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Pensamientos en la penumbra

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Diez de la noche, llevo tres horas afuera de un departamento en la playa. Aún
no aparece nadie.
Cuando me aburro tengo la mala costumbre de hablar solo, como si le
estuviera contando a alguien lo que estoy viviendo. Creo que tendré que
cambiar de rubro y aceptar la oferta de un ex colega y ser socios en una
empresa de seguridad.
La única compañía que tengo es un quiltro que me mira con cara de querer el
sándwich que tengo en mi mano izquierda. Le doy un trozo y este empieza a
mover la cola. Ambos no sabemos que estamos haciendo ahí, para él es
comprensible, forma parte de su naturaleza, o tal vez es supervivencia; yo soy
el más perdido en este binomio.
Me convertí en detective privado hace tres años, la misma cantidad de tiempo
que llevo fuera de la PDI. Al principio quería disfrutar el retiro y ponerme al día
con varios asuntos pendientes. El viaje al norte, construir el quincho; en fin,
todas esas cosas que uno deja postergadas por cumplir el deber. Sin embargo
el anhelo de una vida más rutinaria al final se desvanece como una promesa
hecha a la ligera y, tarde o temprano, la rutina, o el deseo de acción es más
fuerte que el retiro.
Que idiota soy.
La culpa fue de mis años en medio de los casos más fuertes que alguien podría
ver; eso aderezado con horas leyendo novelas negras para matar el tiempo,
fueron la mezcla perfecta para que decidiera dedicarme a la investigación
privada. La idealización es una cosa y la realidad tarde o temprano choca de
golpe con lo que uno pensaba. No hay gabardinas para agazaparse en la
noche mientras matas el frío con un vaso de whisky, no hay mujeres
voluptuosas que en agradecimientos a tus servicios te dedican un beso, y algo
más, por un trabajo bien hecho. La vida real del investigador privado es algo
distinto. Siempre traigo conmigo mi Jericho por si hay algún peligro, pero en
estos años a lo único que le he disparado es a unos tarros guachos en la
parcela de mi hermano.
Diez treinta de la noche, Sólo entran un par de taxis con el reggaetón a todo
volumen, luces de neón y llantas cromadas. Que mal gusto. Creo que es hora
de abandonar esto.
Espero un poco, pienso en los casos que he resuelto. Al final son todo lo
mismo, al igual que mis clientes, sólo viejos con plata y cuernos en sus
cabezas. Típicas personas que tratan de comer más de lo que pueden tragar.
Creen que su dinero y poder puede comprar todo lo que quieran, incluso
fidelidad de minas ricas. Tal vez al principio la dinámica funcione. Ellas, jóvenes
y con un poco de interés, caen deslumbradas ante el poder que ostentan estos
hombres. Luego vienen los regalos. Los viajes se hacen frecuentes, la tarjeta
de crédito adicional los primeros años llegan a lanzar humo, con cada compra
comienzan a compensar algunas cosas que faltan. Y los viejos no entienden
que una vez que logran la conquista no deben retenerla, al final todos se hacen
daño. Que entiendan de una vez por todas que ellas son mucha carne para tan
poco perro y el sólo hecho de poder pasar una mísera noche con ellas es
demasiado bueno para ellos. Porque claro, al principio todo parece idílico, pero
de a poco esas grietas tapadas con dinero ya no se pueden enmascarar. He
visto muchos de esos casos y siempre tienen el mismo resultado. La
infidelidad.
No las juzgo, entiendo completamente sus motivos, a veces me siento
miserable al descubrirlas e informarle a mis clientes, pero trabajo es trabajo, al
final salimos todos ganando, excepto quien me contrata. Ellas reciben el dinero
del divorcio con un acuerdo bastante jugoso con tal de que no se divulguen los
cuernos que muchas veces vienen acompañados de problemas en la cama,
porque a tipos poderosos como ellos el orgullo les duele más que cualquier
cosa en el mundo.
Y al final de todo estoy yo, por supuesto, cobrando grandes honorarios por
descubrir lo que nadie quiere que se descubra.
Diez cuarenta y cinco, por fin veo el auto que cumple la descripción. Se
detienen en el estacionamiento y saco mis prismáticos. Una pareja se baja de
forma discreta, no hay duda, son ellos.
La joven, ex reina de belleza, es la esposa de mi cliente, la acompaña un tipo
musculoso vestido con una sudadera sencilla. La historia se repite, casi
siempre es el “personal trainer”.
Durante unos segundos ella se ve con miedo, sus lentes oscuros tienen el
efecto contrario para el que estaban pensados, cualquiera que la ve de
inmediato sabe que quiere ocultar algo. Vacila un poco, mira nerviosa para
todos lados, pero un toqueteo espontaneo por parte de su amante la trae a la
calma.
Ya está confirmada la infidelidad, ahora debo hacer unas fotos y mostrarle la
verdad incómoda al marido engañado. La pistola se siente fría en mi pecho,
creo que la dejaré en casa para mi próximo trabajo.
Se encienden las luces, al parecer perdieron el pudor en el momento que
entraron al departamento. No se molestan en cerrar las cortinas. Normal, están
en un pueblo costero un día de semana en invierno, de seguro nadie los está
observando, o eso creen.
Se desnudan, no pierden el tiempo en preliminares, de seguro llevaban
bastante tiempo esperando estar a solas. Justo aprovecharon el viaje fuera del
país de mi cliente para poder estar juntos. No pierden el tiempo y de inmediato
él la penetra en contra de la ventana. La imagen resulta sugerente y es la mejor
oportunidad para sacar unas fotos. Con ellas el trabajo está terminado. Saco un
cigarro y empiezo a disfrutar del espectáculo. A veces algún caso me ofrece
este tipo de imágenes. No me quejo, algunas veces he sido yo quien se ha
convertido en el patas negras, aunque en esos casos sólo confirmo la
infidelidad.
Por fin acaban, duró más de lo pensado. Especulo que su marido debe ser
impotente o precoz. También medito que ella será mucho más feliz después de
separarse.
Me acuerdo de cosas intrascendentes, mañana debo sacar la basura, después
de eso haré con calma el informe, si mal no recuerdo la esposa infiel me
pareció verla de antes de ser reina de belleza, ahora lo recuerdo, hace unos
años bailaba en bikini en un programa juvenil de esos que no aportan mucho.
Once treinta, un vehículo se detiene, uso los binoculares y veo que alguien se
baja. Esto ha dado un giro inesperado, el que se baja del auto no es otro más
que el marido engañado.
Analizo todos sus movimientos, pero es difícil analizar la inmovilidad cuando
cuesta ver el rostro. ¿Qué estará haciendo aquí? Pasa varios minutos en la
misma posición. Estoy intrigado, su viaje sólo fue una fachada. De pronto
vuelve al auto. La pareja en el segundo piso aún no se percata, están en la
cocina comiendo algo mientras coquetean. Los matorrales sirven de escondite
perfecto para el marido. Por fin vuelve a escena, algo tiene en sus manos. Es
un arma.
La mente y mi cuerpo funcionan a ritmos distintos e imágenes como un
relámpago se superponen recordando mi entrenamiento, esto tiene mala pinta.
Siento mi corazón golpeando mis costillas, debo actuar rápido para poder evitar
un crimen, aprieto el mango de mi arma y siento ese frío que extrañaba desde
hace tres años. El peso del arma en mi mano me genera una sensación de
nostalgia. Bajo del auto y me muevo casi como un autómata. Debo
apresurarme.

Pese a todo no siento miedo.

Nunca lo he tenido…

 

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Melquiades (un micro inspirado en mi abuelo).

Es otro Domingo en la cancha de Estrella de Chile. De a poco los viejos se equipan y por una hora revivirán los partidos de antaño.

La camiseta celeste del Atlético estrella vuelve luego de varios años de olvido. Su fundador murió hace ya mucho y su hermano, don Melquiades, revive al club por un instante. Él ya no juega, sus más de ochenta años le impiden unirse a la acción, pero mira desde las graderías, nostálgico, el desempeño de su equipo.

Pasan los minutos y el panorama no es favorable, ya van 3 goles en contra y la cosa no parece que vaya a mejorar.

Por fin el partido termina y otra vez acaba en derrota. Pese a todo Don Melquiades se retira contento, porque con cada partido siente que mantiene más vivo el recuerdo de su hermano.

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De vago por la vida

Hola chicos. Hace ya bastante tiempo que no subo material nuevo. Este año he escrito menos de lo que me gustaría, sin embargo estoy avanzando en un nuevo proyecto (la novela, eh eh eh eh).

Por otra parte, hay historias que están a punto de ver la luz en este blog.

Ha sido un año ajetreado, entre deporte, trabajo (pago mis cuentas laborando en un hospital),  estudio de diplomado y docencia, he estado al borde del colapso.

 

Nos leemos pronto.