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El dilema de Asimov

La unidad cibernética XRT8 estaba completamente destruida. De lo que en su momento fue considerada la mejor máquina antidisturbios de la policía ya no quedaba nada. Transistores aún chispeantes y circuitos derretidos eran el único vestigio de aquella proeza de la inteligencia artificial.

A un costado, las ruinas de la ciudad de Nueva Macintosh eran un caos de fuego apocalíptico. XRT8 no fue capaz de frenar la amenaza de bomba que días antes el grupo radical Friedman había anunciado.

Cuando el equipo de reconocimiento llegó al sitio del suceso, aún no comprendían como  XRT8 había fracasado. Extrajeron la caja negra del robot y volvieron a la base.

Los ingenieros forenses quedaron perplejos ante el descuido humano. El robot no fue destruido en la explosión, su sistema operativo activó la secuencia de autodestrucción al advertir que la única forma de salvar al millón de habitantes de Nueva Macintosh era matando al líder terrorista.

Las fuerzas de paz fueron vencidas por la primera ley de la robótica.

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