―Tenemos que hablar.

Al otro lado de la línea, las tres peores palabras que una persona puede escuchar sonaron como un balazo en mi cabeza.

Intenté que me respondiera, que me diera más detalles de la situación, pero el golpe del teléfono al colgar interrumpió aquella conversación unilateral que se daba entre nosotros, dos futuros desconocidos.

Javiera no me dio ni siquiera una oportunidad de hacer mi apología a la vida de pareja y al amor que sentíamos el uno por el otro; aquel discurso prefabricado que tantas veces dio resultado cuando las cosas se tornaban tensas entre ambos. Cogí una chaqueta, mis llaves y con esa sensación de vacío que experimentan sólo aquellos que esperan malas noticias, me subí al auto para ir a encontrarme con ella y tratar de salvar algo que estaba desahuciado y aún trataba de mantener con vida.

Casi me salté una luz roja tratando de ordenar en vano mis ideas; en esa situación siempre es imposible.

Enfilé por la avenida principal mientras pasaba por los mismos paisajes que tantas veces recorrí acompañado. Era raro pensar que pronto caminaría solo por las mismas calles. Eso es lo malo de los términos. Muchos lugares quedan prohibidos a lo menos por una temporada. Es una ley que no está escrita por ningún lado, pero funciona igual para todos. Evitas acercarte por el miedo o la incomodidad de ver a la otra protagonista de la historia. Ambos hacen un esfuerzo por no coincidir y al final terminas topándote cuando menos lo pienses en un sitio completamente distinto. Al menos las parejas que viven en ciudades grandes o en una ciudad diferente a la de su ex lo tienen más fácil. Basta con cerrar la página y volver de forma gradual a tu vida antigua, si es que aún no te has olvidado cómo era.

Pasé por las calles del centro, y me detuve en un semáforo. Fijé distraído mi mirada en un muchacho de no más de veinte años que hacía trabajos en la techumbre de un edificio de cinco pisos. Martillaba con fingido entusiasmo y con la prolijidad de aquel que sabe que debe hacer esa tarea de forma correcta porque de lo contrario un fin mayor podía desmoronarse. Por sus rasgos pude notar que no era de mi país, probablemente fuera de Perú o Bolivia. No tenía arnés de seguridad y sentí rabia por mis compatriotas, que se aprovechan de la necesidad de los inmigrantes para hacerlos laborar en condiciones precarias.

Nuestras miradas se cruzaron y atiné a sonreír mientras asentía con la cabeza. Él devolvió mi saludo con una sonrisa honesta. Durante esa fracción de segundo se creó una especie de camaradería entre ambos que era el resultado de entender que pese a todo ambos estábamos solos, realizando una tarea que no queríamos efectuar, y que sin embargo estábamos obligados a cumplirla porque era nuestro deber, y que si no la hacíamos parte de nuestro propósito se iría por la borda.

Quizá estaba sensible por la situación a la que estaba a punto de enfrentarme. Faltaba poco para llegar y traté de recordar los posibles errores que tal vez cometí durante el tiempo que pasamos juntos. Por más que traté no recordaba nada extraño, al contrario, creo que fui un gran novio, eso sí; hay que admitir que uno siempre olvida lo más importante.

Estacioné en el estacionamiento de visitas de su edificio. Don Armando, el conserje, Me recibió con una gran sonrisa.

―Tanto tiempo don Mario― dijo―, desde la semana pasada que no lo veía venir. Avisaré a la señorita Josefa que usted está aquí. Trate de venir más seguido.

―Trataré de no perderme―mentí. En el fondo sabía que sería casi imposible volver a pisar ese sitio, era casi seguro que extrañaría a aquel viejo simpático que de vez en cuando me quitaba unos minutos hablando de libros y de películas clásicas. Al terminar no solo terminas con una persona, rompes con todo un entorno.

Caminé sin sentir mis piernas. La fatiga ante lo inevitable me provocaba náuseas. Cuanto más rápido, mejor para ambos, no obstante, era una tortura la idea de cruzar esa puerta. Decidí subir por las escaleras para saborear lo que quizás fueran los últimos momentos que visitaría ese departamento ubicado en pleno centro y que conocía en todo detalle. Las escaleras cubiertas de esa alfombra verde musgo de la que en más de una ocasión bromee con la idea de que la pusieron a propósito para encubrir los hongos que aparecían por la humedad.

Mientras subía recordé cuando la conocí. No fue una historia tan extraordinaria. Más bien fue de una simpleza cotidiana, como tantas otras parejas que viven a lo largo del mundo. En una fiesta, una amiga la llevó, Javiera no conocía a nadie y quedó sola. Yo por mi parte, estaba aburrido y coincidimos en el mismo sofá. Conversamos, eso sí lo recuerdo, de cosas triviales. Desde música (no concordábamos, ella era tan Alex Ubago y yo tan Arcade Fire), hasta de nuestra. Las horas se hicieron cortas y quedamos de hablar en la semana. Tal vez no sea la mujer más profunda del mundo, y en mi contra puedo decir que muchas veces era pedante, pero logramos salir a flote. Ella transmitía esa aura de liviandad en su actuar, que hacía que cualquiera se sintiese cómodo. La forma en que se arreglaba el pelo al ponerse nerviosa fue algo que me conmovió, y en parte, eso me ayudó para saber cómo iba el resto de la charla.

Como es natural, después de un par de citas nos dimos nuestro primer beso. A eso se siguieron más paseos por el parque, una noche loca en la que tuvimos sexo torpe, y luego, un encuentro planificado cuidando cada detalle.

Pensé por un instante que la vida era perfecta. Una linda novia, cinco años de estabilidad, vacaciones en común y todas esas cosas que envuelven a las parejas en el flagelo de la rutina. Ninguno de los dos sospechaba que eso nos iría consumiendo de a poco. Todo empieza con ciertos detalles. Ya ninguno de los dos planea salir a comer fuera. El sexo todos los días se reduce a raciones esporádicas. El mal humor, las actitudes pasivo- agresivas, en fin, todo fue convergiendo para un final en el que bastaba que uno de los dos diera el primer paso.

Y en este caso fue ella.

Por fin quedé frente a su departamento. Resulta extraño cuando uno sospecha que algo se desatará y que por más que uno intente arreglarlo nada podrá cambiar el resultado. Ahí estaba yo, viendo la puerta en la que un felpudo que decía “bienvenidos” saludaba a los visitantes. Mi mente ensayaba las frases que debía decir para ganar tiempo y salvar una relación que llevaba muerta hace rato, o por lo menos agonizaba. La costumbre y la falsa estabilidad son el peor veneno para las personas; en la mayoría de los casos creemos que esa seguridad que nos da una rutina de pareja es lo normal. Repetimos sin descanso la misma secuencia que nuestro entorno. Salimos del colegio, entramos a la universidad, trabajamos, conocemos a alguien, vida en pareja, casorio, hijos y ellos repetirán el ciclo. Trabajamos sin darnos cuenta que eso nos absorbe la mayor parte del tiempo. Dejamos de lado otras cosas y nuestra vida se reduce a un par de cosas.

Es raro como las situaciones complejas liberan tus procesos mentales. En ese momento estaba decidido a solucionar todo. Mi mano apenas era capaz de buscar las llaves en mi bolsillo. Un simple movimiento tan sencillo demoró una eternidad, o tal vez apenas fueron unos segundos, pero la lucidez ante el desastre me hizo desmenuzar cada centésima para atesorar los que serían los últimos momentos en ese lugar tan familiar.

Nunca fui bueno para el juego de buscar las siete diferencias. Es por eso que cuando entré al piso nada parecía haber cambiado. El reloj con forma de gato parecía sonar con más fuerza, como si quisiera mostrarme el inexorable paso del tiempo. Mostrarme que con cada segundo que pasaba, un segundo era eliminado de esta historia. Caminé temeroso, con un nudo en el estómago, y ahí estaba ella; serena, toda su fisonomía parecía de hielo. No pude leer pena en su rostro, sino más bien una fuerte resolución de alguien que había planeado todo de antemano.

―Mi amor, llegué lo más pronto que pude― intenté romper un poco el hielo que había colonizado aquel espacio―, me tenías preocupado.

―Siéntate― su voz parecía una sentencia.

Tragué saliva, tuve miedo de que el silencio le permitiese a ella sentir los ruidos de mi nerviosismo. Mis ojos trataban de descifrar todo lo que ese rostro intentaba ocultar antes de que expulse sus argumentos como una tormenta. Hace unas horas creía saber todo de Javiera, sin embargo, la persona que tenía al frente era completamente distinta a la mujer de la que me despedí en la mañana.

―Te debo una disculpa― continuó―, pero ha pasado mucho tiempo con esto guardado. No quiero que me interrumpas, necesito desahogarme antes de que me hagas alguna pregunta. No sabes cómo me siento, ni siquiera yo lo sé en este momento. Estos años han sido muy buenos, con altibajos como todas las parejas, pero hace varios meses que siento desasosiego. Al principio no lo comprendía. Intentaba cerrar los ojos para dormir y de la nada una pesadez me invadía. No era capaz de conciliar el sueño. Primero pensé en un insomnio pasajero. Encendía la televisión para ver si eso me ayudaba a dormir, pero con el tiempo supe que era más que eso. Estaba ahogada de todo, de la vida que llevo, de lo que me he convertido. Despertar todas las mañanas cansada, sabiendo que el ciclo se repetirá una y otra vez. Si sigo así me convertiré en una carga para ti, y lo que es peor, terminaré culpándote de cosas de las que nunca fuiste responsable.

Su voz fue adquiriendo un tono cada vez más críptico, no había enojo, ni reproches en sus palabras, sólo el abatimiento de alguien que se está desahogando por fin luego de tanto tiempo.

En ese instante estaba inmóvil en el sofá, escuchando todo lo que tenía que decirme. Por mi mente aparecían los posibles argumentos que podía esgrimir a mi favor y que me ayudarían, de ser posible que ella no se fuera de mi vida.

―Esto es difícil― prosiguió―, hay muchas cosas que debo aclarar y que requieren tiempo para que puedan calmarse, tuve que tomar mucho valor para estar hablando frente a ti, y quiero que sepas que nada de lo que ocurrirá es por tu culpa. Cada una de mis decisiones son deliberadas, tu no las forzaste. Es más, podemos decir que eres una víctima; y eso es lo que más me duele, una víctima de mis actos.

Lo único que tengo claro es que debo seguir esta nueva etapa sola. Ahora debes estar preguntándote si de haber sido otro, esto habría terminado igual. Y luego de pensarlo varias noches, se que con otro es muy seguro que aún estaría en pareja. No por el hecho de que tengas la culpa, al contrario. Has sido demasiado bueno conmigo, y eso es lo que me ha hecho pensar en lo vacía que está mi vida. Ese vacío debo llenarlo por mí misma.

Si estuviese con una persona más simple que tú, es probable que habría sido arrastrada en la monotonía de la costumbre. Estaría conforme con una vida simplona, porque ese tedio me habría impedido ver más allá de lo que podría necesitar en la vida. Y te doy las gracias, aunque sufro por lo que debes pasar a partir de ahora”.

Algunas personas describen que un accidente cerebro vascular es como perder el sentido y mantenerse despierto. Las palabras de Javiera hicieron ese mismo efecto en mi cabeza. La perplejidad dio paso a una serie de emociones que se atropellaban entre sí con el único objetivo de manifestarse, dando como resultado un errático desfile de gestos al unísono que se muestran de forma caótica e incomprensible. Ver destruida la vida que tienes planeada es una experiencia en parte liberadora, Sin saberlo afloran desde lo más profundo todos esos rasgos de personalidad que llevan años sin saber que existen.

La odié por un instante, de eso no cabe la menor duda, con cada segundo que pasaba, cada rastro de amor que aún existía, luchaba por sobrevivir. En un acto inconsciente me abalancé sobre ella, y queriendo perpetuar ese momento le di un torpe abrazo.

― ¿Hubo alguien más? ― pregunté tratando de buscar una explicación más lógica a todo lo que se avecinaba.

―Por favor…

Algo no estaba bien, bajó su mirada. En el fondo sigue siendo la misma.

―Necesito saberlo―imploré.

―Fue algo de una noche―contestó llorando―, Una noche que trabajaste hasta tarde me sentía sola y quise ir a beber una copa. Mi crisis había empezado hace poco. Ese vacío quemaba por dentro. No sabía que era y pensé que a lo mejor una aventura era lo que buscaba para llenarlo. No fue difícil. Había muchos oficinistas jóvenes a esa hora. Hice contacto visual con uno de ellos; no era bonito si eso te sirve de algo. Conversamos las típicas estupideces que se dicen para romper el hielo. A la hora estábamos camino hacia un motel del centro. El encuentro fue rápido y el vacío no desapareció. Luego pedí un uber y cuando llegué a casa lloré hasta que llegaste. Me odié por la traición que cometí. Merezco tu odio y creo que es mejor que lo hagas, aunque la mayor parte de mí quiere lo contrario…

En ese instante todas mis defensas fueron destruidas. Supe de inmediato que su decisión era irrevocable. Pese al engaño, todo mi ser quería mantenerla a mi lado, aunque la única parte racional que quedaba en mi cuerpo era consciente de que aquello era el fin. Sólo atiné a estrecharla entre mis brazos.

A veces trato de recordar los hechos que se fueron sucediendo en aquel departamento. Como un detective que investiga una escena de un crimen, trato de tomar todas las pistas, todas las acciones que desencadenaron los acontecimientos vividos durante esas horas, pero por más que lo intento, mis esfuerzos se vuelven inútiles tratando de encontrar el detonante de todo. En mi memoria, faltan piezas, quizás las más importantes.

El calor de su cuerpo, en un segundo nuestras bocas besándose en lo que serían los últimos instantes, Nuestras ropas tiradas en el suelo. Su cuerpo desnudo en la cama mientras besaba cada centímetro de su piel para llevarme cada detalle al reino del recuerdo.

Cuando estuve dentro de ella Nadie hablaba. Gemidos ahogados, jadeos silenciosos. Cada uno de nosotros trataba de retener el momento para no olvidarlo en el futuro. Era más que sexo, era la forma de que no muriese el simbolismo de lo que alguna vez vivimos.

Mi mano tomaba su nuca mientras la otra tomabas sus nalgas con fuerza con el secreto deseo de que, al acabar, el resultado fuese el mismo que el vivido por Hermafrodito y Salmacis.

A veces no se puede tener todo.

No miramos por última vez y acabe dentro de ella. En ese momento no pensaba en las consecuencias, y de haber ocurrido algo inesperado, era un motivo para tener algo que nos uniera. Aunque ahora siento que fue lo mejor que nada pasase.

Me vestí, ella hizo lo mismo y se marchó del piso. Me dijo que me tomara mi tiempo para sacar las pocas pertenencias que eran mías.

Quería al menos un último beso. Sólo una mirada indiferente recibí como respuesta. Si hubiese sabido que el momento en que cerró la puerta fue el último en que la vi en mi vida, habría hecho algo para detenerla. Pero eso es lo que tiene la vida; no te permite reescribir las cosas. Ahora entiendo la dicha de los escritores que pueden modificar la trama a su antojo.

De Javiera nunca más supe, sólo por amigos me enteré que viajo al sur y se instaló con una posada para turistas.

Aquel día buscaba explicaciones. Cuando uno ve desatarse el desastre frente a sus ojos, todos los males del mundo aparecen como una alternativa plausible, y aunque uno sepa que en el futuro todo desaparecerá, aún así la parte racional de uno es vencida por la emocionalidad.

Con la derrota como estandarte, tomé la caja con mis cosas, y caminé en silencio, como un cortejo fúnebre de un solo hombre, pensando aún en todo lo que había cambiado mi vida en tan poco tiempo. Subí al auto, y enfilé el camino hacia mi departamento.

Tomé el mismo camino de regreso. Cuando llegué al semáforo, un caos estaba formado en la calle. Ambulancias y carabineros cortaban el paso y como un acto instintivo bajé para preguntarle a alguien qué había pasado.

“Un inmigrante cayó desde el quinto piso, estaba sin arnés”. Avancé a paso firme y ahí estaba. Debajo del plástico para cubrir cadáveres, lo que alguna vez fue el joven que me saludó en el semáforo ahora era algo sin vida; su gorro era lo único que se veía en la crueldad de la ciudad.

Volví a mi automóvil y esperé en silencio hasta poder pasar. Aquella noche pensaba decaer en la amargura y quedar a merced del recuerdo, pese a todo lo vivido, hice algo completamente diferente, brindé a la memoria de la única persona que me entregó una sonrisa honesta ese día.

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