiero morir, sin embargo creo que es mi única salida.

Me llamo Javier Rodríguez y deben saber a como de lugar la confesión que carcome mi alma.

Mi calvario empezó hace varios años cuando era joven. Desde ese día aún maldigo las acciones que me llevaron a la vida que he sido condenado y que solo ha causado la miseria de mis cercanos.

Una noche cuando yacía borracho en mi casa decidí jugar a la ouija. Saqué el viejo madero empolvado y al soplar, el macabro juego para hablar con las almas en pena apareció causando una sensación de miedo en los que me acompañaban esa noche. Pese a los reproches de mi novia Susana y mis compañeros, me dispuse a jugar.

El alcohol me dio el valor necesario para hacer caso omiso a los consejos que mis amigos me daban. Me dejaron solo y después de unos vasos de ron desplegué el juego por la alfombra.

Apagué las luces y con una cerilla encendí una vela roja que daba un aire macabro a la casa.

La ouija había sido propiedad de mi bisabuela, que enloquecida porque falleció  su hijo menor (y además hermano de mi abuelo), probó comunicarse en vano con su alma, causando su locura y por ende que la encerraran en una casa de salud psicológica sabiendo que no había solución a sus problemas.

Vi los innumerables dibujos que había en ella y pude apreciar como el abecedario poseía finos relieves dorados en sus bordes, a excepción de una figura, que parecía que alguien la roció de ácido de forma deliberada para borrarla para siempre.

Puse mis manos en la madera e invoqué a mi bisabuela para saber acerca de su locura. En el segundo que pronuncié su nombre, la luz de la vela se apagó, dejando a oscuras la sala, escuchándose una voz profunda resonando en las paredes:

“Imbécil, correrás el mismo sino que yo. Desde hoy jamás volverás a usar al miembro del abecedario en forma de cruz, si haces caso omiso a mis palabras, las sombras caerán sobre los seres que amas en vida”.

Nunca la conocí, pero supuse que era la voz de mi bisabuela que maldecía a su descendencia por caer en el mismo error que ella. Aquella noche no pude dormir a causa de sus palabras.

Cuando en la mañana abrí los ojos dudé de lo vivido aquella noche, “debe ser culpa del ron”, me dije sin preocuparme de lo sucedido. Me duché para ir al laburo. Ahí se inició mi perdición.

Escribí un correo a un proveedor, algo común en mí oficio, cuando al cabo de unas horas una llamada inició una vorágine de malas nuevas:

“Javier, es Susana, algo horrible… Un camión chocó su vehículo… Ella murió”.

Un nudo se hizo en mi pecho al escuchar como mi novia, compañera por más de ocho años en mi vida, desaparecía para siempre del mundo. No lo podía creer, la maldición había cobrado a la primera de muchas almas. En ese segundo la paranoia se apoderó de mí. Eliminé cualquier posibilidad de comunicación con mis seres queridos, siendo un bicho raro para ellos. Era mejor así, no debía arriesgarme a ver sus vidas segadas por mi imprudencia, que necio fui al pensar que saldría ileso del juego, nunca debí provocar a las ánimas en pena. Ahora ellas me buscan para carcomer, implacables, mi alma en el abismo.

Para mi desgracia, no pude hacer mucho para vencer a la maldición, sólo un pequeño descuido y de nuevo una desgracia acababa con alguien que amaba. Con los años vi morir a mis padres, mi hermano y muchos amigos de las formas más horribles que podrían imaginar.

Es por eso que escribo la misiva que ahora leen (pensando que alguna vez hallan mi cuerpo), con la esperanza de que ninguno caiga en lo mismo que yo. Por burlarme del descanso de los que se fueron perdí a quienes quiero y me perdí a mi mismo en el proceso.

Escribo al borde de la locura y una soga permanece en mi cuello, preparada para liberarme de mis pesares.

Me queda poco de vida y sólo el suicidio lo veo como algo plausible, en unas horas colgaré de una viga, y mi paso por el mundo sólo será un recuerdo.

Si hay un dios, espero que me perdone…

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2 thoughts on “La maldición

  1. Hola, Pato: No quiero pensar cómo será el de la convocatoria, si has rechazado este. Buenísimo. Y SIN T. fELICITACIONES.

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