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Problemas de educación

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¿En qué momento se torció todo? La pregunta sigue sin encontrar respuesta en la cabeza de Miguel, profesor desde hace diez años. Hasta hace unos pocos meses era docente de un colegio rural. Tenía trabajo estable, una familia, en fin, una vida tranquila.

Ahora mira las paredes desde el módulo dos de la cárcel sin entender la situación en la que está metido.

Él y su familia saben que es inocente, el jamás haría algo así de horrible, pero para la opinión pública, es un degenerado que debe ser castrado y violado en prisión.

El frío entra implacable entre los barrotes y el profesor se encuentra una vez más repasando los acontecimientos que arruinaron su vida para siempre. La llegada temprano como de costumbre para trabajar, algo raro ocurría y podía sentirlo en las miradas furtivas de los apoderados, luego vino la llamada del director y la desvinculación del establecimiento. Nadie quiso averiguar nada, fue la palabra de los apoderados, que a su vez manipularon a los niños, en contra de un profesor al que se le quitaron todos sus derechos.

Miguel estaba furioso, siempre trabajó de forma honesta, tal vez el único defecto en su trabajo era quizá ser un poco estricto, pero la disciplina, en especial en estos tiempos en que los profesores tienen cada vez más deberes, y muchos menos derechos, era necesaria para que los niños se comportaran.

Constantemente piensa en eso y en el error de no escuchar los rumores. Más de alguna vez lo amenazaron con que lo sacarían del colegio sin importar los medios, sin embargo nunca imaginó que sería con una injuria.

Luego vino una espiral hacia abajo. La gente apuntándolo, las amenazas y Miguel tratando de explicar que nunca hizo algo malo. Antes del juicio le ofrecieron que se culpara y por medio de un juicio abreviado nunca tocaría la cárcel pero sus papeles quedarían manchados. “¿Cómo es posible semejante coacción en contra de una persona?” Fue lo que respondió Miguel. “Soy inocente y lo probaré en tribunales”.

A partir de ese momento, nuestro amigo conoció lo peor de la justicia chilena y de la condición humana. Fiscales que tergiversan de la forma más burda cualquier cosa con tal de encerrar a quien se le ponga por delante, sin importarles que esa persona pueda ser inocente o no. Al extremo de no permitir que Miguel pudiera presentar a testigos que sabían del complot. Y que decir de la displicencia de los defensores que lo único que les interesa es poner su firma para llenar datos estadísticos.

Miguel comprendió de la peor forma que es imposible obtener justicia cuando no se tienen los medios económicos, y que ese dicho de que “los niños no mienten” es una mentira cuando existen adultos capaces de inocularles recuerdos falsos, usándolos como instrumentos en rencillas personales.

Su esposa llorando en el tribunal, el tiempo detenerse ante sus ojos, y las sonrisas malignas de sus acusadores, eran como dagas que cercenaban su alma.

Fue arrastrado a la fuerza sin siquiera tener la oportunidad de despedirse de los únicos que aún creían y sabían que era inocente. De un empujón entró en el vehículo hediondo a orines de gendarmería, y los guardias, los encargados de velar por la seguridad de los condenados, se burlaban aprovechando esas cuotas de poder con los gritos hirientes de “pichula de hueso, pichula de hueso”.

Miguel aún no comprendía lo que sucedía, su calvario apenas empezaba. Se le despojó de su inocencia, de su dignidad y sus derechos más básicos, mientras los que lo acusaron se regocijan en sus casas producto de una mentira.

Miguel ahora mira la luz de la noche iluminar su cuarto mientras piensa en que no verá a su hijo crecer. Cuando salga será un completo extraño para todos, con su nombre manchado y sin ningún vestigio de fe en la humanidad.

Todas esas ideas se atropellan en su cabeza, y mientras se ajusta una soga improvisada en su cuello piensa que sólo queda una salida…

Salta. El impulso no logra romper su cuello, convulsiona en una agonía final. No le importa, el sufrimiento de ahora no es nada comparado con lo que vivió. Un último pensamiento a su familia, y la esperanza de que puede encontrar justicia en otra vida…

 

Luego todo es escuro…

 

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Post mortem

catalepsia


 

Luego de la oscuridad, el ruido de mis propios gases me despertó.

Hace tres días morí en un accidente, hace unas horas me enterraron y ahora despierto en mi tumba sin entender lo que sucede.

No crean que se trata de un caso de catalepsia, el día de mi muerte vi, con horror, como un fierro atravesaba mi pecho, me desangré lentamente sintiendo como mi vida se escapaba sin contemplaciones, solo esperaba la vida eterna, nunca fue mejor dicho ese concepto.

No puedo moverme, mi vista se ha acostumbrado a esa oscuridad. Pese a que las sombras gobiernan los dos metros cuadrados que ahora son todo mi mundo, puedo distinguir alguna silueta; mi silueta.

El dolor se vuelve insoportable. Siento a las hordas de gusanos que invaden mi cuerpo. Se abren paso, carcomen mi piel, mi carne, desgarran todo de forma lenta y metódica. Son un ejército disciplinado que tienen como misión comer mi carne.

Saben que no me moveré de ahí y se toman su tiempo. Mis pensamientos se interrumpen, una punzada martilla mi cerebro. Quiero cerrar los ojos para aliviar en parte la sensación. Algo explota y un líquido viscoso recorre mi cara. Duele como el infierno, los gusanos por fin salieron desde mis ojos dejando una cuenca vacía. .

El sufrimiento se hace insoportable, no puedo gritar, no puedo rascarme, no puedo parar esta tortura. Pienso en los millones de cadáveres que todos los años se depositan en nuestro mundo. Imagino a los cuerpos abandonados en los bosques, devorados por las bestias, sintiendo el dolor de ser comido por esas fauces implacables. Mis pensamientos viajan a los hielos eternos, en donde otros como yo quedan perdidos para siempre, sintiendo el frío glacial. O tal vez soy el único que vive esta agonía. ¿Es esta la vida después de la muerte que tanto habla la biblia?

Pierdo la noción del tiempo. ¿Meses? ¿Años? Ya no importa, solo el deterioro de mi cuerpo me da una idea aproximada de cuanto ha pasado.

Los gusanos se fueron hace bastante. Ahora los escarabajos roen mi carne ya seca; Algunos de mis huesos se rompen y siento su crujir con el dolor punzante que se mantendrá hasta que el hueso desaparezca.

Así ha sido mi vida después de la muerte. Sin nubes y ángeles adorando a un dios bondadoso; sin vírgenes que pueda disfrutar. Todo es mentira. Lo único que he recibido es una sucesión de dolores que se van superponiendo y que nada ni nadie puede calmar.

El dolor va desapareciendo de a poco. Siento la levedad de lo que queda de mi cuerpo. Tengo una esperanza. Es pequeña; aún así me aferro a ella como un naufrago a un madero.

Es probable que la agonía se acabe pronto. Solo espero ansioso que todo rastro de mi existencia desaparezca por completo. Que los pocos huesos y pellejos que me quedan, se conviertan en polvo para siempre. Tal vez así por fin deje de sentir dolor.

Lo que ocurra después me tiene sin cuidado. Si existe un infierno, creo que no se compara con lo que he vivido…