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El cartel del bosque encantado

Señor Juez, medios de comunicación, habitantes del reino encantado; les escribo por una sola razón: quiero que escuchen mi versión de los hechos para que entiendan como un complot todo fue un complot que me llevó a la desgracia. Merezco desahogarme. Veinte años de servicio activo en la policía del reino me han dado ese derecho.
Todas las acusaciones que me han lanzado son mentiras para enlodar mi misión como agente antinarcóticos. Soy consciente que mis métodos poco ortodoxos me valieron el apodo de “La reina malvada”, pero deben saber que todas las noches que ustedes dormían tranquilos, todos los días que sus hijos estuvieron alejados de esa mierda de droga, fue gracias a mi trabajo.
Llevábamos meses tras la pista de la mayor banda criminal del reino. Por culpa de ellos el bosque ya no era un lugar seguro. Dominaban cada rincón del bosque. Los senderos en que las ninfas y demás criaturas jugaban alegremente, hace tiempo habían dejado de ser tranquilos, todo porque los malditos lograron introducir cocaína de alta pureza traída desde Mordor. Era común ver hadas drogándose entre las sombras de los árboles y vendiendo sus cuerpos a cualquier troll para poder pagar el infame vicio de la caspa del diablo.
Sabía de los peligros de meterse con narcos, así que actué sólo con mi compañero Forest Hunter, un gran hombre, el mejor compañero que alguien podía desear.
Se ofreció de voluntario para infiltrarse en la banda de los siete y así atrapar a su cabecilla, pero después de unas semanas los muy hijos de puta lo asesinaron. Eso no apareció en la prensa, no le convenía al rey, sin embargo los malditos nos enviaron un mensaje de advertencia. En una caja de cristal estaba el corazón aún sangrante de Hunter. Su cuerpo jamás fue encontrado.
El mensaje tuvo el efecto deseado. El jefe de policía se cagó de miedo y cerró la operación. “Se acabó, perdimos”, fue lo que le escuché decir.
No podía aceptar eso, y más aún si la persona a la que debía apresar era mi propia hija.
¿Ustedes creen que le dicen Blancanieves por su piel y belleza? Están equivocados, es por la droga que mueve. Rompimos nuestra relación hace varios años, cuando, luego de venderle un potente narcótico a una de sus amigas de la escuela de princesas, esta quedó en coma, y hasta el día de hoy, “la bella durmiente”, como le dicen el personal del hospital mágico del reino, sigue sin despertar.
Pensé que esa sería la última, y lamento hasta el día de hoy estar equivocada. Supe que se asoció con esos miserables enanos. Los negocios mineros son una fachada para tapar el laboratorio de cocaína que tienen instalado. Cada uno de ellos cumple una misión. Por ejemplo Gruñón es su guardaespalda y soldado. El asesinato de mi compañero tiene su sello de crueldad. Hace varios años el capitán garfio perdió el brazo en una lucha de territorio. Nunca confesó quién lo hizo, pero era un secreto a voces de que fue él.
Debía actuar. Mi hija, mejor dicho mi hijastra estaba descontrolada. Aún me cuestiono en qué fallé como madrastra. Tal vez estaba tan centrada en proteger al bosque que la dejé de lado tratando de cuidarla, suena irónico.
Me dirigí al bosque para hablar con mi informante sin avisar a mis superiores. “Espejito, espejito ¿Dónde está la hija de puta de mi hijastra?”.
A espejo lo conocí cuando era un proxeneta, se convirtió en informante a cambio de protección. Si quería saber la ubicación de alguien, él era el indicado y esta vez no fue la excepción. Supe el paradero de Blanca. Era tiempo de saldar cuentas.
A las dos horas de caminar por el bosque di con la casa de los enanos. Usé mis prismáticos y pude ver a Tontín y Tímido custodiando la entrada. Feliz y Dormilón se drogaban en el cuarto contiguo. Doc estaba fabricando meta de la buena junto a Mocoso; y Gruñón como siempre cuidando a su jefa.
Armé mi rifle de precisión, la operación no admitía margen de error. Un sudor frío recorrió mi frente mientras pensaba en mi compañero asesinado. «Esto va por ti», pensé, y descargué dos tiros limpios en las cabezas de los guardias. Sus sesos se convirtieron en puré de enanos, sólo faltaban cinco. Tiré gas dentro de la casa y luego rompí una ventana trasera mientras descargaba mi rifle de asalto sobre la casa. No falta decir que hice mierda a los enanos. Era toda una masacre. Gruñón vomitaba sangre mientras protegía a Blancanieves. Era una escena que seguro Forest Hunter disfrutó desde el más allá.
Por fin estábamos frente a frente. «No sé qué hice mal contigo hija, pero esto se acaba aquí», le dije.
«Tú no eres mi madre y nunca lo serás, puta de mierda». Sus palabras me afectaron por una fracción de segundo. Tiempo suficiente para que me disparara en el brazo y pudiera huir.
No era dolor lo que me impidió seguirla, era la impotencia del fracaso. Pude lanzar gritos ahogados el tiempo suficiente antes que llegara la policía y me pidiera explicaciones por lo sucedido.
Ese día comenzó mi caída. Blancanieves huyó del país y se casó con el príncipe de los narcos de Sinaloa, que usó sus influencias en las altas esferas para hundirme. Sobornó jueces y contrató a un par de hermanos para que escribieran la versión distorsionada de la historia.
En cuestión de meses pasé de ser la oficial más condecorada a un paria de la sociedad, solo espejo conocía mi secreto, lo que no ayudaba mucho. ¿Le creerían ustedes a un ex proxeneta?
Es por eso que ahora escribo mi versión de los hechos, antes que los putos hermanos Grimm sigan desprestigiándome.

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