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Soledades urbanas

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El reloj del vestíbulo marcaba las siete menos veinte de la mañana. «Maldición, es muy temprano», se dijo Patricio.

Miró hacia todos lados, nervioso, y suspiró aliviado. Aún no llega Natalia. En un acto torpe, fue  hacia el baño para hacer un poco de tiempo en lo que ella llega.

En el café cruzando la calle Natalia mira con preocupación. «Son las siete menos veinte. ¡Llegó antes, no puede ser!».

A duras penas, cogió el muffin y lo puso en su boca, con su mano izquierda tomó el capuccino y con la otra pagó en caja, y mientras equilibraba con una habilidad que no envidiaría a ningún malabarista, cruzó la calle a toda velocidad para encontrarse con Patricio.

Con la respiración agitada debido al esfuerzo, Natalia vio con felicidad que él esperaba la llegada del elevador. Lo que ella no sabía, es que él, al verla cruzar la calle, se ubicó en posición para esperarla.

Uno al lado del otro, un amistoso cruce de miradas y una sonrisa que esconde años de amor no declarado; luego, un silencio que contiene todos los sentimientos del mundo. Natalia bajó la mirada, sus mejillas adquieren un tono carmín que Patricio interpreta como algo natural al cambio de clima que hay en el exterior comparado con el edificio.

El timbre del ascensor rompe el silencio incómodo de los dos jóvenes que aún no se atreven a dar el primer paso. Ambos entran, y una canción popular interpretada en versión bossa nova, es el telón de fondo de una historia que se ha repetido sin fin desde que aquellos dos se vieron por primera vez hace seis meses. Al igual que la canción, inofensiva y que no deja huellas en quien la escucha, ellos dejan pasar una oportunidad de ser felices, o al menos de ser algo.

Sin darse cuenta siquiera de lo que ocurre dentro de la cabeza del otro, hacen lo posible para coincidir en aquel espacio del día, en un ritual amoroso sin caricias, sin besos y sin futuro; a menos que alguno proceda a cometer una traición a su forma de ser. Porque una de las cosas que estamos claros al verlos tratar de ser algo más que dos conocidos del trabajo; es que si existe algo peor que un amor no correspondido; esto es un amor recíproco sin valentía.

Estos anhelos tarde o temprano desaparecen. Se van diluyendo como las palabras arcaicas en un diccionario que dejan de formar parte del lenguaje de la gente.

Patricio mira por un instante el rostro de Natalia; ella parece concentrada en un punto fijo del tablero del elevador, «Mírame», implora para sus adentros. Luego vuelve su vista hacia adelante con la derrota en sus ojos.

Ahora Natalia lo observa. Que sus miradas converjan puede cambiarlo todo en un instante, pero no es este el día, y un manto de tristeza la invade al ver que él mira la pantalla de su móvil.

Tan sólo si alguno se atreviese. O que el destino les de un pequeño empujón para que sus miradas por fin se encontrasen, que los dos noten lo que hasta ahora ha sido un terreno desconocido. Son como dos músicos que tocan con un ligero tiempo de desfase. Por separado son intérpretes prodigiosos, pero en ese momento la falta de coordinación arruina toda posibilidad de armonía.

El visor con los números indicando que van subiendo parece la cuenta regresiva hacia una sentencia de muerte; una nueva incertidumbre en sus corazones. Darían lo que fuera para que un desperfecto les diera la posibilidad de pasar más tiempo junto, ambos miran con desazón. Ese breve instante de compañía está por acabar. Un día más sin tener valor; luego, ocho horas sin sabor a nada, como la bossa nova que suena en el ascensor.

Del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, con esa pequeña ventana de dos minutos en que todas las ilusiones se vuelcan en que ocurra una sola cosa que puede cambiar sus grises vidas en medio del concreto de la ciudad.

Pero hoy no será ese día. Para ellos sólo hay un viaje en metro, unas horas de netflix, alimentar al gato; y ver el facebook del otro coqueteando con la idea de enviar una solicitud de amistad soñando que algo cambie.

¿Cuánto durará todo eso? Nosotros no tenemos la respuesta. Vive escondida dentro de ellos en las capas más profundas, esperando algún día salir a la superficie antes que todo se diluya en la nada.

 

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