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Unas décimas para Piñera (Gato de campo).

Un guiña está fugitivo

Brazos cortos mal armado

Incluso un banco ha robado

se nos muestra positivo

ese pillo vomitivo

Que abusa de la ignorancia

del pueblo con eficacia

vendiéndoles la pomada

aunque deje la cagada

con su moral algo rancia

tiene a la monga de goma,

sus hijos de palo blanco

nietos socios de atraco

y como si fuera broma

  corrupción en el genoma

Sus amigos son peores

Pero sólo son peones

Ahora formalizados

ex ministros querellados

son corruptos por montones

La masa igual por él vota

Aún viendo sus chanchullos

Es maestro del chamullo

Cree que nadie lo nota

Piensa que la gente es tonta

De eso Piñi se equivoca

Ya no más dedo en la boca

A pesar del facho pobre

Que su codicia zozobre

Para darle un tapaboca

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Cuando nos marchamos

 

 

―Tenemos que hablar.

Al otro lado de la línea, las tres peores palabras que una persona puede escuchar sonaron como un balazo en mi cabeza.

Intenté que me respondiera, que me diera más detalles de la situación, pero el golpe del teléfono al colgar interrumpió aquella conversación unilateral que se daba entre nosotros, dos futuros desconocidos.

Javiera no me dio ni siquiera una oportunidad de hacer mi apología a la vida de pareja y al amor que sentíamos el uno por el otro; aquel discurso prefabricado que tantas veces dio resultado cuando las cosas se tornaban tensas entre ambos. Cogí una chaqueta, mis llaves y con esa sensación de vacío que experimentan sólo aquellos que esperan malas noticias, me subí al auto para ir a encontrarme con ella y tratar de salvar algo que estaba desahuciado y aún trataba de mantener con vida.

Casi me salté una luz roja tratando de ordenar en vano mis ideas; en esa situación siempre es imposible.

Enfilé por la avenida principal mientras pasaba por los mismos paisajes que tantas veces recorrí acompañado. Era raro pensar que pronto caminaría solo por las mismas calles. Eso es lo malo de los términos. Muchos lugares quedan prohibidos a lo menos por una temporada. Es una ley que no está escrita por ningún lado, pero funciona igual para todos. Evitas acercarte por el miedo o la incomodidad de ver a la otra protagonista de la historia. Ambos hacen un esfuerzo por no coincidir y al final terminas topándote cuando menos lo pienses en un sitio completamente distinto. Al menos las parejas que viven en ciudades grandes o en una ciudad diferente a la de su ex lo tienen más fácil. Basta con cerrar la página y volver de forma gradual a tu vida antigua, si es que aún no te has olvidado cómo era.

Pasé por las calles del centro, y me detuve en un semáforo. Fijé distraído mi mirada en un muchacho de no más de veinte años que hacía trabajos en la techumbre de un edificio de cinco pisos. Martillaba con fingido entusiasmo y con la prolijidad de aquel que sabe que debe hacer esa tarea de forma correcta porque de lo contrario un fin mayor podía desmoronarse. Por sus rasgos pude notar que no era de mi país, probablemente fuera de Perú o Bolivia. No tenía arnés de seguridad y sentí rabia por mis compatriotas, que se aprovechan de la necesidad de los inmigrantes para hacerlos laborar en condiciones precarias.

Nuestras miradas se cruzaron y atiné a sonreír mientras asentía con la cabeza. Él devolvió mi saludo con una sonrisa honesta. Durante esa fracción de segundo se creó una especie de camaradería entre ambos que era el resultado de entender que pese a todo ambos estábamos solos, realizando una tarea que no queríamos efectuar, y que sin embargo estábamos obligados a cumplirla porque era nuestro deber, y que si no la hacíamos parte de nuestro propósito se iría por la borda.

Quizá estaba sensible por la situación a la que estaba a punto de enfrentarme. Faltaba poco para llegar y traté de recordar los posibles errores que tal vez cometí durante el tiempo que pasamos juntos. Por más que traté no recordaba nada extraño, al contrario, creo que fui un gran novio, eso sí; hay que admitir que uno siempre olvida lo más importante.

Estacioné en el estacionamiento de visitas de su edificio. Don Armando, el conserje, Me recibió con una gran sonrisa.

―Tanto tiempo don Mario― dijo―, desde la semana pasada que no lo veía venir. Avisaré a la señorita Josefa que usted está aquí. Trate de venir más seguido.

―Trataré de no perderme―mentí. En el fondo sabía que sería casi imposible volver a pisar ese sitio, era casi seguro que extrañaría a aquel viejo simpático que de vez en cuando me quitaba unos minutos hablando de libros y de películas clásicas. Al terminar no solo terminas con una persona, rompes con todo un entorno.

Caminé sin sentir mis piernas. La fatiga ante lo inevitable me provocaba náuseas. Cuanto más rápido, mejor para ambos, no obstante, era una tortura la idea de cruzar esa puerta. Decidí subir por las escaleras para saborear lo que quizás fueran los últimos momentos que visitaría ese departamento ubicado en pleno centro y que conocía en todo detalle. Las escaleras cubiertas de esa alfombra verde musgo de la que en más de una ocasión bromee con la idea de que la pusieron a propósito para encubrir los hongos que aparecían por la humedad.

Mientras subía recordé cuando la conocí. No fue una historia tan extraordinaria. Más bien fue de una simpleza cotidiana, como tantas otras parejas que viven a lo largo del mundo. En una fiesta, una amiga la llevó, Javiera no conocía a nadie y quedó sola. Yo por mi parte, estaba aburrido y coincidimos en el mismo sofá. Conversamos, eso sí lo recuerdo, de cosas triviales. Desde música (no concordábamos, ella era tan Alex Ubago y yo tan Arcade Fire), hasta de nuestra. Las horas se hicieron cortas y quedamos de hablar en la semana. Tal vez no sea la mujer más profunda del mundo, y en mi contra puedo decir que muchas veces era pedante, pero logramos salir a flote. Ella transmitía esa aura de liviandad en su actuar, que hacía que cualquiera se sintiese cómodo. La forma en que se arreglaba el pelo al ponerse nerviosa fue algo que me conmovió, y en parte, eso me ayudó para saber cómo iba el resto de la charla.

Como es natural, después de un par de citas nos dimos nuestro primer beso. A eso se siguieron más paseos por el parque, una noche loca en la que tuvimos sexo torpe, y luego, un encuentro planificado cuidando cada detalle.

Pensé por un instante que la vida era perfecta. Una linda novia, cinco años de estabilidad, vacaciones en común y todas esas cosas que envuelven a las parejas en el flagelo de la rutina. Ninguno de los dos sospechaba que eso nos iría consumiendo de a poco. Todo empieza con ciertos detalles. Ya ninguno de los dos planea salir a comer fuera. El sexo todos los días se reduce a raciones esporádicas. El mal humor, las actitudes pasivo- agresivas, en fin, todo fue convergiendo para un final en el que bastaba que uno de los dos diera el primer paso.

Y en este caso fue ella.

Por fin quedé frente a su departamento. Resulta extraño cuando uno sospecha que algo se desatará y que por más que uno intente arreglarlo nada podrá cambiar el resultado. Ahí estaba yo, viendo la puerta en la que un felpudo que decía “bienvenidos” saludaba a los visitantes. Mi mente ensayaba las frases que debía decir para ganar tiempo y salvar una relación que llevaba muerta hace rato, o por lo menos agonizaba. La costumbre y la falsa estabilidad son el peor veneno para las personas; en la mayoría de los casos creemos que esa seguridad que nos da una rutina de pareja es lo normal. Repetimos sin descanso la misma secuencia que nuestro entorno. Salimos del colegio, entramos a la universidad, trabajamos, conocemos a alguien, vida en pareja, casorio, hijos y ellos repetirán el ciclo. Trabajamos sin darnos cuenta que eso nos absorbe la mayor parte del tiempo. Dejamos de lado otras cosas y nuestra vida se reduce a un par de cosas.

Es raro como las situaciones complejas liberan tus procesos mentales. En ese momento estaba decidido a solucionar todo. Mi mano apenas era capaz de buscar las llaves en mi bolsillo. Un simple movimiento tan sencillo demoró una eternidad, o tal vez apenas fueron unos segundos, pero la lucidez ante el desastre me hizo desmenuzar cada centésima para atesorar los que serían los últimos momentos en ese lugar tan familiar.

Nunca fui bueno para el juego de buscar las siete diferencias. Es por eso que cuando entré al piso nada parecía haber cambiado. El reloj con forma de gato parecía sonar con más fuerza, como si quisiera mostrarme el inexorable paso del tiempo. Mostrarme que con cada segundo que pasaba, un segundo era eliminado de esta historia. Caminé temeroso, con un nudo en el estómago, y ahí estaba ella; serena, toda su fisonomía parecía de hielo. No pude leer pena en su rostro, sino más bien una fuerte resolución de alguien que había planeado todo de antemano.

―Mi amor, llegué lo más pronto que pude― intenté romper un poco el hielo que había colonizado aquel espacio―, me tenías preocupado.

―Siéntate― su voz parecía una sentencia.

Tragué saliva, tuve miedo de que el silencio le permitiese a ella sentir los ruidos de mi nerviosismo. Mis ojos trataban de descifrar todo lo que ese rostro intentaba ocultar antes de que expulse sus argumentos como una tormenta. Hace unas horas creía saber todo de Javiera, sin embargo, la persona que tenía al frente era completamente distinta a la mujer de la que me despedí en la mañana.

―Te debo una disculpa― continuó―, pero ha pasado mucho tiempo con esto guardado. No quiero que me interrumpas, necesito desahogarme antes de que me hagas alguna pregunta. No sabes cómo me siento, ni siquiera yo lo sé en este momento. Estos años han sido muy buenos, con altibajos como todas las parejas, pero hace varios meses que siento desasosiego. Al principio no lo comprendía. Intentaba cerrar los ojos para dormir y de la nada una pesadez me invadía. No era capaz de conciliar el sueño. Primero pensé en un insomnio pasajero. Encendía la televisión para ver si eso me ayudaba a dormir, pero con el tiempo supe que era más que eso. Estaba ahogada de todo, de la vida que llevo, de lo que me he convertido. Despertar todas las mañanas cansada, sabiendo que el ciclo se repetirá una y otra vez. Si sigo así me convertiré en una carga para ti, y lo que es peor, terminaré culpándote de cosas de las que nunca fuiste responsable.

Su voz fue adquiriendo un tono cada vez más críptico, no había enojo, ni reproches en sus palabras, sólo el abatimiento de alguien que se está desahogando por fin luego de tanto tiempo.

En ese instante estaba inmóvil en el sofá, escuchando todo lo que tenía que decirme. Por mi mente aparecían los posibles argumentos que podía esgrimir a mi favor y que me ayudarían, de ser posible que ella no se fuera de mi vida.

―Esto es difícil― prosiguió―, hay muchas cosas que debo aclarar y que requieren tiempo para que puedan calmarse, tuve que tomar mucho valor para estar hablando frente a ti, y quiero que sepas que nada de lo que ocurrirá es por tu culpa. Cada una de mis decisiones son deliberadas, tu no las forzaste. Es más, podemos decir que eres una víctima; y eso es lo que más me duele, una víctima de mis actos.

Lo único que tengo claro es que debo seguir esta nueva etapa sola. Ahora debes estar preguntándote si de haber sido otro, esto habría terminado igual. Y luego de pensarlo varias noches, se que con otro es muy seguro que aún estaría en pareja. No por el hecho de que tengas la culpa, al contrario. Has sido demasiado bueno conmigo, y eso es lo que me ha hecho pensar en lo vacía que está mi vida. Ese vacío debo llenarlo por mí misma.

Si estuviese con una persona más simple que tú, es probable que habría sido arrastrada en la monotonía de la costumbre. Estaría conforme con una vida simplona, porque ese tedio me habría impedido ver más allá de lo que podría necesitar en la vida. Y te doy las gracias, aunque sufro por lo que debes pasar a partir de ahora”.

Algunas personas describen que un accidente cerebro vascular es como perder el sentido y mantenerse despierto. Las palabras de Javiera hicieron ese mismo efecto en mi cabeza. La perplejidad dio paso a una serie de emociones que se atropellaban entre sí con el único objetivo de manifestarse, dando como resultado un errático desfile de gestos al unísono que se muestran de forma caótica e incomprensible. Ver destruida la vida que tienes planeada es una experiencia en parte liberadora, Sin saberlo afloran desde lo más profundo todos esos rasgos de personalidad que llevan años sin saber que existen.

La odié por un instante, de eso no cabe la menor duda, con cada segundo que pasaba, cada rastro de amor que aún existía, luchaba por sobrevivir. En un acto inconsciente me abalancé sobre ella, y queriendo perpetuar ese momento le di un torpe abrazo.

― ¿Hubo alguien más? ― pregunté tratando de buscar una explicación más lógica a todo lo que se avecinaba.

―Por favor…

Algo no estaba bien, bajó su mirada. En el fondo sigue siendo la misma.

―Necesito saberlo―imploré.

―Fue algo de una noche―contestó llorando―, Una noche que trabajaste hasta tarde me sentía sola y quise ir a beber una copa. Mi crisis había empezado hace poco. Ese vacío quemaba por dentro. No sabía que era y pensé que a lo mejor una aventura era lo que buscaba para llenarlo. No fue difícil. Había muchos oficinistas jóvenes a esa hora. Hice contacto visual con uno de ellos; no era bonito si eso te sirve de algo. Conversamos las típicas estupideces que se dicen para romper el hielo. A la hora estábamos camino hacia un motel del centro. El encuentro fue rápido y el vacío no desapareció. Luego pedí un uber y cuando llegué a casa lloré hasta que llegaste. Me odié por la traición que cometí. Merezco tu odio y creo que es mejor que lo hagas, aunque la mayor parte de mí quiere lo contrario…

En ese instante todas mis defensas fueron destruidas. Supe de inmediato que su decisión era irrevocable. Pese al engaño, todo mi ser quería mantenerla a mi lado, aunque la única parte racional que quedaba en mi cuerpo era consciente de que aquello era el fin. Sólo atiné a estrecharla entre mis brazos.

A veces trato de recordar los hechos que se fueron sucediendo en aquel departamento. Como un detective que investiga una escena de un crimen, trato de tomar todas las pistas, todas las acciones que desencadenaron los acontecimientos vividos durante esas horas, pero por más que lo intento, mis esfuerzos se vuelven inútiles tratando de encontrar el detonante de todo. En mi memoria, faltan piezas, quizás las más importantes.

El calor de su cuerpo, en un segundo nuestras bocas besándose en lo que serían los últimos instantes, Nuestras ropas tiradas en el suelo. Su cuerpo desnudo en la cama mientras besaba cada centímetro de su piel para llevarme cada detalle al reino del recuerdo.

Cuando estuve dentro de ella Nadie hablaba. Gemidos ahogados, jadeos silenciosos. Cada uno de nosotros trataba de retener el momento para no olvidarlo en el futuro. Era más que sexo, era la forma de que no muriese el simbolismo de lo que alguna vez vivimos.

Mi mano tomaba su nuca mientras la otra tomabas sus nalgas con fuerza con el secreto deseo de que, al acabar, el resultado fuese el mismo que el vivido por Hermafrodito y Salmacis.

A veces no se puede tener todo.

No miramos por última vez y acabe dentro de ella. En ese momento no pensaba en las consecuencias, y de haber ocurrido algo inesperado, era un motivo para tener algo que nos uniera. Aunque ahora siento que fue lo mejor que nada pasase.

Me vestí, ella hizo lo mismo y se marchó del piso. Me dijo que me tomara mi tiempo para sacar las pocas pertenencias que eran mías.

Quería al menos un último beso. Sólo una mirada indiferente recibí como respuesta. Si hubiese sabido que el momento en que cerró la puerta fue el último en que la vi en mi vida, habría hecho algo para detenerla. Pero eso es lo que tiene la vida; no te permite reescribir las cosas. Ahora entiendo la dicha de los escritores que pueden modificar la trama a su antojo.

De Javiera nunca más supe, sólo por amigos me enteré que viajo al sur y se instaló con una posada para turistas.

Aquel día buscaba explicaciones. Cuando uno ve desatarse el desastre frente a sus ojos, todos los males del mundo aparecen como una alternativa plausible, y aunque uno sepa que en el futuro todo desaparecerá, aún así la parte racional de uno es vencida por la emocionalidad.

Con la derrota como estandarte, tomé la caja con mis cosas, y caminé en silencio, como un cortejo fúnebre de un solo hombre, pensando aún en todo lo que había cambiado mi vida en tan poco tiempo. Subí al auto, y enfilé el camino hacia mi departamento.

Tomé el mismo camino de regreso. Cuando llegué al semáforo, un caos estaba formado en la calle. Ambulancias y carabineros cortaban el paso y como un acto instintivo bajé para preguntarle a alguien qué había pasado.

“Un inmigrante cayó desde el quinto piso, estaba sin arnés”. Avancé a paso firme y ahí estaba. Debajo del plástico para cubrir cadáveres, lo que alguna vez fue el joven que me saludó en el semáforo ahora era algo sin vida; su gorro era lo único que se veía en la crueldad de la ciudad.

Volví a mi automóvil y esperé en silencio hasta poder pasar. Aquella noche pensaba decaer en la amargura y quedar a merced del recuerdo, pese a todo lo vivido, hice algo completamente diferente, brindé a la memoria de la única persona que me entregó una sonrisa honesta ese día.

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Pensamientos en la penumbra

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Diez de la noche, llevo tres horas afuera de un departamento en la playa. Aún
no aparece nadie.
Cuando me aburro tengo la mala costumbre de hablar solo, como si le
estuviera contando a alguien lo que estoy viviendo. Creo que tendré que
cambiar de rubro y aceptar la oferta de un ex colega y ser socios en una
empresa de seguridad.
La única compañía que tengo es un quiltro que me mira con cara de querer el
sándwich que tengo en mi mano izquierda. Le doy un trozo y este empieza a
mover la cola. Ambos no sabemos que estamos haciendo ahí, para él es
comprensible, forma parte de su naturaleza, o tal vez es supervivencia; yo soy
el más perdido en este binomio.
Me convertí en detective privado hace tres años, la misma cantidad de tiempo
que llevo fuera de la PDI. Al principio quería disfrutar el retiro y ponerme al día
con varios asuntos pendientes. El viaje al norte, construir el quincho; en fin,
todas esas cosas que uno deja postergadas por cumplir el deber. Sin embargo
el anhelo de una vida más rutinaria al final se desvanece como una promesa
hecha a la ligera y, tarde o temprano, la rutina, o el deseo de acción es más
fuerte que el retiro.
Que idiota soy.
La culpa fue de mis años en medio de los casos más fuertes que alguien podría
ver; eso aderezado con horas leyendo novelas negras para matar el tiempo,
fueron la mezcla perfecta para que decidiera dedicarme a la investigación
privada. La idealización es una cosa y la realidad tarde o temprano choca de
golpe con lo que uno pensaba. No hay gabardinas para agazaparse en la
noche mientras matas el frío con un vaso de whisky, no hay mujeres
voluptuosas que en agradecimientos a tus servicios te dedican un beso, y algo
más, por un trabajo bien hecho. La vida real del investigador privado es algo
distinto. Siempre traigo conmigo mi Jericho por si hay algún peligro, pero en
estos años a lo único que le he disparado es a unos tarros guachos en la
parcela de mi hermano.
Diez treinta de la noche, Sólo entran un par de taxis con el reggaetón a todo
volumen, luces de neón y llantas cromadas. Que mal gusto. Creo que es hora
de abandonar esto.
Espero un poco, pienso en los casos que he resuelto. Al final son todo lo
mismo, al igual que mis clientes, sólo viejos con plata y cuernos en sus
cabezas. Típicas personas que tratan de comer más de lo que pueden tragar.
Creen que su dinero y poder puede comprar todo lo que quieran, incluso
fidelidad de minas ricas. Tal vez al principio la dinámica funcione. Ellas, jóvenes
y con un poco de interés, caen deslumbradas ante el poder que ostentan estos
hombres. Luego vienen los regalos. Los viajes se hacen frecuentes, la tarjeta
de crédito adicional los primeros años llegan a lanzar humo, con cada compra
comienzan a compensar algunas cosas que faltan. Y los viejos no entienden
que una vez que logran la conquista no deben retenerla, al final todos se hacen
daño. Que entiendan de una vez por todas que ellas son mucha carne para tan
poco perro y el sólo hecho de poder pasar una mísera noche con ellas es
demasiado bueno para ellos. Porque claro, al principio todo parece idílico, pero
de a poco esas grietas tapadas con dinero ya no se pueden enmascarar. He
visto muchos de esos casos y siempre tienen el mismo resultado. La
infidelidad.
No las juzgo, entiendo completamente sus motivos, a veces me siento
miserable al descubrirlas e informarle a mis clientes, pero trabajo es trabajo, al
final salimos todos ganando, excepto quien me contrata. Ellas reciben el dinero
del divorcio con un acuerdo bastante jugoso con tal de que no se divulguen los
cuernos que muchas veces vienen acompañados de problemas en la cama,
porque a tipos poderosos como ellos el orgullo les duele más que cualquier
cosa en el mundo.
Y al final de todo estoy yo, por supuesto, cobrando grandes honorarios por
descubrir lo que nadie quiere que se descubra.
Diez cuarenta y cinco, por fin veo el auto que cumple la descripción. Se
detienen en el estacionamiento y saco mis prismáticos. Una pareja se baja de
forma discreta, no hay duda, son ellos.
La joven, ex reina de belleza, es la esposa de mi cliente, la acompaña un tipo
musculoso vestido con una sudadera sencilla. La historia se repite, casi
siempre es el “personal trainer”.
Durante unos segundos ella se ve con miedo, sus lentes oscuros tienen el
efecto contrario para el que estaban pensados, cualquiera que la ve de
inmediato sabe que quiere ocultar algo. Vacila un poco, mira nerviosa para
todos lados, pero un toqueteo espontaneo por parte de su amante la trae a la
calma.
Ya está confirmada la infidelidad, ahora debo hacer unas fotos y mostrarle la
verdad incómoda al marido engañado. La pistola se siente fría en mi pecho,
creo que la dejaré en casa para mi próximo trabajo.
Se encienden las luces, al parecer perdieron el pudor en el momento que
entraron al departamento. No se molestan en cerrar las cortinas. Normal, están
en un pueblo costero un día de semana en invierno, de seguro nadie los está
observando, o eso creen.
Se desnudan, no pierden el tiempo en preliminares, de seguro llevaban
bastante tiempo esperando estar a solas. Justo aprovecharon el viaje fuera del
país de mi cliente para poder estar juntos. No pierden el tiempo y de inmediato
él la penetra en contra de la ventana. La imagen resulta sugerente y es la mejor
oportunidad para sacar unas fotos. Con ellas el trabajo está terminado. Saco un
cigarro y empiezo a disfrutar del espectáculo. A veces algún caso me ofrece
este tipo de imágenes. No me quejo, algunas veces he sido yo quien se ha
convertido en el patas negras, aunque en esos casos sólo confirmo la
infidelidad.
Por fin acaban, duró más de lo pensado. Especulo que su marido debe ser
impotente o precoz. También medito que ella será mucho más feliz después de
separarse.
Me acuerdo de cosas intrascendentes, mañana debo sacar la basura, después
de eso haré con calma el informe, si mal no recuerdo la esposa infiel me
pareció verla de antes de ser reina de belleza, ahora lo recuerdo, hace unos
años bailaba en bikini en un programa juvenil de esos que no aportan mucho.
Once treinta, un vehículo se detiene, uso los binoculares y veo que alguien se
baja. Esto ha dado un giro inesperado, el que se baja del auto no es otro más
que el marido engañado.
Analizo todos sus movimientos, pero es difícil analizar la inmovilidad cuando
cuesta ver el rostro. ¿Qué estará haciendo aquí? Pasa varios minutos en la
misma posición. Estoy intrigado, su viaje sólo fue una fachada. De pronto
vuelve al auto. La pareja en el segundo piso aún no se percata, están en la
cocina comiendo algo mientras coquetean. Los matorrales sirven de escondite
perfecto para el marido. Por fin vuelve a escena, algo tiene en sus manos. Es
un arma.
La mente y mi cuerpo funcionan a ritmos distintos e imágenes como un
relámpago se superponen recordando mi entrenamiento, esto tiene mala pinta.
Siento mi corazón golpeando mis costillas, debo actuar rápido para poder evitar
un crimen, aprieto el mango de mi arma y siento ese frío que extrañaba desde
hace tres años. El peso del arma en mi mano me genera una sensación de
nostalgia. Bajo del auto y me muevo casi como un autómata. Debo
apresurarme.

Pese a todo no siento miedo.

Nunca lo he tenido…

 

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Melquiades (un micro inspirado en mi abuelo).

Es otro Domingo en la cancha de Estrella de Chile. De a poco los viejos se equipan y por una hora revivirán los partidos de antaño.

La camiseta celeste del Atlético estrella vuelve luego de varios años de olvido. Su fundador murió hace ya mucho y su hermano, don Melquiades, revive al club por un instante. Él ya no juega, sus más de ochenta años le impiden unirse a la acción, pero mira desde las graderías, nostálgico, el desempeño de su equipo.

Pasan los minutos y el panorama no es favorable, ya van 3 goles en contra y la cosa no parece que vaya a mejorar.

Por fin el partido termina y otra vez acaba en derrota. Pese a todo Don Melquiades se retira contento, porque con cada partido siente que mantiene más vivo el recuerdo de su hermano.

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De vago por la vida

Hola chicos. Hace ya bastante tiempo que no subo material nuevo. Este año he escrito menos de lo que me gustaría, sin embargo estoy avanzando en un nuevo proyecto (la novela, eh eh eh eh).

Por otra parte, hay historias que están a punto de ver la luz en este blog.

Ha sido un año ajetreado, entre deporte, trabajo (pago mis cuentas laborando en un hospital),  estudio de diplomado y docencia, he estado al borde del colapso.

 

Nos leemos pronto.

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¡Que viva la marraqueta! (Y los químicos y las químicas)

Incandescente

Post enviado por el Dr Rodrigo Aguilar Maureira

Mientras pensaba en una idea para mi primera entrada en Incandescente.cl, recordé que el ejercicio de escribir es tremendamente bipolar. El “bloqueo de escritor” puede tenerte sumido por días en la sequía y nunca sabes cuando ¡paf! la idea aparece ahí, lista para ser estampada en el papel (o, en este caso, en un word). Y tan interesante como la idea misma, es el contexto en el que aparece.

La historia de hoy comienza con una marraqueta.

Sí, amamos la marraqueta

Por si usted no lo sabe, Chile es un país que AMA el pan. Algunos estudios han indicado que, después de Alemania, somos el país que más lo consume en el mundo. Si no me cree y es chileno, imagine o recuerde la desazón que se siente al ir a un restaurante en el extranjero y que no…

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El cartel del bosque encantado

Señor Juez, medios de comunicación, habitantes del reino encantado; les escribo por una sola razón: quiero que escuchen mi versión de los hechos para que entiendan como un complot todo fue un complot que me llevó a la desgracia. Merezco desahogarme. Veinte años de servicio activo en la policía del reino me han dado ese derecho.
Todas las acusaciones que me han lanzado son mentiras para enlodar mi misión como agente antinarcóticos. Soy consciente que mis métodos poco ortodoxos me valieron el apodo de “La reina malvada”, pero deben saber que todas las noches que ustedes dormían tranquilos, todos los días que sus hijos estuvieron alejados de esa mierda de droga, fue gracias a mi trabajo.
Llevábamos meses tras la pista de la mayor banda criminal del reino. Por culpa de ellos el bosque ya no era un lugar seguro. Dominaban cada rincón del bosque. Los senderos en que las ninfas y demás criaturas jugaban alegremente, hace tiempo habían dejado de ser tranquilos, todo porque los malditos lograron introducir cocaína de alta pureza traída desde Mordor. Era común ver hadas drogándose entre las sombras de los árboles y vendiendo sus cuerpos a cualquier troll para poder pagar el infame vicio de la caspa del diablo.
Sabía de los peligros de meterse con narcos, así que actué sólo con mi compañero Forest Hunter, un gran hombre, el mejor compañero que alguien podía desear.
Se ofreció de voluntario para infiltrarse en la banda de los siete y así atrapar a su cabecilla, pero después de unas semanas los muy hijos de puta lo asesinaron. Eso no apareció en la prensa, no le convenía al rey, sin embargo los malditos nos enviaron un mensaje de advertencia. En una caja de cristal estaba el corazón aún sangrante de Hunter. Su cuerpo jamás fue encontrado.
El mensaje tuvo el efecto deseado. El jefe de policía se cagó de miedo y cerró la operación. “Se acabó, perdimos”, fue lo que le escuché decir.
No podía aceptar eso, y más aún si la persona a la que debía apresar era mi propia hija.
¿Ustedes creen que le dicen Blancanieves por su piel y belleza? Están equivocados, es por la droga que mueve. Rompimos nuestra relación hace varios años, cuando, luego de venderle un potente narcótico a una de sus amigas de la escuela de princesas, esta quedó en coma, y hasta el día de hoy, “la bella durmiente”, como le dicen el personal del hospital mágico del reino, sigue sin despertar.
Pensé que esa sería la última, y lamento hasta el día de hoy estar equivocada. Supe que se asoció con esos miserables enanos. Los negocios mineros son una fachada para tapar el laboratorio de cocaína que tienen instalado. Cada uno de ellos cumple una misión. Por ejemplo Gruñón es su guardaespalda y soldado. El asesinato de mi compañero tiene su sello de crueldad. Hace varios años el capitán garfio perdió el brazo en una lucha de territorio. Nunca confesó quién lo hizo, pero era un secreto a voces de que fue él.
Debía actuar. Mi hija, mejor dicho mi hijastra estaba descontrolada. Aún me cuestiono en qué fallé como madrastra. Tal vez estaba tan centrada en proteger al bosque que la dejé de lado tratando de cuidarla, suena irónico.
Me dirigí al bosque para hablar con mi informante sin avisar a mis superiores. “Espejito, espejito ¿Dónde está la hija de puta de mi hijastra?”.
A espejo lo conocí cuando era un proxeneta, se convirtió en informante a cambio de protección. Si quería saber la ubicación de alguien, él era el indicado y esta vez no fue la excepción. Supe el paradero de Blanca. Era tiempo de saldar cuentas.
A las dos horas de caminar por el bosque di con la casa de los enanos. Usé mis prismáticos y pude ver a Tontín y Tímido custodiando la entrada. Feliz y Dormilón se drogaban en el cuarto contiguo. Doc estaba fabricando meta de la buena junto a Mocoso; y Gruñón como siempre cuidando a su jefa.
Armé mi rifle de precisión, la operación no admitía margen de error. Un sudor frío recorrió mi frente mientras pensaba en mi compañero asesinado. «Esto va por ti», pensé, y descargué dos tiros limpios en las cabezas de los guardias. Sus sesos se convirtieron en puré de enanos, sólo faltaban cinco. Tiré gas dentro de la casa y luego rompí una ventana trasera mientras descargaba mi rifle de asalto sobre la casa. No falta decir que hice mierda a los enanos. Era toda una masacre. Gruñón vomitaba sangre mientras protegía a Blancanieves. Era una escena que seguro Forest Hunter disfrutó desde el más allá.
Por fin estábamos frente a frente. «No sé qué hice mal contigo hija, pero esto se acaba aquí», le dije.
«Tú no eres mi madre y nunca lo serás, puta de mierda». Sus palabras me afectaron por una fracción de segundo. Tiempo suficiente para que me disparara en el brazo y pudiera huir.
No era dolor lo que me impidió seguirla, era la impotencia del fracaso. Pude lanzar gritos ahogados el tiempo suficiente antes que llegara la policía y me pidiera explicaciones por lo sucedido.
Ese día comenzó mi caída. Blancanieves huyó del país y se casó con el príncipe de los narcos de Sinaloa, que usó sus influencias en las altas esferas para hundirme. Sobornó jueces y contrató a un par de hermanos para que escribieran la versión distorsionada de la historia.
En cuestión de meses pasé de ser la oficial más condecorada a un paria de la sociedad, solo espejo conocía mi secreto, lo que no ayudaba mucho. ¿Le creerían ustedes a un ex proxeneta?
Es por eso que ahora escribo mi versión de los hechos, antes que los putos hermanos Grimm sigan desprestigiándome.