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El poeta

En todos sus años como psiquiatra, Manuel López de Arrechaga había visto muchos pacientes extraños y otros no tanto. Napoleones por montones y más de algún mesías desarrapado le quitaron su tiempo de facultativo. De sus casos favoritos siempre los endemoniados ocupaban el primer lugar. Gozaba dejando en ridículo la ignorancia de católicos y evangélicos por igual, que atribuían a una causa divina la esquizofrenia de sus seres queridos. Pero si de algún caso peculiar le preguntáramos, él de inmediato diría, casi como un acto reflejo, la historia de Torcuato Soto Aqueveque.

Sucedió hace quince años, López, después de años como psiquiatra estrella del Hospital San Gustavo, decidió que necesitaba una vida más tranquila y alquiló un piso en el centro en donde instaló su consulta particular.

Un día como cualquier otro sonó el timbre. A la consulta llegó Don Torcuato acompañado de su esposa. Soto, un hombre bajito, de cincuenta años y chofer de locomoción colectiva, irradiaba un brillo particular en sus ojos, que por un lapso ínfimo de tiempo, López lo atribuyó al traumatismo encéfalo craneal que reportaba la ficha de ingreso.

La esposa de Torcuato lo acompañaba recelosa a su lado, como un animal que en cualquier momento saltaría para atacar a su presa. Su semblante denotaba cansancio y una expresión rígida, propia de aquella persona controladora que hace poco ha perdido el dominio de la situación.

—Buenas tardes Don Torcuato tome asiento— invitó amable el psiquiatra—, cuénteme ¿Qué le pasó?

—Doctor—interrumpió la esposa—, deje contarle yo lo que le pasa a mi marido. Con su problema me tiene al borde del divorcio, no soporto su forma de hablar. ¡Me tiene histérica!

—¡Cálmese señora! —dijo el psiquiatra—. Estamos entre adultos y su marido es lo bastante grandecito como para poder contestar. Don Torcuato, por lo que leí en su ficha de ingreso, padece una alteración del habla asociado a un traumatismo. Cuénteme cómo pasó.

Torcuato, que hasta ese entonces mantenía un segundo plano, casi como si fuera un mueble decorativo que trajeron a un taller, se puso de pie, miró alrededor de la sala, como si fuera a hablar para una gran concurrencia, y luego de una inspiración profunda, recitó:

 

“Desde el golpe en la cabeza

Que en décimas estoy hablando.

No se cómo, dónde y cuándo.

Sólo tengo la certeza

Que se me ha ido la tristeza.

 

Me paso de fiesta en fiesta,

Con músicos y poetas.

Mis versos son muy queridos,

Esto nunca lo he vivido

Gracias al golpe en mi testa”.

 

El profesional mantuvo la calma, debía ser lo más objetivo posible. Tomó su pluma Parker y anotó con rostro concentrado, luego vio a Torcuato a través de sus gafas.

—Don Torcuato, necesito hacerle más preguntas, pero me mantendré escéptico. ¿No será que usted tenía esta rima ensayada junto con varias más para sacarlas de forma conveniente cada vez que la situación lo amerite y así, matar de los nervios a su esposa? Lo digo porque mantiene las ocho sílabas, incluso respetando las sinalefas.

Torcuato sonrió y en aquella expresión se veía ahora el rostro de alguien empoderado en su condición. Nuevamente inició su respuesta:

 

“No lo tengo yo ensayado

Se lo juro por diosito

Mis versos salen solitos

De mi mente han escapado.

Ya soy poeta graduado

 

De los cantos populares

De la lengua sus manjares

Una nueva vida obtengo

Muchos versos yo ya tengo

Desde doctos a vulgares”.

 

El escepticismo inicial, y natural por lo demás por parte del psiquiatra, se transformó en asombro. Era necesario continuar con la entrevista para descartar cualquier tipo de embuste. López de Arechaga, con la rigurosidad que siempre le caracterizaba, le pidió a Brunilda, su secretaria, que cancelase todas las citas de esa tarde. Acto seguido, continuó con la entrevista a Torcuato Soto Aqueveque.

La conversación siguió por los mismos derroteros, López parecía una metralleta preguntándole a Torcuato sobre los más diversos temas, todo con el fin último de no darle margen para pensar el siguiente verso, sin embargo, y de forma automática, Torcuato le respondía siempre en décimas perfectas.

Luego de más de dos horas de ininterrumpida conversación, el psiquiatra se dio por vencido.

—Don Torcuato— dijo el médico sin salir de su asombro—, es usted increíble. Siga con su vida. Su condición le hará llevar una vida normal.

—¡Espere doctor! —dijo la esposa ofendida— ¿Acaso no lo va a sanar?

—¿Y por qué lo haría? — dijo López de Arechaga— No hay nada más que agregar al caso. Y Don Torcuato, antes de despedirnos quisiera darle mi humilde diagnóstico:

 

“Si intentase a usted curarlo

Todo sería sombrío,

Recite con muchos bríos

No pierde con intentarlo,

Con su arte puede lograrlo.

 

La vida da variedad

De eso tiene cantidad

Hay una cosa que es segura

Usted encontró la cura

Contra nuestra realidad”.

 

 

 

 

 

 

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