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El lápiz mágico

El Doctor Requena era un excelente médico. Sé que hablo en pasado pese a que aún vive. De hecho, estoy seguro que si frente a sus ojos ocurriese una emergencia, sabría solucionarla con la misma habilidad y precisión de antaño, pero la costumbre es hablar en pasado cuando la persona aludida llega al fondo del abismo, y eso es lo que ocurrió con Requena.

Llegó al hospital Claudio Vicuña hace quince años, recién titulado de la mejor facultad de medicina de todo el país. Sus calificaciones fueron casi perfectas y era considerado el niño prodigio de la medicina actual. De inmediato se ganó las simpatías de quienes lo rodeaban. No sólo era un médico talentoso, su vocación parecía que lo envolvía como un aura o un perfume que todos notaban apenas entraban en contacto con él.

Hasta ahora parece la típica historia del médico que llega a un hospital pequeño de ciudad pequeña y marca la diferencia en la salud pública. Y de todo corazón me habría gustado que fuera así, pero todo tiene un punto de inflexión. Un punto donde  las cosas se tuercen y no hay vuelta atrás, donde todo lo que alguna vez se construyó se borra de súbito y nada puede resurgir del caos, y eso fue lo que realmente sucedió en aquel hospital con la vida del doctor Requena.

¿Cómo empezó la desazón? ¿Qué hecho puntual sembró la desesperanza? Como un ave que se posa en un árbol para plantar su nido el sentimiento de angustia se posó en el corazón de Requena sin aviso.

Todo partió con un paciente muerto. ¿Qué tiene de especial un fallecido en un hospital? La vida y la muerte  se superponen todos los días en un ciclo sin fin. Y al medio, están los funcionarios de salud, que tratan de doblarle la mano a la parca, sin saber que lo único que hacen es retrasar un poco lo inevitable.

Se llamaba Antonio. A sus diecisiete años su ficha clínica parecía un almanaque mundial. Y cuando a tan corta edad tu historial clínico es extenso, sólo se puede asegurar una cosa: La vida se había ensañado con su persona.

Requena de inmediato sintió una gran simpatía hacia el joven. Ambos compartían gustos similares pese a las diferencias de edad, Antonio asistía al mismo colegio que su hija pequeña, y fue él quien detectó el cáncer de pulmón. Durante mucho tiempo todos creyeron que lo lograron a tiempo, sin embargo las constantes recaídas indicaron que todo fue una ilusión.

La impotencia destruyó día a día la confianza del médico. Odiaba al mundo y se odiaba a si mismo por no ser capaz de hacer algo para salvar la vida del joven. Era un observador de la muerte gradual de Antonio que, con una esperanza que desgarraba el alma aún se aferraba a la vida, pese a que esa batalla ya estaba perdida.

Murió una mañana de Julio: Ese día no solo el joven dejó de existir; también desapareció con él la alegría de sus padres y la del propio doctor Requena, que era incapaz de creer que un Dios bondadoso fuera capaz de permitir algo así.

Si creen que en ese momento Requena tocó fondo, aún es muy pronto. Esto sólo fue la puerta de entrada. Si no fuera por su familia, hace rato que Requena habría desertado. Bastó con la muerte de Antonio, para que un velo se descubriera ante los ojos del médico. Como si una verdad oculta desde hace siglos fuera descubierta en una epifanía.

Su trabajo ya no lo colmaba de alegría, Era frustrante para él ver cómo tantas personas que no debían morir, o mejor dicho, no merecían morir, dejaban este mundo, y, en cambio, personas que ya habían cumplido su ciclo en esta vida, se salvaban como por arte de magia. Si Dios actúa de formas misteriosas, es porque tiene  un humor retorcido.

Pronto el tiempo se fue sucediendo, como miles de postales anodinas en tonos grises que sólo sirven para llenar el vacío. Requena aún conservaba sus conocimientos y su excelencia como facultativo; sin embargo algo dentro de él no andaba bien. Su alegría, se esfumó por completo, y en su lugar, una máscara fue reemplazándola con el fin de guardar las apariencias.

Un día, mientras llenaba el papeleo de costumbre, alguien llamó a la puerta de su despacho.

— Doctor Requena— dijo una voz insignificante—, necesito hablar con usted.

La primera impresión que tuvo el médico al ver a aquel hombre, fue la de alguien que está esperando la muerte desde hace años. De hecho, se sorprendió al verlo vestido con un traje a dos tonos que no le sentaba nada de bien, con las mangas más largas de lo normal, como lo usan normalmente los evangélicos cuando predican en las plazas de los pueblos. Podría pasar desapercibido como un paciente oncológico, si en vez de traje, estuviera vestido con la bata del hospital y con una vía intravenosa conectada a su brazo.

— ¿Quién es usted y qué desea?— fue la seca respuesta del facultativo.

— Déjeme presentarme— dijo secándose el sudor de la frente—. Soy Juan Soto, representante de laboratorios Sas Tango. Tengo algo que puede servirle. Es mejor que todos los medicamentos y procedimientos inventados a la fecha…

— Señor Soto, no quiero ofenderlo, pero para mí los visitadores médicos son unos mercenarios que venden su alma a las farmacéuticas, que son organismos mafiosos.

— Espere— dijo Soto, mientras sacaba algo de su maletín—. Déjeme hacer una demostración.

Sacó un lápiz de finas terminaciones. A Requena le extrañó que un lápiz tan lujoso perteneciera a un ser tan insignificante. Sólo con el valor de este podría mejorar ese traje mal hecho.

— Este lápiz que está aquí perteneció a varios médicos famosos a través de la historia. El mismo Asclepio lo fabricó hace miles de años y eso le valió la ira de los dioses. Si usted lo ocupa solucionará todos los problemas que lo hacen dudar de su profesión. Piénselo, nunca más tendrá que pasar por el sufrimiento que le causó la vida de Antonio…

— ¿Cómo sabes eso? — dijo mientras los sostenía violentamente desde las solapas.

— Clama doctor. La persona para quien trabajo le gusta saber todo acerca de sus futuros clientes. Es por eso que me envío para solucionar sus problemas.

— No creo nada de lo que dices. Y quiero que sepas que no toleraré que me espíen de forma tan fácil. Juro que los demandaré, porque lo que hacen es ilegal.

— Al menos deje hacer una demostración…

Soto cogió el lápiz y con tranquilidad escribió en una hoja de evolución clínica que Requena tenía en su escritorio “El doctor sintió una cefalea que por poco lo arroja al piso; luego de quince segundos se recuperó por completo”.

Requena sintió como si un mazazo lo fulminara de inmediato, a duras penas aguantó las ganas de vomitar. De haber sido posible, habría deseado la muerte en aquel mismo instante. Quince segundos después se incorporó como nuevo.

— ¿Qué le pareció la demostración?— El semblante de Soto cambió a una mirada astuta—. Imagine las posibilidades que tiene frente a usted. Si lo acepta, podrá salvar todas las vidas que desee. Su fama crecerá día a día y podrá ayudar a todos los que lo necesitan. Ningún niño, o joven volverá a morir mientras usted sea el médico. Sólo debe escribir en la ficha clínica la evolución y todo ocurrirá tal como lo desee. Le dejaré el lápiz en su escritorio. Usted decide.

Soto no agregó más. De la misma forma en que irrumpió, abandonó la oficina. No hubo apretón de manos ni palabras cordiales, sólo una partida con prisa y al doctor sentado aún sin poder digerir si aquello era real o un mal sueño.

No se perdía nada con intentarlo. Las primeras veces eran incursiones tímidas en la ficha clínica. Cosas sencillas del tipo “paciente responde a tratamiento con antibióticos”, cosas que a su vez se cumplían con exactitud.

Requena aún no lo podía creer, sin embargo un día dobló la apuesta. Un sábado de madrugada, un joven ingresó apuñalado después de defender a su novia de un asalto. Los exámenes eran lapidarios. Hemotórax bilateral, y perforación de grandes vasos. Morir era la única alternativa que le esperaba al joven. Requena debía actuar cuanto antes y decidió jugársela ante lo inminente del desenlace.

— ¡Rápido, instalen trampa de agua!— Eran las órdenes desesperadas que Requena daba—. ¡Controlen la hemorragia!

Mientras el equipo de urgencias cumplía al pie de la letra cada una de las instrucciones, Requena empezó a escribir con mano temblorosa: “Paciente estable luego de instalación de trampa de agua. Presión pulmonar se mantiene en rangos normales. Responde positivamente a la intervención”.

Como por arte de magia, los signos vitales del joven se estabilizaron y al cabo de un par de semanas fue dado de alta con una mejoría perfecta.

Para Requena fue una nueva oportunidad de creer en su trabajo. A partir de ese día empezó a salvar a todos aquellos que los métodos tradicionales no podían. Bastaba con escribir una nueva evolución clínica para que sus pacientes escapasen de la muerte. No crean que usaba el lápiz de forma indiscriminada. Requena usaba los poderes para los casos más complejos, en los que no había nada por hacer y en los pacientes que no merecían morir.

¿Quiénes merecía vivir? ¿Acaso una vida no es más importante que otra? Era un dilema de todos los días para el doctor, pero no era conveniente salvar a un paciente de más de noventa años. A ellos intentaba salvar sin usar el lápiz. Si mejoraban, genial, si no, así es la vida.

Su fama se extendió por toda la región. Pacientes de otras ciudades suplicaban para ser trasladados al hospital. Sabían que si Requena los atendía, era el pase seguro para curar sus males, y en muchos casos, sobrevivir a una muerte segura.

La vida es una sucesión de ciclos. Tarde o temprano a Requena tendría que pasarle. Los que estuvieron con él el día de su caída tienen hasta ahora opiniones divididas. Por un lado entendían sus acciones, sabían que vivió una situación límite y comprendían que esa reacción era una alternativa plausible. En cambio otros lo condenaron, diciendo que abandonó sus deberes y ante eso debía tener el mayor repudio posible.

Una noche de guardia como costumbre, Requena esperaba ansioso la primera oleada de pacientes. Por ser día sábado era común que llegasen apuñalados en riñas, personas que sufrieron accidentes automovilísticos por culpa de la imprudencia y el alcohol.  El lo sabía. Los años en el oficio lo adaptaron para esas situaciones, pero nadie está preparado para la situación que se vivió esa noche.

“Paciente de quince años, sexo femenino. De acuerdo al informe del equipo de rescato, sufrió un accidente automovilístico en la intersección de las calle Barros Luco con Curicó. Colisión frontal con un camión de reparto cuando el chofer del vehículo menor en donde ella iba no respetó el semáforo en rojo. Ninguno de los dos llevaba cinturón de seguridad. Ambos salieron despedidos del vehículo. La autopsia determinará si el conductor iba bajo la influencia del alcohol, por ahora la policía está limpiando el desastre que dejaron los sesos del chofer desparramándose por el piso. La joven sufrió fracturas costales de la primera hasta la última. Perforación de la arteria femoral y es probable que presente hemotórax. Aún no ha sido identificada porque no presentaba documentos y luego del accidente presenta un edema bastante importante en la cara”.

El médico sabía que debía actuar cuanto antes, tomó su lápiz y fue corriendo a la sala de urgencia en donde estaba la joven.

— ¿Cómo se encuentra?— preguntó al equipo de enfermería.

— Su pulso desciende de forma peligrosa, creo que no lo logrará, contamos con usted.

Requena tomó la ficha, dejándola lista para escribir la evolución milagrosa. Apartó al resto del personal para examinar a la paciente, cuando, atónito, contempló en la mesa de procedimientos a su hija.

Quiso vomitar ante la imagen de ver a su hija al borde de la muerte. En otras circunstancias otro médico ayudaría, pero el sabía que ante eso, solo él podía hacer algo. Aguantó la escena y dio instrucciones. Pronto empezaron a estabilizarla, aunque no sabían por cuanto tiempo. Era hora de usar el lápiz, Requena lo sabía y con horror vio que ya no tenía tinta.

Nadie entiende lo que ocurrió a partir de eso. Requena tomó su lápiz y se marchó del lugar mientras su hija agonizaba. Los que lo defienden argumentan que fue el estado de shock, y al final eso lo salvó de muchos juicios morales.

El resto del equipo le gritaba que volviese. Sin embargo el médico, con los ojos a punto de salir de sus cuencas, y con una sonrisa desencajada, decía “debo buscar tinta para mi lápiz, así la podré salvar”.

Lo buscaron por todo el hospital. Todos los esfuerzos para dar con él eran infructuosos. Por otra parte, su hija moría a los quince años de edad en la sala de urgencias del hospital Claudio Vicuña mientras su padre se marchaba. Fue un golpe para todos.

Al final, esa noche, lograron encontrar al doctor Requena. En la morgue, mientras practicaban la autopsia de Bárbara Requena, apareció él con la mirada perdida, el brazo sangrando y el lápiz goteando sangre El forense, amigo suyo de la facultad no salía de su sorpresa, pero lo más impactante fue la voz de Requena, que extendiendo la mano con el lápiz sangrante exclamó con una voz gutural:

“Ya encontré tinta. Déjame salvar a mi hija”…

 

 

 

 

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