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El lápiz mágico

El Doctor Requena era un excelente médico. Sé que hablo en pasado pese a que aún vive. De hecho, estoy seguro que si frente a sus ojos ocurriese una emergencia, sabría solucionarla con la misma habilidad y precisión de antaño, pero la costumbre es hablar en pasado cuando la persona aludida llega al fondo del abismo, y eso es lo que ocurrió con Requena.

Llegó al hospital Claudio Vicuña hace quince años, recién titulado de la mejor facultad de medicina de todo el país. Sus calificaciones fueron casi perfectas y era considerado el niño prodigio de la medicina actual. De inmediato se ganó las simpatías de quienes lo rodeaban. No sólo era un médico talentoso, su vocación parecía que lo envolvía como un aura o un perfume que todos notaban apenas entraban en contacto con él.

Hasta ahora parece la típica historia del médico que llega a un hospital pequeño de ciudad pequeña y marca la diferencia en la salud pública. Y de todo corazón me habría gustado que fuera así, pero todo tiene un punto de inflexión. Un punto donde  las cosas se tuercen y no hay vuelta atrás, donde todo lo que alguna vez se construyó se borra de súbito y nada puede resurgir del caos, y eso fue lo que realmente sucedió en aquel hospital con la vida del doctor Requena.

¿Cómo empezó la desazón? ¿Qué hecho puntual sembró la desesperanza? Como un ave que se posa en un árbol para plantar su nido el sentimiento de angustia se posó en el corazón de Requena sin aviso.

Todo partió con un paciente muerto. ¿Qué tiene de especial un fallecido en un hospital? La vida y la muerte  se superponen todos los días en un ciclo sin fin. Y al medio, están los funcionarios de salud, que tratan de doblarle la mano a la parca, sin saber que lo único que hacen es retrasar un poco lo inevitable.

Se llamaba Antonio. A sus diecisiete años su ficha clínica parecía un almanaque mundial. Y cuando a tan corta edad tu historial clínico es extenso, sólo se puede asegurar una cosa: La vida se había ensañado con su persona.

Requena de inmediato sintió una gran simpatía hacia el joven. Ambos compartían gustos similares pese a las diferencias de edad, Antonio asistía al mismo colegio que su hija pequeña, y fue él quien detectó el cáncer de pulmón. Durante mucho tiempo todos creyeron que lo lograron a tiempo, sin embargo las constantes recaídas indicaron que todo fue una ilusión.

La impotencia destruyó día a día la confianza del médico. Odiaba al mundo y se odiaba a si mismo por no ser capaz de hacer algo para salvar la vida del joven. Era un observador de la muerte gradual de Antonio que, con una esperanza que desgarraba el alma aún se aferraba a la vida, pese a que esa batalla ya estaba perdida.

Murió una mañana de Julio: Ese día no solo el joven dejó de existir; también desapareció con él la alegría de sus padres y la del propio doctor Requena, que era incapaz de creer que un Dios bondadoso fuera capaz de permitir algo así.

Si creen que en ese momento Requena tocó fondo, aún es muy pronto. Esto sólo fue la puerta de entrada. Si no fuera por su familia, hace rato que Requena habría desertado. Bastó con la muerte de Antonio, para que un velo se descubriera ante los ojos del médico. Como si una verdad oculta desde hace siglos fuera descubierta en una epifanía.

Su trabajo ya no lo colmaba de alegría, Era frustrante para él ver cómo tantas personas que no debían morir, o mejor dicho, no merecían morir, dejaban este mundo, y, en cambio, personas que ya habían cumplido su ciclo en esta vida, se salvaban como por arte de magia. Si Dios actúa de formas misteriosas, es porque tiene  un humor retorcido.

Pronto el tiempo se fue sucediendo, como miles de postales anodinas en tonos grises que sólo sirven para llenar el vacío. Requena aún conservaba sus conocimientos y su excelencia como facultativo; sin embargo algo dentro de él no andaba bien. Su alegría, se esfumó por completo, y en su lugar, una máscara fue reemplazándola con el fin de guardar las apariencias.

Un día, mientras llenaba el papeleo de costumbre, alguien llamó a la puerta de su despacho.

— Doctor Requena— dijo una voz insignificante—, necesito hablar con usted.

La primera impresión que tuvo el médico al ver a aquel hombre, fue la de alguien que está esperando la muerte desde hace años. De hecho, se sorprendió al verlo vestido con un traje a dos tonos que no le sentaba nada de bien, con las mangas más largas de lo normal, como lo usan normalmente los evangélicos cuando predican en las plazas de los pueblos. Podría pasar desapercibido como un paciente oncológico, si en vez de traje, estuviera vestido con la bata del hospital y con una vía intravenosa conectada a su brazo.

— ¿Quién es usted y qué desea?— fue la seca respuesta del facultativo.

— Déjeme presentarme— dijo secándose el sudor de la frente—. Soy Juan Soto, representante de laboratorios Sas Tango. Tengo algo que puede servirle. Es mejor que todos los medicamentos y procedimientos inventados a la fecha…

— Señor Soto, no quiero ofenderlo, pero para mí los visitadores médicos son unos mercenarios que venden su alma a las farmacéuticas, que son organismos mafiosos.

— Espere— dijo Soto, mientras sacaba algo de su maletín—. Déjeme hacer una demostración.

Sacó un lápiz de finas terminaciones. A Requena le extrañó que un lápiz tan lujoso perteneciera a un ser tan insignificante. Sólo con el valor de este podría mejorar ese traje mal hecho.

— Este lápiz que está aquí perteneció a varios médicos famosos a través de la historia. El mismo Asclepio lo fabricó hace miles de años y eso le valió la ira de los dioses. Si usted lo ocupa solucionará todos los problemas que lo hacen dudar de su profesión. Piénselo, nunca más tendrá que pasar por el sufrimiento que le causó la vida de Antonio…

— ¿Cómo sabes eso? — dijo mientras los sostenía violentamente desde las solapas.

— Clama doctor. La persona para quien trabajo le gusta saber todo acerca de sus futuros clientes. Es por eso que me envío para solucionar sus problemas.

— No creo nada de lo que dices. Y quiero que sepas que no toleraré que me espíen de forma tan fácil. Juro que los demandaré, porque lo que hacen es ilegal.

— Al menos deje hacer una demostración…

Soto cogió el lápiz y con tranquilidad escribió en una hoja de evolución clínica que Requena tenía en su escritorio “El doctor sintió una cefalea que por poco lo arroja al piso; luego de quince segundos se recuperó por completo”.

Requena sintió como si un mazazo lo fulminara de inmediato, a duras penas aguantó las ganas de vomitar. De haber sido posible, habría deseado la muerte en aquel mismo instante. Quince segundos después se incorporó como nuevo.

— ¿Qué le pareció la demostración?— El semblante de Soto cambió a una mirada astuta—. Imagine las posibilidades que tiene frente a usted. Si lo acepta, podrá salvar todas las vidas que desee. Su fama crecerá día a día y podrá ayudar a todos los que lo necesitan. Ningún niño, o joven volverá a morir mientras usted sea el médico. Sólo debe escribir en la ficha clínica la evolución y todo ocurrirá tal como lo desee. Le dejaré el lápiz en su escritorio. Usted decide.

Soto no agregó más. De la misma forma en que irrumpió, abandonó la oficina. No hubo apretón de manos ni palabras cordiales, sólo una partida con prisa y al doctor sentado aún sin poder digerir si aquello era real o un mal sueño.

No se perdía nada con intentarlo. Las primeras veces eran incursiones tímidas en la ficha clínica. Cosas sencillas del tipo “paciente responde a tratamiento con antibióticos”, cosas que a su vez se cumplían con exactitud.

Requena aún no lo podía creer, sin embargo un día dobló la apuesta. Un sábado de madrugada, un joven ingresó apuñalado después de defender a su novia de un asalto. Los exámenes eran lapidarios. Hemotórax bilateral, y perforación de grandes vasos. Morir era la única alternativa que le esperaba al joven. Requena debía actuar cuanto antes y decidió jugársela ante lo inminente del desenlace.

— ¡Rápido, instalen trampa de agua!— Eran las órdenes desesperadas que Requena daba—. ¡Controlen la hemorragia!

Mientras el equipo de urgencias cumplía al pie de la letra cada una de las instrucciones, Requena empezó a escribir con mano temblorosa: “Paciente estable luego de instalación de trampa de agua. Presión pulmonar se mantiene en rangos normales. Responde positivamente a la intervención”.

Como por arte de magia, los signos vitales del joven se estabilizaron y al cabo de un par de semanas fue dado de alta con una mejoría perfecta.

Para Requena fue una nueva oportunidad de creer en su trabajo. A partir de ese día empezó a salvar a todos aquellos que los métodos tradicionales no podían. Bastaba con escribir una nueva evolución clínica para que sus pacientes escapasen de la muerte. No crean que usaba el lápiz de forma indiscriminada. Requena usaba los poderes para los casos más complejos, en los que no había nada por hacer y en los pacientes que no merecían morir.

¿Quiénes merecía vivir? ¿Acaso una vida no es más importante que otra? Era un dilema de todos los días para el doctor, pero no era conveniente salvar a un paciente de más de noventa años. A ellos intentaba salvar sin usar el lápiz. Si mejoraban, genial, si no, así es la vida.

Su fama se extendió por toda la región. Pacientes de otras ciudades suplicaban para ser trasladados al hospital. Sabían que si Requena los atendía, era el pase seguro para curar sus males, y en muchos casos, sobrevivir a una muerte segura.

La vida es una sucesión de ciclos. Tarde o temprano a Requena tendría que pasarle. Los que estuvieron con él el día de su caída tienen hasta ahora opiniones divididas. Por un lado entendían sus acciones, sabían que vivió una situación límite y comprendían que esa reacción era una alternativa plausible. En cambio otros lo condenaron, diciendo que abandonó sus deberes y ante eso debía tener el mayor repudio posible.

Una noche de guardia como costumbre, Requena esperaba ansioso la primera oleada de pacientes. Por ser día sábado era común que llegasen apuñalados en riñas, personas que sufrieron accidentes automovilísticos por culpa de la imprudencia y el alcohol.  El lo sabía. Los años en el oficio lo adaptaron para esas situaciones, pero nadie está preparado para la situación que se vivió esa noche.

“Paciente de quince años, sexo femenino. De acuerdo al informe del equipo de rescato, sufrió un accidente automovilístico en la intersección de las calle Barros Luco con Curicó. Colisión frontal con un camión de reparto cuando el chofer del vehículo menor en donde ella iba no respetó el semáforo en rojo. Ninguno de los dos llevaba cinturón de seguridad. Ambos salieron despedidos del vehículo. La autopsia determinará si el conductor iba bajo la influencia del alcohol, por ahora la policía está limpiando el desastre que dejaron los sesos del chofer desparramándose por el piso. La joven sufrió fracturas costales de la primera hasta la última. Perforación de la arteria femoral y es probable que presente hemotórax. Aún no ha sido identificada porque no presentaba documentos y luego del accidente presenta un edema bastante importante en la cara”.

El médico sabía que debía actuar cuanto antes, tomó su lápiz y fue corriendo a la sala de urgencia en donde estaba la joven.

— ¿Cómo se encuentra?— preguntó al equipo de enfermería.

— Su pulso desciende de forma peligrosa, creo que no lo logrará, contamos con usted.

Requena tomó la ficha, dejándola lista para escribir la evolución milagrosa. Apartó al resto del personal para examinar a la paciente, cuando, atónito, contempló en la mesa de procedimientos a su hija.

Quiso vomitar ante la imagen de ver a su hija al borde de la muerte. En otras circunstancias otro médico ayudaría, pero el sabía que ante eso, solo él podía hacer algo. Aguantó la escena y dio instrucciones. Pronto empezaron a estabilizarla, aunque no sabían por cuanto tiempo. Era hora de usar el lápiz, Requena lo sabía y con horror vio que ya no tenía tinta.

Nadie entiende lo que ocurrió a partir de eso. Requena tomó su lápiz y se marchó del lugar mientras su hija agonizaba. Los que lo defienden argumentan que fue el estado de shock, y al final eso lo salvó de muchos juicios morales.

El resto del equipo le gritaba que volviese. Sin embargo el médico, con los ojos a punto de salir de sus cuencas, y con una sonrisa desencajada, decía “debo buscar tinta para mi lápiz, así la podré salvar”.

Lo buscaron por todo el hospital. Todos los esfuerzos para dar con él eran infructuosos. Por otra parte, su hija moría a los quince años de edad en la sala de urgencias del hospital Claudio Vicuña mientras su padre se marchaba. Fue un golpe para todos.

Al final, esa noche, lograron encontrar al doctor Requena. En la morgue, mientras practicaban la autopsia de Bárbara Requena, apareció él con la mirada perdida, el brazo sangrando y el lápiz goteando sangre El forense, amigo suyo de la facultad no salía de su sorpresa, pero lo más impactante fue la voz de Requena, que extendiendo la mano con el lápiz sangrante exclamó con una voz gutural:

“Ya encontré tinta. Déjame salvar a mi hija”…

 

 

 

 

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El dilema de Asimov

La unidad cibernética XRT8 estaba completamente destruida. De lo que en su momento fue considerada la mejor máquina antidisturbios de la policía ya no quedaba nada. Transistores aún chispeantes y circuitos derretidos eran el único vestigio de aquella proeza de la inteligencia artificial.

A un costado, las ruinas de la ciudad de Nueva Macintosh eran un caos de fuego apocalíptico. XRT8 no fue capaz de frenar la amenaza de bomba que días antes el grupo radical Friedman había anunciado.

Cuando el equipo de reconocimiento llegó al sitio del suceso, aún no comprendían como  XRT8 había fracasado. Extrajeron la caja negra del robot y volvieron a la base.

Los ingenieros forenses quedaron perplejos ante el descuido humano. El robot no fue destruido en la explosión, su sistema operativo activó la secuencia de autodestrucción al advertir que la única forma de salvar al millón de habitantes de Nueva Macintosh era matando al líder terrorista.

Las fuerzas de paz fueron vencidas por la primera ley de la robótica.

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Soledades urbanas

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El reloj del vestíbulo marcaba las siete menos veinte de la mañana. «Maldición, es muy temprano», se dijo Patricio.

Miró hacia todos lados, nervioso, y suspiró aliviado. Aún no llega Natalia. En un acto torpe, fue  hacia el baño para hacer un poco de tiempo en lo que ella llega.

En el café cruzando la calle Natalia mira con preocupación. «Son las siete menos veinte. ¡Llegó antes, no puede ser!».

A duras penas, cogió el muffin y lo puso en su boca, con su mano izquierda tomó el capuccino y con la otra pagó en caja, y mientras equilibraba con una habilidad que no envidiaría a ningún malabarista, cruzó la calle a toda velocidad para encontrarse con Patricio.

Con la respiración agitada debido al esfuerzo, Natalia vio con felicidad que él esperaba la llegada del elevador. Lo que ella no sabía, es que él, al verla cruzar la calle, se ubicó en posición para esperarla.

Uno al lado del otro, un amistoso cruce de miradas y una sonrisa que esconde años de amor no declarado; luego, un silencio que contiene todos los sentimientos del mundo. Natalia bajó la mirada, sus mejillas adquieren un tono carmín que Patricio interpreta como algo natural al cambio de clima que hay en el exterior comparado con el edificio.

El timbre del ascensor rompe el silencio incómodo de los dos jóvenes que aún no se atreven a dar el primer paso. Ambos entran, y una canción popular interpretada en versión bossa nova, es el telón de fondo de una historia que se ha repetido sin fin desde que aquellos dos se vieron por primera vez hace seis meses. Al igual que la canción, inofensiva y que no deja huellas en quien la escucha, ellos dejan pasar una oportunidad de ser felices, o al menos de ser algo.

Sin darse cuenta siquiera de lo que ocurre dentro de la cabeza del otro, hacen lo posible para coincidir en aquel espacio del día, en un ritual amoroso sin caricias, sin besos y sin futuro; a menos que alguno proceda a cometer una traición a su forma de ser. Porque una de las cosas que estamos claros al verlos tratar de ser algo más que dos conocidos del trabajo; es que si existe algo peor que un amor no correspondido; esto es un amor recíproco sin valentía.

Estos anhelos tarde o temprano desaparecen. Se van diluyendo como las palabras arcaicas en un diccionario que dejan de formar parte del lenguaje de la gente.

Patricio mira por un instante el rostro de Natalia; ella parece concentrada en un punto fijo del tablero del elevador, «Mírame», implora para sus adentros. Luego vuelve su vista hacia adelante con la derrota en sus ojos.

Ahora Natalia lo observa. Que sus miradas converjan puede cambiarlo todo en un instante, pero no es este el día, y un manto de tristeza la invade al ver que él mira la pantalla de su móvil.

Tan sólo si alguno se atreviese. O que el destino les de un pequeño empujón para que sus miradas por fin se encontrasen, que los dos noten lo que hasta ahora ha sido un terreno desconocido. Son como dos músicos que tocan con un ligero tiempo de desfase. Por separado son intérpretes prodigiosos, pero en ese momento la falta de coordinación arruina toda posibilidad de armonía.

El visor con los números indicando que van subiendo parece la cuenta regresiva hacia una sentencia de muerte; una nueva incertidumbre en sus corazones. Darían lo que fuera para que un desperfecto les diera la posibilidad de pasar más tiempo junto, ambos miran con desazón. Ese breve instante de compañía está por acabar. Un día más sin tener valor; luego, ocho horas sin sabor a nada, como la bossa nova que suena en el ascensor.

Del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, con esa pequeña ventana de dos minutos en que todas las ilusiones se vuelcan en que ocurra una sola cosa que puede cambiar sus grises vidas en medio del concreto de la ciudad.

Pero hoy no será ese día. Para ellos sólo hay un viaje en metro, unas horas de netflix, alimentar al gato; y ver el facebook del otro coqueteando con la idea de enviar una solicitud de amistad soñando que algo cambie.

¿Cuánto durará todo eso? Nosotros no tenemos la respuesta. Vive escondida dentro de ellos en las capas más profundas, esperando algún día salir a la superficie antes que todo se diluya en la nada.

 

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Problemas de educación

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¿En qué momento se torció todo? La pregunta sigue sin encontrar respuesta en la cabeza de Miguel, profesor desde hace diez años. Hasta hace unos pocos meses era docente de un colegio rural. Tenía trabajo estable, una familia, en fin, una vida tranquila.

Ahora mira las paredes desde el módulo dos de la cárcel sin entender la situación en la que está metido.

Él y su familia saben que es inocente, el jamás haría algo así de horrible, pero para la opinión pública, es un degenerado que debe ser castrado y violado en prisión.

El frío entra implacable entre los barrotes y el profesor se encuentra una vez más repasando los acontecimientos que arruinaron su vida para siempre. La llegada temprano como de costumbre para trabajar, algo raro ocurría y podía sentirlo en las miradas furtivas de los apoderados, luego vino la llamada del director y la desvinculación del establecimiento. Nadie quiso averiguar nada, fue la palabra de los apoderados, que a su vez manipularon a los niños, en contra de un profesor al que se le quitaron todos sus derechos.

Miguel estaba furioso, siempre trabajó de forma honesta, tal vez el único defecto en su trabajo era quizá ser un poco estricto, pero la disciplina, en especial en estos tiempos en que los profesores tienen cada vez más deberes, y muchos menos derechos, era necesaria para que los niños se comportaran.

Constantemente piensa en eso y en el error de no escuchar los rumores. Más de alguna vez lo amenazaron con que lo sacarían del colegio sin importar los medios, sin embargo nunca imaginó que sería con una injuria.

Luego vino una espiral hacia abajo. La gente apuntándolo, las amenazas y Miguel tratando de explicar que nunca hizo algo malo. Antes del juicio le ofrecieron que se culpara y por medio de un juicio abreviado nunca tocaría la cárcel pero sus papeles quedarían manchados. “¿Cómo es posible semejante coacción en contra de una persona?” Fue lo que respondió Miguel. “Soy inocente y lo probaré en tribunales”.

A partir de ese momento, nuestro amigo conoció lo peor de la justicia chilena y de la condición humana. Fiscales que tergiversan de la forma más burda cualquier cosa con tal de encerrar a quien se le ponga por delante, sin importarles que esa persona pueda ser inocente o no. Al extremo de no permitir que Miguel pudiera presentar a testigos que sabían del complot. Y que decir de la displicencia de los defensores que lo único que les interesa es poner su firma para llenar datos estadísticos.

Miguel comprendió de la peor forma que es imposible obtener justicia cuando no se tienen los medios económicos, y que ese dicho de que “los niños no mienten” es una mentira cuando existen adultos capaces de inocularles recuerdos falsos, usándolos como instrumentos en rencillas personales.

Su esposa llorando en el tribunal, el tiempo detenerse ante sus ojos, y las sonrisas malignas de sus acusadores, eran como dagas que cercenaban su alma.

Fue arrastrado a la fuerza sin siquiera tener la oportunidad de despedirse de los únicos que aún creían y sabían que era inocente. De un empujón entró en el vehículo hediondo a orines de gendarmería, y los guardias, los encargados de velar por la seguridad de los condenados, se burlaban aprovechando esas cuotas de poder con los gritos hirientes de “pichula de hueso, pichula de hueso”.

Miguel aún no comprendía lo que sucedía, su calvario apenas empezaba. Se le despojó de su inocencia, de su dignidad y sus derechos más básicos, mientras los que lo acusaron se regocijan en sus casas producto de una mentira.

Miguel ahora mira la luz de la noche iluminar su cuarto mientras piensa en que no verá a su hijo crecer. Cuando salga será un completo extraño para todos, con su nombre manchado y sin ningún vestigio de fe en la humanidad.

Todas esas ideas se atropellan en su cabeza, y mientras se ajusta una soga improvisada en su cuello piensa que sólo queda una salida…

Salta. El impulso no logra romper su cuello, convulsiona en una agonía final. No le importa, el sufrimiento de ahora no es nada comparado con lo que vivió. Un último pensamiento a su familia, y la esperanza de que puede encontrar justicia en otra vida…

 

Luego todo es escuro…

 

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Post mortem

catalepsia


 

Luego de la oscuridad, el ruido de mis propios gases me despertó.

Hace tres días morí en un accidente, hace unas horas me enterraron y ahora despierto en mi tumba sin entender lo que sucede.

No crean que se trata de un caso de catalepsia, el día de mi muerte vi, con horror, como un fierro atravesaba mi pecho, me desangré lentamente sintiendo como mi vida se escapaba sin contemplaciones, solo esperaba la vida eterna, nunca fue mejor dicho ese concepto.

No puedo moverme, mi vista se ha acostumbrado a esa oscuridad. Pese a que las sombras gobiernan los dos metros cuadrados que ahora son todo mi mundo, puedo distinguir alguna silueta; mi silueta.

El dolor se vuelve insoportable. Siento a las hordas de gusanos que invaden mi cuerpo. Se abren paso, carcomen mi piel, mi carne, desgarran todo de forma lenta y metódica. Son un ejército disciplinado que tienen como misión comer mi carne.

Saben que no me moveré de ahí y se toman su tiempo. Mis pensamientos se interrumpen, una punzada martilla mi cerebro. Quiero cerrar los ojos para aliviar en parte la sensación. Algo explota y un líquido viscoso recorre mi cara. Duele como el infierno, los gusanos por fin salieron desde mis ojos dejando una cuenca vacía. .

El sufrimiento se hace insoportable, no puedo gritar, no puedo rascarme, no puedo parar esta tortura. Pienso en los millones de cadáveres que todos los años se depositan en nuestro mundo. Imagino a los cuerpos abandonados en los bosques, devorados por las bestias, sintiendo el dolor de ser comido por esas fauces implacables. Mis pensamientos viajan a los hielos eternos, en donde otros como yo quedan perdidos para siempre, sintiendo el frío glacial. O tal vez soy el único que vive esta agonía. ¿Es esta la vida después de la muerte que tanto habla la biblia?

Pierdo la noción del tiempo. ¿Meses? ¿Años? Ya no importa, solo el deterioro de mi cuerpo me da una idea aproximada de cuanto ha pasado.

Los gusanos se fueron hace bastante. Ahora los escarabajos roen mi carne ya seca; Algunos de mis huesos se rompen y siento su crujir con el dolor punzante que se mantendrá hasta que el hueso desaparezca.

Así ha sido mi vida después de la muerte. Sin nubes y ángeles adorando a un dios bondadoso; sin vírgenes que pueda disfrutar. Todo es mentira. Lo único que he recibido es una sucesión de dolores que se van superponiendo y que nada ni nadie puede calmar.

El dolor va desapareciendo de a poco. Siento la levedad de lo que queda de mi cuerpo. Tengo una esperanza. Es pequeña; aún así me aferro a ella como un naufrago a un madero.

Es probable que la agonía se acabe pronto. Solo espero ansioso que todo rastro de mi existencia desaparezca por completo. Que los pocos huesos y pellejos que me quedan, se conviertan en polvo para siempre. Tal vez así por fin deje de sentir dolor.

Lo que ocurra después me tiene sin cuidado. Si existe un infierno, creo que no se compara con lo que he vivido…

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pablo de rokha

Hoy no hay cuento, solo quería compartir un buen momento literario.

Junto con formar parte de los 5 finalistas del concurso “cuentos de sobremesa” (La ceremonia de premiación estuvo bastante buena, con mucho vino de por medio) ahora me informaron que obtuve el tercer lugar en el concurso “Pablo de Rokha”, por un libro de cuentos que envié.

Ojalá las musas no me abandonen de forma prematura.

Saludos.