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¿Por qué al lucho le decían “culo roto”?

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Hola chicos. compartiré un relato algo polémico que se aleja de lo que escribo para los talleres de literautas. Saludos.


¡Ya sé que está muerto el Lucho! Si acabamos de enterrarlo en el cementerio. Pese a que siempre lo odié no me parece justo que me pregunten acerca de su apodo estando aún fresco el finado.

Es verdad que yo inventé el sobrenombre que llevó por más de 40 años, y que en parte marcó el resto de su vida. Se lo tenía merecido el muy hijo de puta. De verdad que se lo merecía, y si tuviera que hacerlo de nuevo, con gusto le invento el mismo apodo.

¿De por qué lo odio? No saquen a colación eso ahora, hasta yo, que era su enemigo declarado he tenido más respeto que ustedes manga de buitres. Lo único que te puedo decir es que la razón de mi odio tiene relación con su apodo.

¿Una copa de vino? Bueno, pero no crean que con eso me van a convencer. De verdad las cagan, ustedes son muy morbosos. Por último esperen un poco antes de preguntar.

No era secreto que desde hace mucho tiempo que lo odiaba. ¿Mi esposa? Ex esposa la muy maldita, no me hables de esa zorra que se me descompone el alma, hace años que no la veo. Se fue donde su madre y nunca más volvió, por mí mejor. Estar casado, o mejor dicho, estar con una mina es como las sinopsis de las películas, siempre te van a mostrar lo mejor, y sólo una vez que te sientas a ver la película completa te das recién cuenta si es mala o no. Y eso me pasó con ella, la película con Viviana fue una mierda. Uno nunca sabrá si la mujer con la que duermes todas las noches te va a salir tonta, puta, loca o mala. Incluso, te puedes sacar el premiado y te pueden tocar todas esas características juntas.

¿Qué le pusieron al vino? Por culpa de ustedes ya se me va a soltar la historia completa.

Ustedes sabían que me casé joven con la Viviana. Éramos casi unos pendejos cuando pisamos el altar. En aquellos tiempos ella era una máquina de sexo. Todos los días, tres, cuatro veces. Bastaba un roce, una mirada y estábamos enseguida dándole en la cama.

El candelabro italiano, los pollitos pastando, el salto del ángel. No había posición a la que le dijera no, era una fuerza imparable y yo trataba de seguirle el ritmo como fuera. Por lo visto estaba satisfecha y yo era su “tigre”. De sólo pensarlo ahora se me para sola. Ni que decir de sus tetas bamboleando mientras se montaba en mi verga. Era como estar en el paraíso.

Por desgracia todo lo bueno se acaba y nuestra vida sexual no fue la  excepción. ¿Qué tiene que ver esto con el apodo del Lucho? Tranquilo, voy para allá. Como te decía, nuestra intimidad se fue a la chucha.

Sin darme cuenta nuestro idílico romance fue atacado por el oscuro flagelo del “dolor de cabeza” del “estoy cansada” o del “nos van a escuchar los vecinos”. No crean que le hecho la culpa de todo, yo también aporté con “He tenido que trabajar mucho”, o con dormirme antes de tiempo. Una cosa llevó a la otra y el sexo — o la falta de este— se fue convirtiendo en un círculo vicioso que nos llenó de asco.

¿Dónde entra el Lucho en la historia? Paren de hinchar las pelotas, por algo les estoy contando, además este vino que me dieron está bien bueno. Como te iba diciendo, el Lucho fue mi compañero de trabajo en el banco, Jugábamos en el equipo de fútbol del banco y en más de una ocasión, su casa o la mía se convertían en lugar de reunión para hacer parrilladas después de los partidos. En fin, era una buena vida, pero con un solo problema: la cama.

Trabajaba todos los días en el banco como ejecutivo de cuentas, un trabajo casi tan rutinario como mi vida de alcoba, con la única diferencia que en mi escritorio, era yo el que podía darse el lujo de decir “no”.

Despertar, y desempeñar un trabajo de mierda por casi cuarenta años, con la falsa ilusión que podrás obtener las cosas que quieres, esa es la vida a la que te condenan. Lo único que no te dicen es que el trabajo te tiene tan cogido de los huevos que aunque puedas comprar todas las porquerías que soñaste, con suerte tendrás un tiempo ínfimo para usarlas. Que claustrofóbica forma de desperdiciar la vida, y según muchos de tu círculo eso es el éxito: Auto último modelo, cambiar cada tres meses de teléfono, poder viajar luego de endeudarte por un año.

Era normal que tarde o temprano esa vida me pasaría la cuenta. Y me la pasó de la peor manera que te puedes imaginar.

Creo que ya sabes lo que ocurrirá. ¿Cómo? ¿Aún quieres que siga contando el resto? Tengo la garganta seca de tanto hablar y el vaso vacio, si solucionas ese problema tal vez siga con la historia.

¿En qué íbamos? Ah, Claro, en que aquella semana la empecé con una mala noticia para mí: El Lucho se reportó enfermo y no trabajaría durante tres días. Eso significó un agobio para mí. Primero que todo, el Lucho era el único amigo que tenía en el banco, y segundo, esa semana todo su trabajo tenía que hacerlo yo.

Lunes y martes pasaron lentos como tsunami de Quaker, pedía a gritos que llegara el viernes para poder echarme en la cama hasta que me salieran escaras. No aguantaba la doble carga de trabajo. El miércoles llegó, con mi cuerpo convertido en un condón usado.

La mala suerte no viene sola. Luego de casi cuarenta minutos en un atasco estaba llegando a la oficina. Perdemos en promedio una hora y veinte minutos de nuestras vidas, cinco veces por semana en algo que no sirve de nada. Bukowski tenía razón, ser un ser humano común y corriente es una verdadera mierda. Llego a comprender a todos aquellos que un día, hastiados de todo, entran con una escopeta a sus trabajos y descargan plomo a todo lo que se mueva. Otros se suicidan. Los que aguantamos corremos con peor suerte, vamos desvaneciéndonos día a día, hasta convertirnos en una cáscara vacía, como una crisálida abandonada en el parque y que resiste el paso del tiempo. Hasta que un día jubilamos y nos damos cuenta que le dimos nuestra vida y alma al trabajo a una manga de hijos de puta que en ese momento deben estar gordos de tanto comer y chupándole las tetas a alguna rubia recién operada.

Esa vida nos condena a abandonar todo rasgo de individualismo: nuestras guitarras acumulando polvo, el balón de futbol desinflado al contrario de nuestras barrigas, en fin, todo lo que alguna vez fuimos se pierde para siempre.

¿En qué estábamos? Perdón por irme por las ramas, ustedes saben como me pongo cuando bebo.

La situación era la siguiente: Estaba a punto de llegar a mi trabajo cuando me doy cuenta que el pendrive con la presentación que debía hacer en recursos humanos se había quedado en la casa. ¿Cómo pude ser tan pelotudo? La exposición más importante y a mí se me queda en casa.

Estacioné el coche, y telefoneé a mi jefe. Por suerte el me dijo que fuera a casa a buscar el dispositivo y la presentación se haría más tarde.

Viré en “U” y le metí chala al acelerador. Menos mal que el tráfico sólo era complicado en una dirección. Hasta un semáforo me pasé. Pero eso era lo de menos. Debía buscar mi power point.

Llegué a casa y las cortinas aún estaban cerradas. Normal, Viviana acostumbraba a levantarse casi con precisión militar a las diez con quince para luego ordenar toda la casa. En eso no fallaba.

Abrí la puerta en silencio, se me había ocurrido que podía ser una buena idea sorprenderla con un gesto romántico antes de retirar mis cosas. La situación entre nosotros estaba fría como saludo de ex novia, por lo que algo así podría derretir el hielo.

Había música suave desde la habitación. Imaginen. A mi esposa le gustaba despertar con música suave, eso eran los detalles nuevos que quería descubrir de ella. Abrí la puerta y el mundo se vino abajo.

Siempre que recuerdo me emputezco por la chucha. Ustedes ya adivinaron lo que vi. Era la Viviana, mi esposa desde hace siete años culeando con… ¡El Lucho!

El muy hijo de puta se había hecho el enfermo para cagarme con mi esposa, esa “weá” no se hace. Esa es la traición más grande que te puede hacer un amigo, pero lo que más me enojó no fue el engaño en si. Lo que sacó lo peor de mí era que ese conchadesumadre se lo estaba metiendo por el culo.

Eso no tiene perdón de dios. Esta zorra en los siete años que estuvimos juntos nunca me prestó el culo. Por más que trataba, la weona se hacía la frígida, ni siquiera en el periodo en que le dábamos al sexo todos los días. No había caso. Siempre se negaba.

Algunas veces mientras lo hacíamos, trataba de masajearle el asterisco con mi  índice ensalivado, pero apenas sentía el húmedo contacto de mi dedo con su orificio, apretaba los cachetes del culo y me pegaba manotazos. Otras veces, en medio de una fogosa sesenta nueve, mi lengua se desviaba de camino y de inmediato venían los reproches. Ni siquiera cuando el alcohol en nuestra sangre era alto ella entregaba el culo. No había caso.

En cambio esa mañana, Viviana estaba a cuatro patas gritando como una loca mientras el lucho, le castigaba el nudo de globo, le trancaba los frijoles, le hacía tras tras por detrás (¿necesito ser más específico?).

Imaginen cómo estaba mi orgullo de macho herido. Mi mente no concebía el engaño, y por sobre todo, la traición de que ella le entregara a otro lo que por tantos años me negó y que a esas alturas ya estaba resignado.

La sangre me hervía. En ese momento estaba cegado por la ira. Sólo era capaz de mirar a los amantes de forma difuminada. Todo el mobiliario del dormitorio había desaparecido; y la música romántica creaba una atmósfera de pesadilla de la que era imposible despertar.

Nunca me di cuenta del momento en que el bate de beisbol que teníamos en la alcoba para espantar a los ladrones llegó a mis manos. La rabia te crea esos lapsus mentales. Fui caminando hacia ellos como un autómata; estaban tan calientes que ni siquiera se dieron cuenta que iba con la mirada perdida arrastrando un bate.

Los miré por unos segundos. ¿Cómo mi esposa era capaz de fijarse en aquel personaje? Yo no soy ningún Pato Menudencio, pero si hubiesen visto el culo peludo de lucho contrayéndose con paroxismo, me habrían dado toda la razón.

Esperé un poco más, no era masoquismo, simplemente quería arruinarles el clímax para que nunca olvidaran mi venganza. Sus movimientos eran cada vez más rápidos, hasta cachetadas en las nalgas le estaba dando el muy infeliz. “Estoy por llegar”, esa era la señal que esperaba. Lucho apretó con fuerzas a mi esposa y antes que acabara le propiné un bate en la cabeza.

Lucho cayó medio inconsciente al lado de la cama al mismo tiempo que se despegó, literalmente, del ano de mi mujer, profiriendo un ruido parecido a un pedo.

La cara que puso la desgraciada era como para fotografiarla y ponerla en la billetera. Gritó, eso si, pero era tal la sorpresa de verme con el bate en mi mano, que fue incapaz de moverse.

“Maraca culiá, cagándome con el lucho, ¿Cómo podís ser tan puta por la puta”. Mi idea era tratar de ser lo más digno posible, claramente me equivoqué, le dediqué un rosario de insultos y me pasee por toda su familia.

“Vos nunca quisiste soltarme el chico, y al primer weón con el que me cagai se lo pasai al toque… ¡Ándate a la chucha!, pesca tus cosas y te vai cagando de acá”.

Estaba indefensa mi esposa, su cara tan desvalida habría despertado mi misericordia si hace cinco minutos no les estuvieran rompiendo el orto en mi propia cama. No era capaz de reaccionar, con suerte se tapaba las tetas, como si no las conociera. La miré a los ojos y le dije una weá que nunca pensé que le diría a alguien.

“Y me cagaste con el lucho. Estai muerta para mí, Sabías que más, mirá lo que hago con el Lucho”.

Deben comprender que en ese momento no era yo. El demonio se apoderó de mí, y fue el mismo Don Sata el que me indujo a hacer lo que hice ese día.

Miré al lucho que estaba medio aturdido y con ambas manos, abriéndole el culo se la metí…

Amigos, no se exalten, tienen que comprenderme. El muy cabrón se había empotrado a mi esposa, Ese weón, o salía muerto o salía enculado de la casa, pero no salía entero.

No sé cuantos minutos estuve. Si la tenía empalmada era por la rabia que no me hacía pensar en mis actos. Viviana me miraba incrédula poniendo la misma cara que ponía cuando se lo hacía y faltaba lubricación. “¿Qué haces animal?”, era lo único que ella lograba articular mientras me pegaba en la espalda.

Paré y me arreglé el pantalón, el lucho sólo atinaba a decir “¿Qué me haces maricón?” una y otra vez mientras Viviana iba a su lado.

La escena ya me daba asco. Con la cabeza fría, sabía que aquello había sido un error por mi parte, así que tomé mis cosas y me fui lejos a tomar unos tragos.

Al día siguiente cuando volví a casa, no había señales ni de mi esposa ni del lucho. Me hice el enfermo en mi trabajo y me tomé unos días para pensar. Luego supe que el lucho se presentó a trabajar lacónico, casi sin intercambiar palabras con el resto. Viviana nunca más volvió a la ciudad. Supe tiempo después que se fue al sur a casa de sus padres. Nunca habló del tema.

El lucho la sacó peor, Su machismo recalcitrante le impidió contarle a alguien de lo sucedido, así que, cuando empecé a llamarlo “culo roto” en la oficina, el no fue capaz de defenderse. La vergüenza era mayor que su orgullo, y como curso natural de las cosas, todos adoptaron ese mote para lucho, que lo fue acompañando durante más de treinta años, hasta el día de su muerte.

Aunque no me extrañaría que uno de estos días su tumba luzca una hermosa inscripción que diga:

“Aquí yace Lucho: amigo, compañero y culo roto”…

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